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Vive de arreglar muertos

correo.oele@gmail.com

martes, 14 enero 2020

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Asegura que al final de la vida todos somos iguales. 

Muchos sueñan con ser médicos, abogados, psicólogos, profesores, veterinarios y muchas otras profesiones de prestigio. Pero casi nadie se levanta un día anhelando arreglar y embellecer cadáveres para que sus seres queridos le den el último adiós y se lleven en su mente un recuerdo grato de la manera como vieron su cuerpo antes de sepultarlo o cremarlo. El solo pensarlo suena miedoso y escabroso, porque el contacto con los muertos es algo no deseado para la mayoría de personas. De hecho, el tanatólogo Jorge Eliécer Hincapié Vallejo, quien lleva 13 años —de los 53 que tiene— ejerciendo esa noble labor, tenía como meta manejar carros en una funeraria de Armenia y por cosas del destino terminó convertido en un especialista en el arte de preservar a los difuntos. 
LA CRÓNICA lo abordó para conocer de su experiencia en esa misteriosa, pero valiosa labor. 
 

¿Cómo terminó embelleciendo a los muertos? 
Ingresé a la funeraria como conductor los primeros cuatro años. Mientras recogía cuerpos y entraba al laboratorio iba mirando y una vez se dio la necesidad de una preservación y no había quien lo hiciera. Yo tenía más o menos una idea de hacerlo empírico y le dijo al compañero que yo lo hacía de esa manera, pero que pidiera autorización a los superiores y le dijeron que sí. Me fue bien en esa primera experiencia y me dieron la orden que me siguiera metiendo si quería aprender. Ocho años después me mandaron a hacer un diplomado que duró cuatro meses, en Tulúa, por medio de Fenalco y de la Fundación Universitaria Autónoma de las Américas. Cuando llegué allá conocía la técnica, pero también aprendí muchos asuntos que ignoraba. 

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¿Cómo fueron esos primeros pasos en esa labor? 
Yo me hacía al lado del tanatólogo titular y él me ensañaba como inyectar, cómo preparar un cuerpo por muerte natural, cómo hacerlo con uno cuyo fin fue por cuestiones violentas, las cantidades de los líquidos arteriales, cómo se taponaban, cómo suturar y el manejo de los cadáveres en avanzado estado de descomposición. Igual, en el diplomado vi esos contenidos. Después me dejaron solo en esa labor. Un día echaron a un muchacho de acá y me dejaron a mí fijo. 
 
¿Cuántas horas diarias dedica a ese trabajo? 
Manejamos turnos de ocho horas, pero se pueden presentar uno, dos o tres cuerpos, como puede que no llegue nada o que se tenga que extender a las doce o catorce horas, de acuerdo a la necesidad. Cada cuerpo hay que hacerle procedimientos diferentes, eso es como una cirugía en la que usted se mete, pero no sabe cómo le va a ir. Las muertes violentas son las que requieren procesos más largos. 

¿Siente amor por la labor de tanatólogo? 
Después de estar ahí, esto le tiene que gustar a uno, lo hago con mucho respeto, ética y amor. Con cada cuerpo hago de cuenta que son mi papá o mi mamá. Ya con los niños es un asunto más doloroso, pero de todos modos lo hago con mucho cariño porque de lo contrario esto no funcionaría. 

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¿Cuáles son los casos más complicados que le ha tocado atender? 
Un niño de Nisa Bulevar, de 6 años, que se accidentó con un vidrio en la ventana del apartamento. Me conmovió mucho el pequeño porque ahora tengo un nieto de 10 años que en ese tiempo creo que tenía la misma edad. Entonces me lo imaginaba ahí, me montaba en la película y es muy difícil para los padres, todo es complicado. También es complejo retirar un cuerpo descompuesto de Medicina Legal, los olores son muy fuertes. Un día me tocó recoger a un mulero sin cabeza, a otro sin mano. Son casos a los que uno se enfrenta, pero hay que ponerles sangre fría y mucho profesionalismo. Es muy complejo explicarle a la familia cómo se encuentra su ser querido y lo que uno recomienda es sellar el cofre porque ahí no hay nada para ver. Uno puede hacer esa preservación, pero pegar una cabeza que está safada de la médula espinal es complicado. Cuando están muy descompuestos la norma dice que no se preservan sino que van directo para el cementerio. 

¿Cómo lo tratan los dolientes? 
Hay unos que me tratan bien, otros mal por el sentimiento de dolor y pocos le agradecen a uno la labor. La mayor satisfacción es que uno entregue el cuerpo y digan: ¡Tan bello que quedó! Está como dormidito, como riéndose. A veces le pasan a uno un maquillaje, que a ella le gustaba este labial rojo, que el peinado para el lado derecho, que una colita, son recomendaciones que la gente hace y uno las cumple con aprecio. 

¿Por muy desfigurados que estén los cuerpos, usted trata de embellecerlos?
Sí, aplico una reconstrucción de rostro, no tan técnica como en otros países, pero uno con los recursos disponibles trata de que quede presentable para la familia. Hay casos que son muy difíciles en los que uno no es capaz de reconstruir nada, entonces toca que sellen el cofre y le pongan una foto en vida.  

¿Usted ha tenido pesadillas con esos cuerpos que arregla? 
No. De pronto he soñado ubicándolos en el cofre o bañándolos, vistiéndolos. Si voy a trabajar y es la hora del almuerzo no me meto hasta que no almuerce, con hambre no soy capaz. Otra cosa es que entre a las 9:00 de la mañana y me haga dos y me coja el mediodía, ahí no me salgo a comer hasta que no acabe. Cuando termino quedo con un hambre y mucha sed porque el tratamiento con el químico deshidrata bastante. 


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