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El crimen que dejó a una familia partida y a una bebé sin padre

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miércoles, 26 febrero 2020

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En esta sección encontrarán historias sobre hechos que han dejado alguna huella en el departamento, por su impacto o la naturaleza de los sucesos. Estas crónicas hacen parte del contenido premium que LA CRÓNICA trae para sus suscriptores digitales.

9 meses después del asesinato de Manuel Alberto García aún no son claros los móviles

“Con el cuchillo pudo romper el hueso más duro que tiene el ser humano en la cabeza, además le perforó la vista y los oídos. Le abrió el cerebro en dos”. Con esa crueldad actuó Henry Mauricio Gil Osorio, cuando el pasado 27 de marzo acabó con la vida de Manuel Alberto García Guevara. Ese dictamen se lo dio a Alberto García Castellanos, padre de la víctima, el cirujano que atendía a su hijo mientras estaba en ese trance, antes de dejar este mundo, en una habitación de la clínica de la Sagrada Familia. 

Según el especialista, la forma como el verdugo le incrustó el arma blanca en la cabeza indicaba que se trataba de un experto en segar vidas y que, posiblemente, no era la primera vez que cometía un acto de esa naturaleza. De hecho, este hombre cuenta con una inhabilidad para ejercer cargos públicos que, según la Procuraduría General de la Nación, va desde el 26 de julio del 2012 hasta el 25 de julio del 2022. Aunque la página web de la mencionada entidad no detalla el delito cometido, esa información indica que este sujeto estuvo involucrado en procesos penales. La Fiscalía reveló que fue encarcelado  durante seis años y que en Tulúa, Valle del Cauca, se enfrentó con la Policía. 

La existencia del joven víctima, que el 1 de marzo había cumplido 22 años de edad, terminó por apagarse a las 1:50 de la mañana del pasado 1 de abril. Los cuatro días que transcurrieron desde el momento del ataque hasta que decretaron su muerte, el camarógrafo García Castellanos, para no sumergirse en ese dolor que le causaba lo sucedido, optó por engañar a su mente. Hizo de cuenta que no estaba pasando nada y, aunque difícil, trató de concentrarse en cumplir con sus compromisos profesionales sin que ningún compañero supiera el infierno que estaba padeciendo. 

La noticia del deceso de García Guevara no solo tocó las fibras más sensibles de su padre, también afectó en el alma a su madre, quien desde Copacabana, Antioquia, se enteró de que no volvería a ver a ese hijo laborioso y acomedido que deseaba seguirle los pasos a su progenitor, al que siempre acompañó en sus correrías como camarógrafo. “Le gustaba la producción, las relaciones y los medios, más que ser camarógrafo. Eso le parecía una vida bonita”. 

La mencionada clínica, donde reposaba el cadáver del paisita, como lo conocían cariñosamente sus amigos, se llenó de familiares de la madre de la víctima, quienes no podían contener las lágrimas y estaban llenos de impotencia por lo sucedido, al tiempo que se desahogaban verbalizando el dolor entre ellos y compartiendo abrazos de consuelo. 

Mientras tanto, en La Unión, Valle del Cauca, en el vientre de la compañera sentimental de la víctima se gestaba la vida de una nueva criatura. Manuela, que en hebreo significa “Dios con nosotros”, vino al mundo un mes y medio después del crimen de su padre. La pequeña, que ahora tiene seis meses y medio de nacida, crecerá sin la posibilidad de escuchar la voz de su progenitor, tampoco podrá abrazarlo ni jugar con él porque un delincuente le arrebató esos derechos. Quizás, a medida que crezca, sentirá nostalgia de ver que otros niños de su edad salen cogidos de la mano con su padre y ella no podrá hacerlo. De pronto, se deslizarán las lágrimas por sus mejillas cuando la familia le cuente la realidad que tuvo que sufrir ese que ahora se convirtió en su ángel guardián. El día que Valery Manuela Álvarez Castaño tenga uso de razón, a lo sumo, podrá orar para que el alma de ese ser que no pudo conocer goce de paz y tenga un eterno descanso. “Yo no pido que me indemnicen a mí, pero sí a la bebé y a su mamá”, imploró el padre del asesinado. 

Recuerdos de un ser amado que ahora duelen 

Cada día que pasa el dolor para él se incrementa porque sabe que esa ausencia física de su paisita será para siempre. Pero de su mente no se borrarán los recuerdos que guarda de él. Asegura, en medio del llanto, que lo tiene tan presente que cuando va por la calle y ve a otros jóvenes le parece estar viendo a su adorado hijo. Entonces se llena de nostalgía y, como se tratara de una película que se repite una y otra vez en su cabeza, rememora esos gratos instantes cuando iban juntos a cubrir las fiestas de los pueblos. Allí lo percibía feliz y, paradójicamente, ese recuerdo alegre ahora le trae tristezas. Sus palabras quedan estancadas en la garganta mientras que las lágrimas fluyen, como el agua de un río desbordado. 

Por la  memoria de este bogotano aparecen aquellas escenas cuando trataba de convencerlo de que se convirtiera en hincha de Millonarios pero, según él, a su hijo le gustaba sufrir y no abandonaba al Deportivo Independiente Medellín. Pero no solo era un fervoroso hincha, en su época de adolescente este joven capitalino jugaba como defensor en un equipo de Copacabana, Antioquia. Los últimos días de su vida practicó ese deporte en el estadio del barrio San José de la capital quindiana. 

“Amaba a los padres, a los hermanos y a los abuelos. Quería tener una mejor calidad de vida para ayudarles. Era muy amoroso, dinámico y colaborador. Fue muy querido por los amigos. Era comprometido en lo que hacía, tenía don de gente y era emprendedor”. Además, Manuel Alberto García Guevara era el mayor de cinco hermanos, que hoy también deambulan por la vida llevando a cuestas el dolor por su partida. 

Al momento del suceso García Guevara tenía tres años de estar viviendo en Armenia, tras su llegada de ese municipio del norte del Valle de Aburrá, donde vivía con su madre. En la ciudad Milagro este joven se rebuscó la vida: fue lavador de carros al frente del hospital San Juan de Dios y llevaba tres meses haciendo turnos como mesero en un negocio aledaño al lugar donde le quitaron la existencia. 

García Castellanos, que con su cámara grabó muchas tragedias de este país, nunca pensó que iba a vivir una en carne propia, en vivo y en directo y con repeticiones periódicas en su mente, cada que la melancolía lo invade para atormentarlo. Ahora quedó con un dolor impregnado en lo más hondo de su corazón, que llevará hasta la misma tumba. 

Este hombre, de 62 años, cuenta, con una voz pausada, que ha intentado descargar ese pesada pena  dialogando con sus compañeros de labores, con abogados que le ayudaron en el caso y con amigos. A veces, dicen, es mejor tener a esas personas cercanas, porque actúan como salvavidas, que a la misma plata. “Es que uno necesita dialogar, preguntar, que lo indaguen y ver otras visiones de lo sucedido”, manifiesta en este noble ser humano que siempre habla con amabilidad. 
 

A él aún le sirven los abrazos solidarios como una fórmula para menguar ese dolor del alma, que es muy fuerte, pero que también se puede aliviar un poco si alguien lo escucha, si simplemente lo dejan verbalizar todos esos pensamientos que pasan por la mente de una persona cuando está procesando ese duelo por la pérdida de un ser querido. Él habla sin parar y cuando termina cada palabra parece descansar y quedar liviano, como aquel cotero que descarga un pesado bulto.

Entonces toma nuevas fuerzas para continuar con ese relato angustioso con el que tendrá que aprender a vivir, porque siempre va a estar ahí, siguiéndolo como su propia sombra. También agradece por la presencia en su vida de aquellos seres de carne y hueso que, como sus hermanos, desde lo espiritual, lo han ayudado a sobrellevar la existencia después de que el mundo se le vino encima. 
Han transcurrido nueve meses desde que sucedió esta desgracia y García Castellanos, que es creyente, se la ha pasado pidiéndole a Dios que le ayude a entender por qué a él le tocó padecer esto: ver partir a un hijo amado así, de una manera tan brutal. “Por algo suceden las cosas, pero no sé por qué ocurrió eso. Lo que sí podría decir es que mi hijo estaba en el sitio equivocado”. 

Escuche la narración del padre de la victima 
 

Un goce que terminó en dolor 

Un día de descanso para Manuel Alberto García Guevara se convirtió en el comienzo de su agonía. Aquella tragedia fue un miércoles. El padre de la víctima recordó que su hijo entró a la casa a cenar y a las 9:30 de la noche del 26 de marzo pasado arrancó con su hermano en una moto para dar una vuelta. Momentos después terminó departiendo afuera del negocio donde se ganaba la vida en la calle 20 con carrera 20 de Armenia. 

El ente investigador le reveló al padre que a su hijo lo vieron conversar tranquilamente con ese hombre que horas más tarde se convertería en su asesino. La versión que durante las audiencias dio el abogado defensor indica que, supuestamente, a su representado le robaron 200 mil pesos y, al parecer, culpaba a García Guevara de los hechos. Sobre ese incidente, del que no se conocieron más detalles, habría sido aquel diálogo. 

García Castellanos aseguró que el homicida  convidó a su descendiente a su casa para que fuera solo y se tomaran unos tragos, pero este se negó a ir. Al parecer, Gil Osorio, de 36 años, pretendía asesinarlo sin dejar testigos. Otra versión, recopilada en su momento por los investigadores, indica que el agresor habría confundido a Manuel Alberto con otra persona a la que pretendía atacar. “Lo que le dijeron los testigos a la Fiscalía fue que mi hijo hasta lo invitó a una tanda de cervezas y le dijo que lo estaba confundiendo. Nunca hubo pelea entre ellos”. 

La Fiscalía añadió que Gil Osorio se fue para su casa. A la 1:53 de la madrugada del 27 de marzo regresó armado con un cuchillo y en las cámaras de seguridad de la zona quedó registrado el momento cuando se acercó a su víctima, con el rostro cubierto con una capucha, y allí le incrustó, con una fuerza bárbara, el arma blanca en la cabeza. García Guevara se desplomó y en cada gota de sangre que brotaba de su cerebro se esfumaba una parte de su vida ante la mirada impotente de propios y extraños, quienes se armaron de valor para enfrentar al homicida. “Atacaron a mi muchacho, tomadito, por la espalda y no le dieron la oportunidad de defenderse”, se lamentó el padre del joven asesinado. 

Mientras algunos amigos de la víctima la montaron en un taxi y la trasladaron a la clínica de la Sagrada Familia, otros iracundos, le cerraron el paso al asesino e impidieron que el crimen quedara impune. Testigos afirmaron que una multitud de personas, entre trabajadores de los locales del sector, rumberos y hasta taxistas se convirtieron en una turba enardecida que estuvo a punto de cobrar venganza por mano propia. De no ser porque la Policía llegó a tiempo, Gil Osorio no estaría en la cárcel sino en el infierno.

Los médicos le practicaron una cirugía al afectado, que terminó a las 3:30 de la madrugada. Pese a esos esfuerzos, la mencionada herida le produjo una muerte lenta al paisita, cuya agonía se prolongó durante los cuatro días siguientes con un dolor tan profundo, que la víctima lo sintió en su cuerpo y sus parientes aún lo tienen grabado en el alma.  

Mientras el afectado exhalaba sus últimos suspiros, la Fiscalía le imputó a Gil Osorio tentativa de homicidio. Pero una vez declararon el deceso de García Guevara, al encartado le endilgaron homicidio agravado, porque la víctima estaba desprevenida e indefensa, como se leía en el expediente del proceso penal. En ninguno de los casos aceptó los cargos, pero el juez encontró méritos suficientes para ordenar su reclusión en la cárcel. 

Para García Castellanos, que asistió a varias audiencias que le practicaron al asesino, era nuevo enfrentarse a ese tipo de procesos que para él resultaban engorrosos. No podía entender cómo después de cometer semejante crimen al culpable lo trataran de defender los abogados argumentando que era una buena persona, un excelente pintor, responsable y hasta honesto. “No faltó sino que dijeran que era un excelente asesino ese hp”, dijo con ironía y rabia García Castellanos y añadió: “mientras más trata uno de entender eso, más se enreda… ¿Cómo pretenden mostrar que es buena persona un tipo que hasta se ha enfrentado con la Policía?” 

En desacuerdo con el monto de la condena 

“Lo ví unas cinco veces en las audiencias, pero nunca levantó la cara para mirarme a los ojos, ni siquiera de reojo. No me cruzó una sola palabra ni mostró intenciones de pedirme perdón”. García Castellanos grabó en su memoria aquellos detalles, como grababa los hechos en su cámara. 

El pasado 6 de diciembre un juez de la república consideró que Henry Mauricio Gil Osorio deberá pasar 17 años y ocho meses en la cárcel, al encontrarlo responsable de los hechos narrados. La condena fue producto de un preacuerdo en el que él aceptaba los cargos a cambio de la mencionada pena. “Siempre escuché que la justicia era para los de ruana, pero ya lo comprobé en carne propia. Respeto pero no comparto la decisión porque no deberían darle tan poco tiempo de prisión, sino la pena más alta, a una persona que quitó una vida y, de paso, destruyó a una familia. De seguro sale en cinco o seis años por estudio, trabajo y buen comportamiento”, se lamentaba García Castellanos al conocer la sentencia contra el pereirano que mató a su hijo.  

Gil Osorio ahora paga una prisión física y también padece una sentimental. Durante el proceso se supo que, al conocer los hechos, la pareja del victimario lo dejó. El abogado defensor solicitó que lo trasladaran para una cárcel del Valle del Cauca, donde tiene allegados y amigos, pero para García Castellanos eso sería un premio más que la justicia no puede permitir. 

Pese a todo lo que le ha tocado padecer, este hombre asegura que jamás tomaría venganza con el hombre que segó la existencia de su hijo porque “ese asesino tendrá que rendirle cuentas a Dios. Yo no mato ni una cucaracha. Tampoco puedo perdonarlo. Lo único que he pedido en este caso es justicia y que está persona esté aislada por mucho más tiempo para que no le haga más daños a la sociedad”. 


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