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Todos los Memos del mundo

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domingo, 23 enero 2022

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La obra de Guillermo Vélez fue conocida en diversas partes del mundo como Noruega, Alemania, Cuba, Polonia, Portugal, Estados Unidos. Obtuvo el Premio del Jurado en la VII Bienal —1984—, el premio Trienal Intergrafik, Berlín RFA —1990— y el Premio en el VIII Salón de Artistas del Viejo Caldas —1983—.

Memo Vélez llega a fragmentos. En las historias de esos amigos que tanto le amaron. Fácilmente, se dibuja la imagen de un hombre enorme y vulnerable como un niño, cariñoso, solitario, nostálgico, ruidoso, sensible, de voz arrugada y pisada fuerte. Cuentan que pintaba con frenesí, como en medio de un trance, como un esquizoide. Cuando no pintaba cocinaba, cuando no cocinaba leía y cuando no leía se emborrachaba y cuando no se emborrachaba escribía y cuando no escribía dormía y soñaba. Sus historias parecían sacadas de esos sueños. La ficción invadía su realidad, por eso hablar de la vida de Memo es hablar de patafísica.

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Guillermo Vélez Mejía nació en Armenia el 24 de enero de 1955. De niño no le interesaban las matemáticas, prefería sociales, geografía, historia y pintar.  Recitaba para su padre poesía y con su madre, doña Yolanda, cocinaba. Como tenía que estudiar algo para “sobrevivir”, se fue para Manizales a estudiar sicología, pero tras 9 semestres se dio cuenta de que tenía que elegir si ser sicólogo o ser artista y se fue por lo segundo. Sabía cuál debía ser su destino y se dedicó por completo a pintar, nunca dejó de hacerlo. 

Entonces, inició una época en la que realizó numerosas actividades y exposiciones guiadas en las que manifestaba, junto con otros artistas, su descontento con el mundo, su rebeldía. Junto a Pedro Alcántara y otros pintores se fueron para Madrid a exponer. Luego expusieron en Lisboa y allí Memo se flechó con Portugal. Vivió unos años en Ericeira, una isla, en donde habita una galería-casa. Tras una crisis, regresa a Armenia y en Laureles construye su galería por un tiempo, pero luego, cansado de las puertas cerradas y de las ciudades, se va a Filandia en donde empieza a trabajar en su gran proyecto: el Centro Cultural Patafísico —Ceculpa— en medio de la maleza y las plantas de la Chibchombianita —su esposa—. 

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Decía tener 717 años cumplidos en la tierra. Su multiplicidad es un enigma imposible de articular, para sus amigos era la materialización de los heterónimos de Pessoa aunque con el tiempo, lograron pescar varias de sus personalidades: Memo brujo, Memo brillante, Memo cocinero, Memo marihuanero, Memo poeta, Memo padre, Memo dicharachero, Memo extravagante, Memo rebelde, Memo hablador, Memo calculador, Memo escandaloso, Memo puntual, Memo tierno, Memo ateo, Memo de mil rostros… 

No caía en discursos solemnes sobre el arte, el arte era la vida, trinchera para los heridos del alma. Su casa en Filandia estaba atiborrada de cuadros. Tenía una relación particular con los objetos a tal punto que cuando estos perdían funcionalidad él no los desechaba, sino que los exponía o creaba extraños artefactos. Con un metro hizo un cuadro, una pala la colgó en la pared, y con varios materiales creó un dispositivo para medir la locura. Doña Yolanda, a quien encendió una velita diaria, en un altar con la virgen de los pescadores, y quien —aún después de muerta— lo ayudó a pintar. Escribía cartas de 30 páginas para sus amigos, amores y Paz —su hija. De día y de noche escuchaba radio. Solía usar una camiseta, un pantalón y unas botas con cordones de colores que siempre manchados advertían su condición de pintor. Amó la poesía de Vallejo y las canciones de Paco de Lucía. 

En el pintadero, se podía fumar, echar chisme y hablar. Era su guarida “un lugar de palabras, de colores y de gozadera. Un escenario para duendes”. Pintaba todo el tiempo aquellas extensiones de su cuerpo, esos seres angustiados, rabiosos y desordenados que desde el lienzo miran y seguirán mirando. Pintaba la piel, homosexuales, travestis, monstruos, duendes, pájaros, orgías, ojos, rostros, piel rojas y paisajes con los que quitaba las máscaras y desnudaba al ser humano. Sus obras son bucólicas, abstractas, eróticas.

Él no se extraviaba en calificaciones para su obra. Para Memo la pintura era el puente que los otros podían cruzar para entenderlo. La pintura era el mapa para llegar a sí mismo y la patafísica la lengua en la que se escribía y se trazaban esas cartografías. 

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Habría que crear un lenguaje que no tenga límites para narrar a Memo, para inventar a aquel personaje real y patafísico, imaginario y mágico. Mientras tanto queda Ceculpa, la memoria en la que habitan todos los Memos del mundo.

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