A este tradicional punto de encuentro para miles de personas solo lo acompaña la soledad por estos días.
A Bolívar lo dejaron solo. Hoy se siente más el silbido de los pájaros que la bulla de los vendedores ambulantes o de los niños siguiendo a las palomas, pues la mayoría de ellas emigraron a otros lugares porque acá no hay quien les de maíz y menos infantes. Si alguien pegara un grito, posiblemente, retumbaría el eco en lo sonoro de la soledad. La plaza Bolívar de Armenia, que siempre ha sido un tradicional punto de encuentro para miles de quindianos, hoy permanece tan desierta, como el lejano oeste, gracias a la COVID-19.
Por allí solo pasan unos cuantos ciudadanos con sus rostros cubiertos con tapabocas y eso sí, muchos habitantes de calle, con su costal al hombro, que escarban los basureros o simplemente se sientan a ver transitar las horas, como queriendo que pasen rápido. A Bolívar lo dejaron solo.
Ya no están los tradicionales vendedores ambulantes de tintos ni de fritos. Ya no está el señor que vendía los periódicos en una esquina ni tampoco el que coleccionaba cachivaches y fotos viejas del Quindío para revenderlas al mejor postor. Hoy el presente es otro del que aún no hemos despertado. A Bolívar lo dejaron solo.
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De todos los negocios que rodean esta tradicional plaza de la ´Ciudad Milagro´ solo permanecen dos droguerías abiertas y dos panaderías. Debe ser porque mucha gente está enferma de hambre. Son las 2:30 de la tarde del 7 de abril del 2020 y un habitante de calle está sentado donde antes se hacían los clientes de los lustradores de calzado, quienes tampoco están. A Bolívar lo dejaron solo.
Hoy tampoco se ven las largas filas de personas que normalmente se hacían afuera de la gobernación para entrar a ese edificio a hacer algún trámite. Los encopetados funcionarios públicos brillan por su ausencia por estos lares. Solo dos guardas escoltan la portería y están tan desocupados que no les queda otra opción que charlar entre ellos, posiblemente, del mismo tema que hoy es el plato principal de las noticias y que tiene al mundo encerrado y a la economía en quiebra. A Bolívar lo dejaron solo.
Un lustrador de calzado con su cajita de embolar se estaciona al lado de la puerta principal de ingreso a la gobernación del Quindío, pero en medio de este panorama sombrío, su tarde se ve tan oscura como la ropa que lleva puesta. A Bolívar lo dejaron solo.
La Catedral cerrada
La Inmaculada Concepción, que por estos días santos solía estar ocupada por las multitudes, hoy está cerrada y con la puerta principal bordeada con una cinta de advertencia. Pareciera como si allí hubiera un cadáver y estuvieran esperando la llegada de los forenses para su inspección técnica. Sin embargo, acá no han asesinado a ningún ser humano, simplemente la ausencia de cristianos hace ver muerto al principal ícono patrimonial de la religión católica en el Quindío, igual que las procesiones, que esté año tampoco habrán. Un motivo más para decir que a Bolívar lo dejaron solo.
Ya no suenan las campanas para anunciar que la misa se aproxima ni los tradicionales sermones de los curas, solo retumban los sonidos del silencio, en los que es más fácil encontrar a Dios. Todo anda tan fúnebre por estos lados que el único adulto mayor que se detiene al lado de las cintas de acordonamiento se echa la bendición, como sí con ella le estuviera diciendo al pasado que descanse en paz e implorando para sobrevivir en este presente, tan propio de una película de terror. A Bolívar lo dejaron solo.
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Unos tres reducidos grupos de personas, que no superan las tres cada uno, ocupan unas cuantas bancas a un costado de la plaza. Las oficinas de los negocios aledaños están cerradas. No hay muchedumbre en la Dian. Las sillas que antes eran ocupadas por las personas que se encontraban para tertuliar y fortalecer los lazos de amistad, de negocios o de amor mientras degustaban un exquisito café, hoy están tan lúgubres, tan lúgubres, como los mismos días que pasan en esta plaza en medio de una pandemia que ha hecho lo que las autoridades no han podido: reducir a su máxima expresión los hechos delictivos. A Bolívar lo dejaron solo.
Dos guardas de tránsito acompañan la soledad de una esquina y dos policías motorizados, la de otra. A su lado pasan cuatro colegas montados en elegantes caballos de paso fino con los que recorren el centro de Armenia para velar porque la tranquilidad y el exceso de soledad no se salgan de su cauce. Pero hoy no hay artistas callejeros ni vendedores ambulantes y mucho menos ladrones para corretear. Hoy no está el payaso, ni el cantante improvisado que aprovecha el gentío para mostrar su arte y ganarse el diario con la caridad de la gente. Hoy ni los habitantes de calle tienen quien les dé una moneda o un pedazo de pan. A Bolívar lo dejaron solo.
Hoy no hay prisa para acostarse, no hay prisa para levantarse, no hay prisa para bañarse, no hay prisa para vestirse, no hay prisa para tomarse un café, no hay prisa para tomar el desayuno, ni para llevar los niños a la escuela, tampoco hay prisa para poblar la plaza porque a Bolívar lo dejaron solo.
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