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En esta sección encontrarán historias sobre hechos que han dejado alguna huella en el departamento, por su impacto o la naturaleza de los sucesos. Estas crónicas hacen parte del contenido premium que LA CRÓNICA trae para sus suscriptores digitales.

Un goce que terminó en dolor

Un día de descanso para Manuel Alberto García Guevara se convirtió en el comienzo de su agonía. Aquella tragedia fue un miércoles. El padre de la víctima recordó que su hijo entró a la casa a cenar y a las 9:30 de la noche del 26 de marzo pasado arrancó con su hermano en una moto para dar una vuelta. Momentos después terminó departiendo afuera del negocio donde se ganaba la vida en la calle 20 con carrera 20 de Armenia. 

El ente investigador le reveló al padre que a su hijo lo vieron conversar tranquilamente con ese hombre que horas más tarde se convertería en su asesino. La versión que durante las audiencias dio el abogado defensor indica que, supuestamente, a su representado le robaron 200 mil pesos y que, al parecer, culpaba a García Guevara de los hechos. Sobre ese incidente, del que no se conocieron más detalles, habría sido aquel diálogo. 

García Castellanos aseguró que el homicida  convidó a su descendiente a su casa para fuera solo y se tomaran unos tragos, pero este se negó a ir. Lo que este padre sospechaba era que Gil Osorio, de 36 años de edad, pretendía asesinarlo sin dejar testigos. Otra versión, que recopilaron en su momento por los investigadores, indicaba que el agresor habría confundido a Manuel Alberto con otra persona a la que pretendía atacar. “Lo que le dijeron los testigos a la Fiscalía fue que mi hijo hasta lo invitó a una tanda de cervezas y le dijo que lo estaba confundiendo. Nunca hubo pelea entre ellos”. 

Seguimiento: No aceptó cargos por homicidio de Manuel Alberto García Guevara

La Fiscalía añadió que Gil Osorio se fue para su casa. A la 1:53 de la madrugada del 27 de marzo regresó armado con un cuchillo y en las cámaras de seguridad de la zona quedó registrado el momento cuando se acercó a su víctima, con el rostro cubierto con una capucha, y allí le incrustó, con una fuerza bárbara, el arma blanca en la cabeza. García Guevara se desplomó y en cada gota de sangre que brotaba de su cerebro se esfumaba una parte de su vida ante la mirada impotente de propios y extraños, quienes se armaron de valor para enfrentar al homicida. “Atacaron a mi muchacho, tomadito, por la espalda y no le dieron la oportunidad de defenderse”, se lamentó el padre del joven asesinado. 

Mientras algunos amigos de la víctima la montaron en un taxi y la trasladaron a la clínica la Sagrada Familia, otros iracundos, le cerraron el paso al asesino e impidieron que el crimen quedara impune. Testigos afirmaron que una multitud de personas, entre trabajadores de los locales del sector, rumberos y hasta taxistas se convirtieron en una turba enardecida que estuvo a punto de cobrar venganza por mano propia. De no ser porque la policía llegó a tiempo, Gil Osorio no estaría en la cárcel sino en el infierno.

Los médicos le practicaron una cirugía al afectado, que terminó a las 3:30 de la madrugada. Pese a esos esfuerzos, la mencionada herida le produjo una muerte lenta al paisita, cuya agonía se prolongó durante los cuatro días siguientes con un dolor tan profundo, que la víctima lo sintió en su cuerpo y sus parientes aún lo tienen grabado en el alma.  

Seguimiento: 17,8 años de prisión por asesinar a Manuel Alberto García Guevara

Mientras el afectado exhalaba sus últimos suspiros, la Fiscalía le imputó a Gil Osorio tentativa de homicidio. Pero una vez declararon el deceso de García Guevara, al encartado le endilgaron homicidio agravado, porque la víctima estaba desprevenida e indefensa, como se leía en el expediente del proceso penal. En ninguno de los casos aceptó los cargos, pero el juez encontró méritos suficientes para ordenar su reclusión en la cárcel. 

Para García Castellanos, que asistió a varias audiencias que le practicaron al asesino, era nuevo enfrentarse a ese tipo de procesos que para él resultaban engorrosos. No podía entender cómo después de cometer semejante crimen al culpable lo trataran de defender los abogados argumentando que era una buena persona, un excelente pintor, responsable y hasta honesto. “No faltó sino que dijeran que era un excelente asesino ese hp”, dijo con ironía y rabia García Castellanos y añadió: “mientras más trata uno de entender eso, más se enreda… ¿Cómo pretenden mostrar que es buena persona un tipo que hasta se ha enfrentado con la policía?” 

En desacuerdo con el monto de la condena 

“Lo ví unas cinco veces en las audiencias, pero nunca levantó la cara para mirarme a los ojos, ni siquiera de reojo. No me cruzó una sola palabra ni mostró intenciones de pedirme perdón”. García Castellanos grabó en su memoria aquellos detalles, como guardaba los hechos en su cámara. 

El pasado 6 de diciembre un juez de la república consideró que Henry Mauricio Gil Osorio deberá pasar 17 años y ocho meses en la cárcel, al encontrarlo responsable de los hechos narrados. La condena fue producto de un preacuerdo en el que él aceptaba los cargos a cambio de la mencionada pena. “Siempre escuché que la justicia era para los de ruana, pero ya lo comprobé en carne propia. Respeto pero no comparto la decisión porque no deberían darle tan poco tiempo de prisión, sino la pena más alta, a una persona que quitó una vida y, de paso, destruyó a una familia. De seguro sale en cinco o seis años por estudio, trabajo y buen comportamiento”, se lamentaba García Castellanos al conocer la sentencia contra el pereirano que mató a su hijo.  

Gil Osorio ahora paga una prisión física y también padece una sentimental. Durante el proceso se supo que, al conocer los hechos, la pareja del victimario lo dejó. El abogado defensor solicitó que lo trasladaran para una cárcel del Valle del Cauca, donde tiene allegados y amigos, pero para García Castellanos eso sería un premio más que la justicia no puede permitir. 

Seguimiento: A prisión presunto homicida de Manuel García, aunque no aceptó cargos

Pese a todo lo que le ha tocado padecer, este hombre asegura que jamás tomaría venganza con el delincuente que segó la existencia de su hijo porque “ese asesino tendrá que rendirle cuentas a Dios. Yo no mato ni una cucaracha”. 


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