Aunque en varios concursos de Salento ha demostrado de qué está hecha, en el concurso de las fiestas conmemorativas al Paso del Libertador, puso a prueba una vez más todas sus habilidades.
En un rincón salentino donde las montañas se entrelazan con los sueños, donde el sudor se mezcla con la tierra y las historias se forjan con esfuerzo, encontramos el relato de Marina Loaiza Morales, una aguerrida mujer que, desde que su memoria le permite recordar, abrazó la vida y las labores del campo.
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Para ella, el trabajo en el monte no era solo una necesidad, sino una pasión heredada de su padre, un hombre de campo que con su ejemplo le enseñó que la fuerza no tiene género. Desde la montaña, el rajar leña le permitió reconocer a este no solo como un oficio, sino también como un testimonio de valentía, lucha y resistencia.
Con el hacha en mano ha demostrado que, cuando se tiene la pasión y la convicción de hacer algo, no hay límites, mucho menos barreras. Esta es su historia, la historia de una mujer que decidió seguir adelante, desafiando las convenciones, y convirtiéndose en un referente de lucha, fortaleza y empuje que demuestra la capacidad que tiene la mujer para reinventarse y surgir defendiendo y enorgulleciendo las raíces del campo.
Ser rejaleña, ¿un oficio heredado, cómo llegó a este?
Siempre hemos sido del campo y mi papá nos invitaba a mis hermanos y a mí, a trabajar al monte, nosotros nunca decíamos que no. Como siendo niña no me gustó el estudio, él con mayor razón me convidaba para el monte y fue allí donde simplemente lo veía a él y a mis hermanos rajar leña, y sentía que era capaz de hacer lo mismo. Recuerdo que la primera experiencia fue una ocasión en la que decidí concursar con mis hermanos al que más astilla le sacara a una truza y desde entonces empecé en este camino.
¿Qué anécdota le ha marcado este camino?
En realidad he vivido lo normal que pasa cuando se trabaja con hacha; los callos, las ampollas, cortadas, sin embargo tuve una experiencia donde me di un ‘machetazo’ en la mano, lo que no hizo que me dejara de gustar lo que hago, pues todo lo que aprendí de mi padre que siempre fue del campo y se dedicó a las labores relacionadas.
¿Cómo es el proceso desde que se coge hasta que se raja la leña?
Esto es duro, la leña no la raja cualquiera, hay que saber parar la troza, mandar el hacha porque esta tiene un golpe que da uno mismo con fuerza, hay que saber que el hacha nunca se manda de frente sino de lado para poder que la troza vaya abriendo. Además hay que conocer la troza para saber si esta tiene nudos o no, ya que la existencia de estos dificulta el corte. Uno aprende a conocer la troza y solo viéndola puede idearse si va a ser difícil o no su corte. Siempre hay que hacerle con muchas ganas y darle con mucha fuerza.
¿Se ha sentido en desventaja con los hombres en el desarrollo de la actividad?
No, nunca me he sentido en desventaja, me gusta esto precisamente para demostrar esa igualdad de capacidades, porque así termine de última en cualquier concurso yo lo hago hasta el final, pues a las mujeres no nos pueden discriminar simplemente porque siempre se ha tenido la idea de que los hombres tienen más fuerza, para mí rajando leña todo es por igual.
¿Cómo llegó la oportunidad de visibilizar el talento en los concursos de Salento?
Desde temprana edad me gustaron los oficios del campo, ya de un tiempo hacia acá me empecé a enterar de los concursos que destinaban para los ‘rajaleña’ y conocidos del municipio que sabían que me gustaba hacerlo, me llamaban para concursar. Al principio de pronto sentía un poco de pena, pero siempre aceptaba la invitación; lo que más rescato de estos espacios es que yo no voy tanto por concursar, sino porque me siento capaz y me gusta demostrar que las mujeres también podemos hacerlo.
¿Cómo es esa preparación para estos espacios?
Es extraño pero no me preparo. Desde la misma época en que empecé a rajar leña empecé con la elaboración de arepas, así que, como normalmente la época de rajar leña es en temporada fuerte para Salento y la misma para los comerciantes, yo me alistaba amasando el maíz para 300 o 400 arepas y luego me iba a rajar la leña, sin importar que tuviera mis manos calientes o cansadas de la preparación de las arepas; esa era mi preparación y llegaba a cortar leña con la adrenalina a flor de piel. Antes de irme a concursar dejo listas mis arepas, salgo a competir y llego a vender finalmente las arepas en el parque.
¿Qué le ha dejado esta labor como rajaleña?
Esto me ha permitido descubrir que soy una mujer muy valiente, pues pocas mujeres se le miden a este tipo de prácticas y me gusta porque me convierto en un tipo de referente que no permite que nos menosprecien dentro de este campo. Todo esto se lo debo a mi papá y pienso seguir rajando leña hasta que las fuerzas para coger un hacha y cortar una troza me lo permitan. Todavía tengo ganas de seguir conservando esta tradición de mi familia, lo sigo haciendo porque me gusta y porque me da mucha satisfacción demostrarle a las mujeres que podemos, y a los hombres que nosotras somos capaces y no tenemos que valernos solamente de ellos para hacer lo que nos gusta o aquello que nos proponemos.
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