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Jacobo llevó arte musical e interactivo a una playa de Toronto

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jueves, 20 febrero 2020

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El viento le da sonido a las campanas y la gente le pone el ritmo a los tambores. 

Jacobo Roldán Ortiz, de 19 de edad, nació en Bogotá, pero en el 2018 se graduó en el GI School de Armenia como bachiller.  En la actualidad es estudiante de diseño gráfico en el Centennial College de Toronto, Canadá. Allí, junto a 3 compañeros participó en un concurso internacional de obras de arte en la playa de Woodbine, con el fin de atraer visitantes a ese lugar, uno de los sitios más visitados de la ciudad.

Su obra titulada The beaches percussion ensemble, que en español significa El conjuro de percusión de la playa, fue seleccionada entre 273 propuestas a nivel mundial por su creatividad e interactividad. Este ingenioso arte fue instalado desde el 17 de febrero y estará allí hasta el 30 de marzo. Roldán Ortiz conversó con LA CRÓNICA sobre este logro. 

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¿Qué objetivo tenía el concurso en el que participó con sus 3 compañeros de estudio? 
Buscaba atraer a personas durante el invierno a una de las playas más populares de Toronto. Por otro lado también pretendía incentivar a los artistas jóvenes, por lo que le otorgaban un espacio a una universidad o college de la ciudad mencionada. 
Este año le dieron espacio a mi college. Uno de los propósitos era también explorar más allá de los cinco sentidos. 

¿En qué consiste su creación artística The beaches percussion ensemble?
Son cajas de madera apiladas, con campanas suspendidas en el aire que se activan con los vientos que llegan a la playa en la época de invierno. Para sumarle valor agregado a la experiencia decidimos agregarle tambores en acero a las cajas para que los espectadores pudieran sumarse a la sinfonía de la playa. 

¿En qué se inspiraron para crearla? 
En hábitat 67, una obra arquitectónica de Moshe Saffon —edificios cuya estructura está diseñada como cajas, una encima de la otra, al estilo de un arma todo—. Basado en eso hicimos un dibujo inicial en el que plasmamos lo que queríamos que se viera en nuestra obra.  
Después hicimos varios ejemplares en tercera dimensión con el fin de acercarnos a los que más pudiéramos en la realidad. Diría que el hecho de que fuimos varias mentes trabajando al mismo tiempo funcionó mucho para diseñar este trabajo, ya que cada persona aportó desde su creatividad y su  cultura. 

¿Cómo han reaccionado los visitantes en la playa cuando ven su proyecto? 
Hemos recibido una respuesta muy positiva del público, en especial de los niños. 
Al ser una instalación interactiva y musical es imposible que no les guste. Adicionalmente, los colores utilizados hacen que se ajusten perfectamente al azul ambiente que deja el invierno. 
Para todos los integrantes del grupo ha sido una experiencia gratificante, ya que es el primer trabajo que tenemos de esa magnitud y con esa importancia. 

¿Qué valor tiene para usted y sus compañeros el hecho de que su obra haya sido seleccionada? 
Tiene un valor enorme, ya que como artistas y diseñadores tenemos que tener un portafolio con nuestros trabajos y un proyecto como este, de gran importancia, es de mucha ayuda con miras al futuro. 

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¿Qué pretende comunicar con esa nueva obra en Toronto? 
Que a pesar de que somos de diferentes culturas, de que todos provenimos de diversos países, nos podemos comunicar bajo un mismo lenguaje: la música. 
El hecho de que ellos se integren, no solo con las culturas, sino con los sonidos naturales que trae el viento y el oleaje que da la playa, también los une a esa comunidad que hace parte del mundo, de la naturaleza. 

¿Cuando la obra se pone en acción, cómo suena? 
El sonido es difícil de describir, ya que cada vez es diferente. Cada persona tiene una melodía en su mente a la hora de usar el tambor, y si hay más de una persona usando los tambores pues van a sonar distinto.
Nuestra idea es que la gente se una al sonido de las campanas y de la playa. 

¿Qué otros proyectos seleccionaron para mostrar en la playa? 
Las otras piezas seleccionadas se llaman: Noodlefeed —no hay traducción— de Iheartblob de Vienna. 
The kaleidoscope of the senses —el caleidoscopio de los sentidos— de Charlie Sutherland de Escocia, y Mirage —espejismo— de Cristina Vega y Pablo Losa de España. 

¿Cuál es su mayor sueño en este momento? 
Una de mis aspiraciones en la vida es ser el director de arte de alguna agencia de diseño y de alguna empresa. 

¿Qué referentes de la cultura y del arte admira? 
Hay tantos. Una de las personas que más admiro es Vincent van Gogh porque me encanta su estilo de arte. También me gusta una diseñadora gráfica llamada Paula Sher y el trabajo de Fernando Botero. 

A los artistas se les ve como genios, en muchos casos, pero también con ese hilo delgado que a veces limita entre la locura y la genialidad. ¿Qué piensa de eso? 
Creo que eso es un estereotipo que tiene la gente sobre los artistas, de que todos estamos locos o queremos cambiar la sociedad, pero como artista lo que uno quiere es expresar lo que siente, sacar las emociones que tiene por dentro y si a eso lo llaman locura entonces, ¿qué es sanidad? 


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