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Lleva 40 años exhibiendo su obra de arte frente a la Gobernación del Quindío. 

“Apoye al artesano voluntariamente”, se lee en un aviso grande y luminoso con letra roja, rodeado de artesanías que también brillan por sus luces. Se trata de muñecos en miniatura que parecen tener vida propia y están tan llenos de alumbrados que dan la sensación de ser un pesebre.

A Braulio Antonio Parra Castaño, su creador, es común verlo cada octubre, cuando hay fiestas en Armenia, y todos los diciembres. Suele aprovechar las multitudes que por esos meses especiales transitan por la plaza Bolívar de Armenia, frente a la gobernación del Quindío, para sorprender a propios y extraños con lo que él denominó el ‘Pueblito quindiano’, una réplica del ‘Pueblito paisa’, pero con el ingenio propio de ‘Toño’, como lo bautizaron cariñosamente sus amigos. 
 

La gente se acerca con curiosidad para ver el movimiento de una muñequita que con un tizón muele el maíz al lado de un pollo que, paralelamente, picotea los granos. A la derecha, una figura femenina en miniatura le echa aire al carbón mientras se asan las arepas. Dos muñecos con pinta de campesinos cortan con una sierra un enorme tronco de madera. Su arte atrae las miradas de los transeúntes y en poco tiempo el ‘Pueblito quindiano’ es rodeado por personas que con sus celulares le toman fotos y videos por su singularidad. 

Algunos dejan su aporte monetario en una cajita para apoyar el arte de este hombre de figura menuda y que luce un bozo cuyas canas retratan sus 71 años de vida. Cuenta que cuando no está con el ‘Pueblito quindiano’ se gana la vida con un triciclo chiva, en el que cobra por montar niños en la misma plaza. Asegura que al día se puede ganar entre $60 mil y $70 mil. “Hay días en los que me voy con $30 mil, como veces en las que salgo con las manos vacías”, aseguró ‘Toño’. 

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Nacido en el Valle y criado en el Quindío 

Mientras trata de prender el ‘Pueblito quindiano’ que se le quedó inmóvil por la falta  gasolina, ‘Toño’ confesó que del dinero que recibe tiene que sacar $9.600 para el galón de combustible que se come la planta eléctrica que le da vida a su obra de arte, $18.000 para el aceite y $5.000 para el parqueadero donde la guarda. 

La ganancia que le quede es para su sostenimiento y el de su mujer, con la que vive en el barrio Génesis de Armenia. Reveló que tiene un hijo, de 38 años, que vive en otro lado. “Soy de Roldanillo, Valle del Cauca, pero llevo 55 años viviendo en Armenia”. 

Mientras tanto suena una canción que repite como dogma de vida la frase: No vuelvo a amar y que se vaya el amor, como para amenizar la mirada de los curiosos, quienes ven, entre otras miniartesanías, a un campesino que pesca y a una señora que barre sin parar. “Esa es la que necesito en la casa”, dice jocosamente una mujer. 
 

También se observa a un hombre que procesa los granos de café en la molienda de una finca, a una dama que estrega la ropa en un lavadero. El ‘Pueblito quindiano’ no tiene nada que envidiarle al parque del Café, porque cuenta con un parque de diversiones en miniatura con una rueda de Chicago incluida. “Hay que pasar la vida siempre alegre”, canta Raphy Leavitt por el parlante de ‘Toño’, curiosamente mientras observo aquel pequeño parque de entretenimiento. 

Mis ojos se centran en una calavera que está en una tarima con un micrófono al frente. Ella canta y baila, pero por su aspecto mortuorio no lo hace en esta vida sino en el más allá. 

‘Toño’ cuenta que a diario debe sacar su atracción del parqueadero a las 7:00 de la mañana para que no le produzca más costos. Se queda por ahí sin ponerla a funcionar porque a esa hora no hay espectadores. A las 4:00 de la tarde empieza la acción, cuando la noche se acerca y el centro comercial de cielos abiertos de Armenia se convierte en un hervidero de seres humanos, potenciales curiosos y colaboradores de su arte. 

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“Todo fue mente mía” 

Cuando el pregunto a ‘Toño’: ¿cómo aprendió a fabricar esas artesanías tan llamativas? Asegura que lo hizo de manera autodidacta. Entonces una mujer que habla con él asegura que fue un don que Dios le dio. Cuando este ingenioso ser tenía apenas 23 años de vida empezó, como tejiendo un pajar, a hilar las piezas de semejante atractivo y en eso se demoró, según él, ocho años. El costo de los materiales en aquella época fue de $2 millones. 

Todo empezó cuando vio esos muñequitos en revistas y soñó con ponerles movimiento y luces para volverlos llamativos y vivir de ellos, como lo ha hecho desde hace 40 años. Por su mente nunca pasó la idea de ser médico, odontólogo, abogado o profesor, su sueño siempre fue el de tener esta obra inédita, que quisiera llevar a la feria de Manizales, pero que no puede por falta de recursos. “Yo gozo con esto y gano alguna cosa”. 

De la misma manera en la que ‘Toño’ incursionó en la creación de esta curiosidad de arte, que exterioriza una cultura propia de la región cafetera y paisa, también aprendió a leer y a escribir, porque aseguró que nadie le enseñó y que nunca quiso ir a la escuela para adquirir esos conocimientos. “Todo fue mente mía”. 

Muchos aseguran, entre risas, que el suyo fue el único alumbrado navideño que tuvo la ‘Ciudad Milagro’ durante el fin de año pasado. Le pregunto que si no ha pensado en cobrarle a la alcaldía por sus alumbrados y entonces ‘Toño’ se ríe y afirma que su mayor recompensa es la que voluntariamente le dan quienes valoran su arte.


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