Luzélida Caballero Rojas le da empleo a víctimas de la violencia, a madres cabeza de familia, a personas de la tercera edad y a jóvenes que apenas ingresan al mercado laboral.
“La fe, es pues, la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve”. Esa cita bíblica es la que sintetiza con exactitud lo que ha sido la vida de Luzélida Caballero Rojas, pues a punta de esfuerzo y de fe en Dios, pasó de la crisis que produce un desplazamiento forzado, a convertirse en una exitosa empresaria de una pastelería que hoy le da empleo a 20 personas en Armenia.
Esta caqueteña, que ahora se siente como toda una quindiana, reveló que en los años 90 los grupos armados ilegales que operaban en el Caquetá obligaron a su familia a abandonar su tierra natal, simplemente porque entre sus seres queridos había dos militares.
Su historia de vida es inspiradora para aquellos que sueñan con emprender o con cumplir cualquier meta. “La plata se pierde muchas veces porque no hay quien se atreva a ejecutar proyectos”, aseguró.
Su sonrisa y su realidad demuestran que con perseverancia y disciplina sí se pueden lograr grandes cosas, ya que, según ella, cuando el emprendedor actúa, Dios obra.
Recomendado: Sepultando a los muertos, así se gana la vida Yobanny Cadena
¿Cómo vivió esa situación de desplazamiento en su tierra natal?
Nosotros fuimos desplazados del Caquetá a finales de los 80. Era muy difícil vivir en el campo por problemas de orden público, pero en 1997 se dio un paro armado, fuimos tomados a la fuerza y debimos salir, después de que nos tuvieran como rehenes en zona rural. Uno al salir de allá e ir a Bogotá no podía decir de dónde era la cédula porque ser del Caquetá era sinónimo de ser guerrillero.
Era muy complejo porque a uno lo obligaban a hacer cosas que no debía, pero el desplazamiento más forzoso vino en el 2005, cuando mis hermanos prestaron el servicio militar, ahí fue cuando nos llegó la advertencia de que debíamos desalojar Florencia en 2 horas.
Nos tocó ver matar a varios de nuestros familiares a sangre fría. Yo llegué en el 2001 a Armenia. Trabajé en un negocio de una amiga hasta el 2006 y luego quedé desempleada y embarazada. Mi esposo tenía un almacén de ropa interior y vendía por catálogo y él me apoyó mientras estuve sin trabajo. Pero con la llegada de los almacenes de cadena a la ciudad, se le disminuyeron las ventas hasta que tuvo que cerrar porque los precios de ellos eran muy competitivos, la gente encontraba la mercancía allá, en los estantes, mientras que por catálogo tenían que esperar y los precios de los productos eran más caros.
Luego del embarazo empecé la búsqueda de empleo y duré dos años repartiendo hojas de vida en todas partes y no me salía nada. Yo tenía más de 30 años, entonces no era posible emplearme. Los recursos se nos agotaron.
¿Cómo fueron esos primeros momentos de su emprendimiento?
El 28 de abril de 2009, nunca lo olvido, mi esposo me dio $20.000 y con eso empecé a hacer arroz con leche y lo vendía por las diferentes calles populosas del centro de Armenia. Mi pareja me ayudaba a producir y a empacar, pero salía sola a rebuscarme los clientes. Durante 5 años viví gracias a las ventas callejeras porque, para colmo de males, estábamos muy endeudados.
¿Cómo termina creando una pequeña empresa que hoy tiene 20 empleados?
Suelo escuchar mucho al cliente y conocer qué es lo que desea como consumidor. Desde el comienzo siempre fuimos innovadores gracias a eso. El comprador me decía que no quería solo dulces, que deseaba algo de sal, entonces le ofrecimos los palitos de queso.
Usted no sabía nada de preparar pasteles, pero la situación y las ganas de salir adelante la impulsaron a buscar la manera de aprender…
No sabía cocinar ni hacer muchas cosas, pero en ese momento busqué asesoría. Iba a comprar la harina, la mantequilla y los demás ingredientes y le preguntaba a los vendedores quién me podía capacitar, entonces me relacionaron con unos técnicos y con unas personas de mucho conocimiento. Eso fue una bendición para nosotros porque gracias a esa ayuda aprendimos a elaborar nuestros productos.
La capacitación que nos dieron fue de cortesía, no tuvimos que pagar. La verdad es que me considero muy privilegiada. Hemos sido beneficiarios de muchos proyectos en la cámara de comercio, con el Fondo Emprender, Impulsa, Innova, entre otros. Cada vez que nos postulamos y ganamos ha sido una posibilidad para crecer. Hemos participado en muchas ferias a nivel nacional y eso ha sido una puerta grande para nosotros.
Lea también: La Loca Compañía está de gira por tres países
¿Qué tan importante ha sido para usted la disciplina y la constancia?
Creo que el amor en el trabajo es el ingrediente más importante porque le pone ese toque secreto. Abrimos los dos locales que tenemos a las 7 de la mañana y cerramos a las 7 de la noche. En cuanto a la disciplina, siempre soy la primera que llego y la última que me voy. La responsabilidad, el cumplimiento y la calidad siempre van de la mano.
¿Por qué entre tantas ciudades escogió a Armenia para iniciar una nueva vida?
Pienso que no fueron coincidencias, sino ‘Diosidencias’. Dios me trajo acá en el 2001, no con el propósito de quedarme, sino de dar un apoyo a una empresa de una mujer caqueteña que admiro mucho, porque es muy virtuosa y emprendedora y gracias a ella aprendí mucho y eso se refleja en lo que he hecho. Ella me dio la oportunidad de quedarme acá. Yo recorrí muchos sitios del país, pero Armenia es una ciudad diferente, es el corazón verde de Colombia, es encantador.
¿En Armenia encontró las condiciones propicias para desarrollar su negocio?
Sí, es que las cosas pequeñas en las manos de Dios son invaluables y eso es lo que tiene el Quindío y Armenia, por algo la llaman la ‘Ciudad Milagro’. Hacer empresa en el Quindío es de valientes porque es de retos y de disciplina. Existe un mito que dice que acá no se puede hacer empresa, pero sé que con dedicación, con esfuerzo y con entrega es posible.
- Temas relacionados :
- Luzélida Caballero
- Noticias
- Perfiles
- Quindío
- Superación
