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Un "˜Turpial' que canta y encanta a "˜primera vista'

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miércoles, 19 febrero 2020

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El Turpial ofrece sus conciertos en la plaza Bolívar de Armenia. 


“Sabía que te quería, que sin todo lo perdería. No lloro solo por llorar diera la vida entera por reír. ¡Qué fácil es decir que sí, que fácil te resulta decir que no! Sueño y me parece que estás despierto y tú no me dejas en paz. ¿Por qué vuelves a meterte en mi pensamiento?… Es lo que se escucha al pasar por la plaza Bolívar de Armenia, pero no es precisamente el grupo Niche de Cali cantando su éxito musical Sin sentimiento. 

Se trata de un hombre de contextura gruesa sentado en una silla plástica con un micrófono y con un bafle en el que reproduce la pista de la mencionada canción y la entona con un profundo sentimiento, mientras que en su mano derecha carga un vaso plástico rojo, que no es para tomar agua precisamente, sino para que la gente deposite allí lo que de buena voluntad le quiera dar por su arte. 

Su nombre es José del Carmen Rojas Soto. Según cuenta, una vez ganó el primer lugar en un concurso y un señor le dijo que cantaba como un turpial. Desde entonces, este hombre, de 46 años de edad, es conocido en el mundo del arte callejero con ese remoquete: Turpial. “Desde pequeño me grababa imitando cantantes y la gente no creía que era yo”, aseguró. Mientras muchos podemos ver con claridad la luz del día, el Turpial no goza de ese privilegio porque es ciego de nacimiento. 

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Lo mío es un descuido de Dios que empezó a hacer personas y cuando iba conmigo: ¡Hijuemadre, se me olvidó ponerle la vista!, dijo con cierta gracia. 

Para llegar desde su casa, cerca a la iglesia San Francisco en Armenia, a su sitio de labores, se guía con un bastón y revela que también tiene un extraño talento para ubicarse que no sabría explicar, pero  con el que puede llegar a cualquier parte. Y es verdad, porque aunque nació en La Dorada, Caldas, ha vivido en Bogotá, en Bucaramanga y ahora lleva dos meses en la ‘Ciudad Milagro’. 

“Me vine de Bogotá porque el clima acá es sabroso. En la capital quindiana no hay tanta bulla y tanto estrés como en la capital”. el Turpial también desarrolló otros dotes artísticos como la capacidad de imitar voces de personajes conocidos en la política. En su repertorio tiene al difunto presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías; al actual, Nicolás Maduro Moros; hace la voz chillona del expresidente colombiano César Gaviria Trujillo y la muy paisa de Álvaro Uribe, a quien le tira sus pullas. 

Pero también cuenta con la voz del bobo del pueblo o con la de Diana Marcela Gómez, a quien él denomina como la voz dulce de la radio colombiana. Se trata de una mujer con voz de locutora sensual, que él mismo hace en la emisora ficticia Armenia Estéreo, para presentar ante los asistentes las canciones románticas, las baladas, la salsa o la música vieja que canta. 

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Quiere ‘ver el amor’ 

El Turpial asegura que otro de los dotes que Dios le concedió fue el de cocinar, pues cuenta con todos los juguetes para hacerlo y dejar a más de uno con la boca abierta. Aunque realmente le encantaría llegar a su casa y tener a una mujer que le preparara los alimentos, que le hiciera compañía y otras ‘cositas’. Al decir eso suelta una carcajada pícara. Pero explica que en ocasiones se siente muy solo y que quisiera contar con un amor, pero aclara que debe ser ‘a primera vista’ y rápido, cuando aún goza de los bríos de la veteranía y no cuando tenga la lápida en las sentaderas. 

“¡Recuerde: hoy por mí, mañana también!”, dijo, entre risas, mientras extendió el vaso para que la gente le diera dinero.

Enseguida añadió que necesitaba quitarse las gafas y se lamentó: “Lastimosamente la gente no le da a uno plata por el talento, sino por lo ciego”. 

Cuando el Turpial recuerda su infancia, en su imaginación solo ve a un padre que era muy duro con él y con sus cuatro hermanos. “Era tomador y nos daba con rejo”. Entonces explicó que, desgraciadamente, en algún tiempo, siguiendo el ejemplo paterno, él fue ‘malaleche’ con la gente, pero “al ver que desde los 15 años me tocó trabajar en la calle y montarme en los buses para vender cosas, aprendí a ser más humano, porque de eso no tenía nada, pero fue por la crianza”, aclaró. 

En el pasado vendió bolsas, figuras de vidrio y laboró empacando arroz y azúcar en el Idema en Bogotá. “No puedo decir que mi familia me ha dado de comer”.

Revela que en sus mejores días se puede hacer entre $100.000 y $150.000. Los regulares son $30.000 o $50.000, mientras que en los más malos llega a la casa con $20.000. “Procuro hacerme, al menos, $50.000 para que valga la pena la salida”. 

El Turpial tiene dos hijos, una niña de 8 años y un pequeño de 10, pero no vive con la madre de ellos. Los chicos, uniformados, le ayudan a cargar los elementos de trabajo antes de partir para el colegio. Al menos sus descendientes tienen  la fortuna de estudiar, porque él, asegura, solo hizo hasta primaria, pues “mi familia era muy pobre”. 

Aunque no pudo ver el maltrato del que fue víctima la niña Yuliana Samboní, aseguró que lo que le hicieron fue algo que le partió el alma. 

Relató que no ha ido a velorios de familiares que se le han muerto, pero el pasado 14 de febrero cumplió una promesa: le mandó a hacer una misa a la niña para pedir por su eterno descanso. Porque así como le pasó a ella, la víctima pudo haber sido su hija. Han pasado tres años de aquella tragedia y aún no la puede olvidar, pues sintió su dolor y parece que lo hubiera ‘visto’. 

 


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