Entre 2020 y 2025, la administración del Deportes Quindío le dejó a Armenia un poco más de $760 millones por impuestos y uso del estadio. Un promedio anual que no cubre ni el mantenimiento del Centenario. El negocio, como siempre, solo rinde para el máximo accionista.
Cuando se desglosan los números de lo que el Deportes Quindío de Hernando Ángel Montaño le ha dejado a Armenia en los últimos cinco años y medio, la conclusión es tan simple como devastadora: una minucia. Apenas $767.894.767. ¿Y qué incluye esa cifra? Todo. Desde los pagos del Contrato de Aprovechamiento Económico con el Imdera (arriendo del Estadio Centenario), hasta los impuestos generados por taquillas.
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En promedio, la actual administración de club cafetero le ha entregado a la ciudad unos $75 millones anuales por el uso del estadio y unos $52 millones por impuestos. Al desglosar estos números, la situación se vuelve más cruda: tras 75 partidos jugados en este periodo en Armenia, el municipio ha recibido apenas $10.238.597 por cada encuentro. Todo legal, claro. Pero también cómodo. Y miserable, como el rendimiento deportivo del equipo.
Mientras el Deportes Quindío continúa siendo un equipo sin alma, sin ambición y sin ascenso, el Estadio Centenario —la casa que se construyó en los 80 para su uso— se aprovecha año tras año por una cifra que no alcanza ni para cubrir el mantenimiento de la grama: $397 millones anuales, según se evidencia en el contrato que tiene el Imdera con la empresa Zonas Verdes, publicado en el Secop. El negocio funciona, sí, pero no para la ciudad.
“Lo único que Hernando Ángel le ha dejado a Armenia es tristeza. Una burla a nivel nacional. Ese señor atentó contra el sentido de pertenencia de todo un pueblo”, sentencia sin titubeos el periodista Jairo Berrío Durán, crítico histórico del modelo Ángel. Y agrega de manera demoledora: “Recientemente tuvo el descaro de justificar que enviaba jugadores al Deportivo Cali porque es el equipo de sus amores. Entre líneas, dejó claro que no quiere al Deportes Quindío. Ese equipo es de él, pero el Quindío como institución no existe”.
La menuda por jugar en el Jardín de América
El uso del estadio Centenario por parte del Deportes Quindío se formaliza a través de los llamados Contratos de Aprovechamiento Económico, suscritos con el Instituto Municipal del Deporte y la Recreación de Armenia (Imdera). En teoría, el equipo paga por usar el escenario, pero en la práctica, el canon parece algo simbólico.
A principios de 2020, el presidente del club firmó un contrato de $49 millones con el Imdera, pero llegó la pandemia y solo se pudieron jugar cinco partidos en el Centenario. La minuta se reinició el 15 de septiembre y se acordó un canon mensual de $5.455.000. Como el equipo jugó hasta diciembre, el pago total se redujo, y aunque no se conoce una cifra exacta de lo pagado, un cálculo extraoficial se aproxima a los $16.5 millones.
El valor firmado en dichas minutas entre 2020 y 2025 por concepto de arriendo fue de $453.521.367. Hoy, el contrato anual asciende a $100 millones. Es decir que en seis años creció un poco más del 100 %. Parece mucho, pero realmente no lo es. Comparemos: Deportivo Pereira paga $16,9 millones por un partido diurno y $21,9 millones por uno nocturno. En un promedio simple, Quindío pagará entre $5 y $6 millones por partido en 2025. Es decir, apenas el 33 % de lo que le cuesta un partido al Pereira.
Armenia lo da todo; Deportes Quindío, nada
Fuentes del Imdera confirmaron a La Crónica del Quindío que han intentado en varias ocasiones aumentar el valor del contrato, pero la respuesta del presidente del club ha sido tajante: si suben la tarifa, se lleva el equipo a otra sede. Y esta no es una amenaza vacía, pues durante años, el fantasma de la partida del equipo ha rondado el ambiente del departamento en una incertidumbre que se suma a la decisión pendiente sobre la Acción Popular. Vale la pena recordar que el historial de Hernando Ángel incluye la desaparición y el traslado de equipos profesionales como Centauros y Universitario de Popayán.
Para completar, otra fuente del instituto recordó una anécdota reciente: “Hace poco se les pidió un tablero electrónico a los dirigentes para las sustituciones. Algo básico. ¿Y qué respondió el equipo? Nada”. Una actitud miserable con la ciudad que siempre ha tenido las puertas abiertas pese al desencanto que año tras año produce en la cancha el club. En el Centenario, el Deportes Quindío de Ángel tiene un trato de lujo para un club que no entrega resultados y que en su proceder demuestra de todo, menos sentido de pertenencia.
En datos duros y puros, según el reporte de la Tesorería Municipal de Armenia, entre 2020 y el primer semestre de 2025, ingresaron al municipio apenas $314.373.400 por concepto de impuestos derivados de taquillas. Estos tributos están regulados por el Acuerdo 229 de 2021 del Estatuto Tributario del Municipio de Armenia, con una tarifa del 20 % aplicable a la base gravable, distribuido así: 10 %, según la Ley 181 de 1995 (Ley del Deporte), y 10 % por el impuesto de Espectáculos Públicos.
De los últimos años analizados, en 2021 y 2022 se registraron los picos más altos por este concepto. Tras su regreso a la primera división, los cafeteros jugaron nueve partidos en casa y vendieron 48.914 boletas. Gracias a estos juegos, el recaudo por impuestos en cuatro meses de 2021 superó los $92 millones. La hinchada respondió, pero el equipo no y regresó a la B.
Luego, en 2022, pese a estar en la segunda división tras su veloz descenso, el equipo cafetero superó las taquillas de 2021; entregó por concepto de taquillas un recaudo de unos $132 millones, siendo el juego de la final del primer semestre ante Boyacá Chicó el de mayores números, con $27.201.000 de impuestos para el municipio de Armenia.
Después de eso, la caída ha sido sostenida. En 2023, la afición se frustró y no llegó al estadio como antes. Además, las tribunas estuvieron cerradas por sanción tras el último juego en casa ante Atlético Huila, en noviembre de 2022. Al final, el recaudo de impuestos de ese año sólo fue de unos $15 millones; repuntó en 2024 con algo más de $60 millones. En el primer semestre de este año sólo llegaron $12 millones. En promedio, el municipio ha recibido cerca de $52.5 millones anuales. Nada más.
Ya nadie quiere vender en el estadio
Francisco Javier Ramírez, quien manejó las ventas internas del estadio durante varios años, lo explica bien: “Antes de 2013, en la A, entraban entre 80 y 100 vendedores por partido. Ganaban entre 35 y 50 mil pesos. Hoy, con suerte, trabajan 30 vendedores y apenas llegan a 30 mil pesos”. Las cifras del desinterés se reflejan en las gradas. “Nosotros pagábamos un arriendo mensual para poder trabajar en los partidos. Hoy no. Hoy al Imdera se le da una contraprestación simbólica. Nada se compara con antes”.
El daño en este aspecto también está hecho, pero la administración actual del Deportes Quindío ha demostrado que poco le interesa. Es más, es una costumbre la clausura del estadio, incluso, sin sanciones pendientes. Al hincha y, de paso, a quienes se rebuscan el sustento los han querido apartar del Centenario. La economía informal que alguna vez floreció alrededor del equipo apenas sobrevive hoy, pero de manera lastimera.
Además del canon anual de arrendamiento, Deportes Quindío asume algunos gastos variables: energía, agua, aseo. Pero ni sumando todos los rubros se acerca a lo que cuesta mantener un escenario del nivel del Centenario. El mantenimiento de la grama, solo en 2025, asciende a $397 millones. Y el equipo paga menos de una cuarta parte. La ciudad invierte fuerte en su infraestructura, pero al final quien la usa es un equipo sin respeto ni resultados.
En seis años, el equipo cafetero ha jugado 75 partidos como local en Armenia, algunos sin público, pero lo más grave: la mayoría de ellos sin victorias, sin asomo de vergüenza ante las malas presentaciones. Entre contratos y tributos, el aporte total del club al municipio ha sido de $767.894.767. Eso representa un promedio de $128 millones anuales, un presupuesto apenas suficiente para cubrir el salario de un volante suplente.
Queda claro que Armenia ha hecho todo para que el equipo se quede, para que juegue en su casa, para que se sienta cómodo en su hogar. Pero el club —y especialmente su dueño— han respondido con olvido, silencio y rendimientos mediocres. Y mientras el negocio siga funcionando para uno solo, el resto de la ciudad seguirá viendo pasar los años y los torneos sin gloria y sin ascenso.
Porque, al final, como sentencian miles de sus hinchas y gran parte de periodistas, incluso nacionales, el club es de Hernando Ángel. Pero no de su corazón. Esa es la gran tragedia. Que quien lo administra no lo quiere, y quien lo ama no puede decidir nada para recuperarlo y ponerlo en el lugar que merece, el de un equipo que ayudó a crear a un departamento y que, con su historia, ayudó a construir la grandeza del fútbol colombiano.
Hinchas de primera para un equipo de segunda
En medio de la larga oscuridad deportiva, hay corazones que se niegan a apagarse. Son distintos en edades, oficios, ritmos de vida y hasta formas de entender el fútbol, pero comparten la misma herida. Esa fidelidad silenciosa, que acumula más derrotas que victorias y carga doce años en la B, tiene nombre propio: Libardo Rivera, Fanny Valencia y Diego Arias.
Riverita, el archivo viviente del Quindío

sus hijos. Fue policía, oficio que amó tanto como ama al Quindío. Su amor por el equipo nunca cambió, pero sí su rutina: este año solo asistió al partido contra el Huila. Aunque ve con dudas la intención del equipo de ascender, jamás ha dejado de amarlo; incluso, cita a la barra Artillería Verde Sur: “Ni la muerte podrá separarnos”.
Hace unos meses se tomó una foto con Hernando Ángel que generó críticas en redes: le dijeron “vendido” y “traidor”. Riverita explicó que ese día le pidió refuerzos al dueño del equipo, porque “el departamento no aguanta más con el Quindío en la B”. Lo más impactante fue la respuesta de Ángel cuando Riverita le contó sobre el descontento general: “Ese día, me preguntó que qué pensaba la gente de Armenia de él y le dije que pues, obvio, no lo querían. Y me dijo: ‘yo en cambio los quiero mucho, yo veo a los hinchas como a mis hijos’”.
Diego Arias, con el alma en la tribuna

Diego Arias fue al Centenario por primera vez en 1990. Tenía cinco años, iba de la mano de sus padres y esa tarde quedó marcado para siempre. Recuerda la fiesta: camisetas, banderas, radios y goles. Desde entonces, el Quindío se volvió su otra familia. Dice que hay cosas en la vida que no se cambian nunca: una es la familia, la otra, el equipo. Durante 32 años no falló casi ningún partido. Hoy, en cambio, va a uno que otro juego.
“El equipo dejó de competir con dignidad hace 26 años”, asegura con tristeza. Lo que más le duele no es solo la falta de títulos, sino la pérdida de generaciones de hinchas y dice que ahora los jóvenes ya no se sienten identificados, no se enamoran del Quindío. “Si todo sigue igual, en un futuro no muy lejano, el equipo podría quedarse sin hinchas. Ese sería el mayor fracaso”.
Fanny Valencia, 52 años con el corazón en el estadio

A Fanny Valencia no la detiene casi nada. Siguió al Quindío dentro y fuera del Centenario, en expediciones interminables y tribunas calientes. Conoció casi todos los estadios de Colombia, solo le quedó faltando el Metropolitano. Su lealtad viene de hace 52 años, cuando se enamoró del equipo. En los últimos tiempos ha dejado de ir, pero no por desamor. “He dejado de ir por motivos de salud, pero el deseo de alentar al equipo sigue intacto”.
Lo que más extraña del Quindío de antes es el respeto que sentía el plantel al portar la camiseta. “Con la llegada del señor Ángel esto ha cambiado mucho. Hoy siento una profunda tristeza al ver que no tenemos un equipo competitivo, y por esa razón, la gente ya casi no acompaña”, dice con nostalgia sin olvidar su mayor sueño: “Poder volver a ver al Quindío jugando en la A y ser campeón del fútbol colombiano. ¡Que Dios me permita ver cumplido ese anhelo!”.
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