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Nacido en Antioquia, actual representante a la Cámara por el Valle del Cauca y con raíces quindianas.

Duvalier Sánchez Arango aspira a llegar al Senado de la República para convertirse en la voz del Quindío, aunque actualmente representa al Valle del Cauca. En diálogo con La Crónica, reveló apartes del trabajo que desarrollaría si resulta elegido, respaldado por su experiencia en el Congreso.

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¿Qué comprende su agenda en el Quindío?

Lo primero es aclarar que construimos un proyecto político, no una campaña. Tengo raíces acá: mi papá es ingeniero topográfico de la Universidad del Quindío, era de Armenia, y siento que al Quindío le falta mayor representación en el Senado.

Hay departamentos subrepresentados en Colombia, y el Quindío es uno de ellos. Otros están sobrerrepresentados y tienen exceso de senadores. Creo que, si me permiten llegar al Senado, seré una voz que busca hacer equipo con el sector empresarial, con los nuevos liderazgos que hay acá —como el concejal Felipe Villamil— y con una nueva generación de políticos que venimos de familias comunes y entendimos que la democracia es el camino para luchar por un mejor país.

 


Tiene raíces quindianas, nació en Antioquia pero hoy representa al Valle en la Cámara, ¿cómo se explica esto?

Así es. Soy de la montaña y del Valle. Mi mamá es víctima del conflicto armado, desplazada, y se encontró con mi papá en un momento de la vida. Veníamos del Casanare y llegamos al Quindío en 1999. La ciudad estaba muy afectada por el terremoto, entonces nos quedamos un tiempo. Estuvo muy difícil y seguimos para Cali a buscar oportunidades.


Esta es una de las preocupaciones de los quindianos: llegan cada cuatro años, presentan sus campañas y no vuelven. ¿Cómo garantiza que defenderá los intereses del departamento?

Es una preocupación que encuentro en la mayoría de departamentos. Las personas sienten que los políticos vienen por los votos, se los llevan y no vuelven. Hay que avanzar más allá de esa lógica, porque es como cuando las curules afrodescendientes generan una verdadera representación afro y nadie se queja de que los afro no hablan por Buenaventura, por ejemplo. A mí en Buenaventura me va muy bien, así no obtenga muchos votos allí.

Hago política para defender causas, para hablar por personas y territorios donde se cometen injusticias y nadie habla.

Independientemente de cuántos votos obtenga en Armenia, Montenegro o Calarcá, quisiera trabajar por el Quindío. Además, es un departamento que tiene mucha interacción con el Valle del Cauca.

Tenemos oportunidades conjuntas que hoy son problemas pero también oportunidades, como mejorar la vía entre La Paila y Calarcá, importantísima. Me han hablado de su aeropuerto, que debería ser más funcional, que además está muy bien ubicado y nunca cierra.

Su tejido empresarial hay que potenciarlo. Considero que, si bien hay un desarrollo en el turismo, hace falta desarrollar industria y empresa.

 

¿Y cuál es la causa que está defendiendo?

Defiendo un país donde podamos reducir la violencia, las desigualdades y la corrupción. Desde el partido Verde he impulsado leyes y defendido temas ambientales y de protección animal, pero los temas estructurales requieren que las instituciones funcionen de verdad. Si no, el saqueo de los recursos públicos se convierte en nuestro principal problema. Además, no hay consecuencias para el corrupto, y esto ocurre por el diseño institucional que tenemos.

Cada alcalde y gobernador apadrina a un congresista; el congresista vota por el contralor y el procurador; el contralor y el procurador después investigan al gobernador o alcalde que apadrinó al congresista que los eligió. Al final, cobran el favor. El sistema genera impunidad y es parte de las reformas que debemos hacer en este país para que la corrupción no termine arrebatando las oportunidades de miles de colombianos que esperan.


¿Tiene conocimiento de lo que pasa en La Estación de Armenia y el escándalo de valorización? ¿Qué puede hacer por ellos?

Sí. El país y Armenia se ven afectados por lo que la Contraloría denomina obra sin utilidad pública. Tenemos más de 1.700 en el país; en el Quindío hay varias, y la del ferrocarril es la más icónica porque era un gran proyecto y ahí está: un hueco lleno de maleza, sin ninguna base. Hay una biblioteca muy bonita, pero nadie va porque el sector no se ha transformado en un espacio público de calidad.
Esas obras las conocemos como ‘elefantes blancos’, y recorrer Colombia viendo esas obras es también una de mis motivaciones para llegar al Senado.

 

¿Qué opinión le merece el trabajo de Gustavo Petro en la presidencia?

Por mi convicción de vida y mi visión del mundo, apoyo todas las reformas que ayuden a garantizar más derechos sociales y reducir desigualdades. No quiero engañar a nadie; quiero ser claro en lo que soy y lo que represento. Pero tengo diferencias con el manejo que se le dio a la política de seguridad. Es decir, no existió política de seguridad porque todo quedó concentrado en la política de paz.
Tenemos que tener una política de paz y una de seguridad separadas. El ministro de Defensa no puede quedar subordinado al Alto Comisionado de Paz. Eso constituye una cesión de las competencias del Estado en materia de seguridad, orden y control.

Lo segundo: este país tiene que aprender a dialogar con el sector empresarial. Hay que impulsar el sector productivo, hay que generar política social, pero no podemos maltratar a los empresarios, sobre todo a los emergentes que no heredaron industria ni tierra, sino que con esfuerzo han salido adelante. Tratarlos como enemigos o esclavistas es inaceptable. Hay que tener un diálogo distinto.
Estamos en un escenario de polarización, casi que entre la extrema derecha y la extrema izquierda.

 

¿Cuál es su posición?

Esa es la democracia. Eso no es polarización; es simplemente que las ideas son contrarias y se exponen en la democracia. Lo que hay que rechazar es la violencia. Son dos cosas muy distintas. Las ideas contrarias se presentan en la sociedad; lo que no es aceptable es la beligerancia y la violencia política. El problema surge cuando no acepto al que piensa distinto, cuando quiero acabarlo, difamarlo, maltratarlo. Eso es lo que en Colombia nos está haciendo mucho daño. Estamos al punto de que no soy capaz de conversar con mi familiar que piensa distinto; se rompen las familias por la política. No es aceptable.


¿Cuál debe ser el camino?

A Colombia le hace falta aprender a conversar. Conversar es escuchar la idea del otro sin imponer la mía, sin creer que el otro es malo porque su idea es distinta a la mía y yo soy bueno porque tengo la solución. Viví un paro muy duro en Cali, y ese día entendí que, claro, si las personas no se encuentran y escuchan, lo que tenemos es un escenario de alta conflictividad y disputas donde creemos que tenemos derecho a imponer nuestra visión y nuestra realidad.

Creo que la conversación y el diálogo nos permitirán salir adelante. Si no, Colombia aumentará los niveles de beligerancia en la competencia política, y así es imposible que un país camine hacia propósitos comunes.


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