Sus cuadros son una forma de protesta ante muchas injusticias sociales.
Alonso Gaona, pintor calarqueño, detesta a la clase política. Lo que más extraña del Quindío es el calor de la familia, comprarse una arepa en la esquina del barrio y sentarse en el andén a comérsela. Se considera un creyente en Dios. A sus 52 años trabaja como auxiliar en la sala de operación de un hospital de niños en Londres.
¿Cómo se describe usted como ser humano y como artista?
Soy un hombre sencillo, amo a Dios sobre todas las cosas y cada día leo la Biblia, pero igual la practico. Soy un aspirante a algún día ser llamado hijo de Dios. Tengo muchos errores, pero intento superarlos. Comparto lo poco que tengo y siempre en mis oraciones clamo al Dios vivo por los que no lo conocen. Como artista soy como cualquier otro, para mí es lo mismo un cirujano que un zapatero, ambos son trabajos iguales. Nunca hago una obra o escribo un libro por ambición, estos surgen como una ramita en una pared. Son milagros que a veces el ojo no percibe ni reconoce.
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¿Cómo es esa relación de sus obras con el arte y los sueños?
“Porque ahora vemos por un espejo veladamente, pero entonces veremos cara a cara, ahora conozco en parte, pero entonces conoceré plenamente como he sido conocido”, dice 1 Corintios 13;12. Nadie planea un sueño como tampoco lo elige, solo en mi arte soy una aguja, un sismógrafo en el diario vivir para con Dios. En la Biblia están todos los secretos ocultos del universo.
Nosotros los seres debemos vivir de rodillas ante el Dios vivo, amarlo con todas las fuerzas de nuestro corazón y mente. Es allí donde nace esa relación de mis obras y los sueños, desde que tengo uso de razón, en pequeños y grandes episodios como el pasado terremoto de 1999, el ataque a las torres Gemelas en 2001, la tragedia mundial del tsunami en Japón, el huracán Katrina en New Orleans, la desgracia de Mocoa, Putumayo, donde perdí a un ser querido, y el ataque del puente de Londres en 2018. Es normal pintar el pasado, pero no lo es hacerlo con el futuro.
¿Ha pensado en hacer una pintura que tenga relación con las realidades que vivió o que vive en su pueblo natal, Calarcá?
Sí, una de mis pinturas, la que más extraño contemplar, está en la oficina principal del hospital La Misericordia de Calarcá y tiene el mismo nombre: La Misericordia, fue donada en 2012.
Mi pueblo natal es el centro de mi universo en mi último libro titulado El adiós de la tierra amada. Para mí, cada calarqueño es un ser surrealista, una especie de poeta galáctico, ciudadanos interplanetarios que a lo largo de nuestro viaje astral algún día les encontraré. A veces en estas noches de frío invierno en Kiev, Ucrania, sorprendo a mi amada esposa, Natalia, con historias de mi pueblo, parecidas a los cuentos de ficción, eso es lo que hace de nuestra gente destellar en un mágico surrealismo puro y tan real como las estrellas que alcanzo a ver en este mismo instante.
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¿Qué opina de la realidad política que hoy vive Colombia?
La política es el mal de toda la Tierra, es una palabra que deseo que algún día desaparezca. Los políticos son como lombrices de tierra en una botella que se devoran el uno al otro. He vivido cara a cara eventos mundiales y estoy seguro de que muy pronto viviré el desplome de la economía británica. La realidad política que vive Colombia es y fue siempre una burla, una humillación a las clases más pobres e indefensas. Tuvimos por décadas a los que se hacen llamar guerrilleros y siempre asesinaron por la espalda al campesino, al policía y al militar. Son como hienas despiadadas, y los paramilitares, ni hablar, ambos sentados en sillas de escarnecedores.
¿Por qué considera que el arte, el cine y la literatura están agonizando?
Los vanguardistas en España no han podido superar a Picasso y a Dalí. Los norteamericanos no han podido superar a Andy Warhol ni a Pollock, y nosotros, los colombianos, no nos permitimos superar el demonio que encarnó Pablo Escobar.
¿Después de su pintura titulada La muerte de la ONU, ahora con qué va a sorprender a su público?
El Zhoar, que significa la luz y el resplandor. Se trata de una pintura cabalística en la que la plomada y el lapicero escriben todas las acciones del hombre bajo el Sol. Incluye la Rosa de Sarón, un diamante y una espada como símbolo de la justicia que guía a una escalera sin final, a la meta de cada ser y a la vida eterna. La victoria del hombre ante la muerte, la misma serpiente que pone toda la eternidad se enseñoreó, ya no tiene eficacia sobre él. No es importante sorprender a un público, porque el hombre nacido de una mujer, nada posee y nada puede retener. El que nace del espíritu es el único que puede poseer y escudriñar las riquezas ocultas en este mundo y en el que está por venir. Todos somos ángeles viviendo una experiencia humana.
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