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En los concursos de arriería donde enseña al público de su tierra salentina lo más precioso de la arriería, ha hecho eco de esta tradición que será por siempre el alma de la tierra y de quienes la recorren a lomo e’ mula.

En los caminos de Colombia, donde las montañas se alzan como testigos de historias de antaño, la tradición de la arriería sigue viva, marcada por el sudor y la pasión de aquellos que, como Raúl Vargas Marín, han hecho de este oficio, su vida.

Sus raíces cercanas al Quindío, datan ser de Toche, Tolima y a pesar de no ser una tradición familiar, su alma desde temprana edad se sintió llamada por el resonar de las mulas y el eco de los arrieros que transitaban las mismas rutas. Con un amor profundo por las bestias y una voluntad inquebrantable, Raúl emprendió su viaje, lleno de desafíos y de una conexión única con las montañas quindianas, a las que llegó desplazado por la violencia y su gente.

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A lo largo de los años, varias han sido las experiencias que lo han forjado no solo como un experto en el oficio, sino también como un referente de la arriería, transmitiendo su conocimiento y pasión a las nuevas generaciones. Su vida, marcada por la perseverancia, la familia y el amor por la tradición, es un recordatorio de que, aunque los tiempos cambian, hay oficios que, como la arriería, siguen siendo el alma de la tierra y de quienes la recorren.

¿Cómo se familiarizó con la arriería, es una herencia familiar?

Era niño y donde vivíamos había muchos arrieros, pese a que en mi familia no había, a mí me nació el ser arriero, yo los veía bajar y pensaba que tenía que ser arriero. Un día cualquiera me volé de la casa, y entre tanto un señor que se había pasado de tragos me preguntó si era capaz de ir a cargar a Campo Alegre y sin duda le dije que era capaz, era muy niño y esto lo dije de fantoche, sin saber nada sobre el oficio. Pensé que allá tenía que haber alguien que cargara y no fue así, así que le dije que cargáramos los dos, pude entregar la mula y el señor contento con el trabajo me dijo que al día siguiente salía con Cajamarca con otro viaje, pero mi papá no me lo permitió. Luego me fui relacionando con las bestias, cogía el paso de mis tíos y me familiarizaba más con el tema y hoy, después de estas anécdotas estoy acá contando la historia.

¿Cómo es ese proceso de la arriería, cómo es el vínculo que se debe tener con las mulas?

Para ser arriero hay que tener un gusto real por las mulas y mucho amor por ellas, porque si este no se tiene no se es arriero y esto fue lo que me gustó, que esas mulas se convierten en una extensión de la familia. El tema de la arriería es pesado, hay días en los que se sale temprano con una mulada en trayectos largos para poder entregar la carga en un horario establecido, sino esta se quedaba.

¿Nunca desistió de esa idea de ser arriero?

No, nunca. Ser arriero me gustaba tanto que no sé si era de esa pasión o la ayuda de Dios que cuando se me caía una mula la levantaba con carga y seguía caminando. Esto es de amor y pasión porque desafíos existen demasiados.

Se ha convertido en un referente de la arriería en los concursos, ¿qué muestra allí?

Lo primero que hace Raúl es mostrarles a aquellos que no conocen sobre la arriería, cómo se enjalma un amula, cómo se herra, cómo se amarra una carga; también les doy a conocer qué es la lía, la cincha, la sobrecarga, el pretal. Luego se carga la vuelta y se le muestra a la gente cómo quedó montada, si quedó bien o mal cargada y allí es de donde surgen los puntos que le da a uno el conocedor de esta tradición.

¿Qué ha sido lo más bonito de contar de lo que ha sido este camino?

Lo más bello ha sido todo lo que la arriería me ha permitido conocer, los lugares de Colombia, los pueblos, las personas a las que les mueve esta misma pasión.

¿Qué debe tener sí o sí un arriero?

Un arriero debe tener una buena peinilla, un buen rejo para ayudar la mula, una mulera tapadora para no enmugrar mucho la ropa, un carriel donde cabe de todo; así mismo cargo una navaja para herrar y cortar cabuyas, un cinturón fino para amarrar la peinilla y el delantal para uno proteger el pantalón.

¿Qué anécdota de la arriería lo ha marcado?

Yo tengo marcapasos. Fuimos hasta Manzanares a dar un paseo de 3 días en mula, iniciamos 100 y llegamos con 500 mulas a este pueblo, de todos lados empezaron a aparecer. Cuando llegué a Marulanda, un pueblo cerca del destino me sentí bien, continuamos el camino y ya para llegar a Manzanares venía en la mula y sentí que algo se movió y lo único que pensé era que se había rodado; en un acto rápido cogí el animalito a tenerlo y seguía viendo que continuaba en la carretera, sentí en ese momento que el corazón no me aguantó. Llegaron a auxiliarme, me expresaron que tenían que llevarme hasta Manzanares pero no lo permití y aunque me sentía un poco mareado, con las ganas de estar en lo mío, la arriería, llegué al destino bien. Esta experiencia fue muy dura.

¿Cómo percibe usted la arriería en la actualidad, se perdió totalmente la tradición?

Sí, esta tradición ha venido en decadencia con los años, un ejemplo de ellos era el municipio de Salento, uno de los más arrieros con 16 representantes y ya de estos quedan pocos, aproximadamente quedamos 6, se ha perdido mucho la tradición y la ayuda también que se nos brinda.

¿Qué representa la arriería en su vida?

La arriería ha sido en mi vida un todo, gracias a ella puedo tener hoy una hermosa familia que me colabora en todo, mi esposa, mis hijos que siempre me apoyan en lo que me gusta. 
 
 


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