Don Leo decidió ir contra la corriente, en su finca Villa Gloria, recibe visitantes de 89 países sin renunciar a sembrar plátano, yuca o café.
A seis kilómetros del casco urbano de Pijao, entre cafetales, guayabos y caminos de tierra, don Leo se levanta todos los días a las 4 de la mañana. Su finca, Villa Gloria, respira otro ritmo: el de la autosostenibilidad, la calma y la dignidad. Allí, entre cultivos de yuca, plátano, fríjol y cacao, entre marranos, gallinas y tilapias, este campesino de manos gruesas y ojos brillantes ha recibido turistas de 89 países. Y lo ha hecho sin renunciar a su esencia ni a su tierra.
“Yo aprendí en la universidad de la vida”, dice don Leo, con un orgullo que no necesita diploma. Llegó hace más de una década al Verdal, desplazado del Cauca por la violencia. Compró una finca casi abandonada en Pijao y la transformó en una empresa familiar donde todos, desde su esposa hasta sus nietas, trabajan en la huerta, en el beneficio del café, en la cocina o atendiendo a los visitantes.
Pero aquí no hay buses llenos ni selfies en masa. “No me gusta meter varios grupos al tiempo”, explica. “Si vienen unos en la mañana, atiendo solo a esos. En la tarde, otros. Todo es personalizado”. Don Leo ha entendido que el turismo también puede ser lento, respetuoso, consciente. Y que, bien gestionado, puede coexistir con la agricultura sin desplazarla.
Su finca es ejemplo de economía circular: con el mucílago del café produce gas, con la cáscara hace abonos y envía parte de esta hasta Bélgica, donde la usan para fabricar cerveza. En cosecha, se levanta a las tres de la madrugada, recoge café, atiende turistas, cocina, riega, empaca, vende en el mercado campesino y aún le queda tiempo para enseñar. “Me gusta que los que vienen coman limpio, de lo que hay aquí. Esa es la mejor carta de presentación del campo”.
Y no solo produce: también transforma. Don Leo tiene su propia marca: Don Leo Café Especial, con tres variedades de café: Honey, Natural y Lavado. Cafés que hablan de un territorio y de una historia sembrada a pulso.
Su modelo va en línea con lo que plantea Mónica Flores, lideresa de Cittaslow en Pijao: “El atractivo de Pijao es la tranquilidad, el paisaje no masificado. Pero hay autoridades locales que quieren competir por volumen sin preguntarse si tenemos capacidades reales”.
Quizás allí está la clave: aprender a vivir con el turismo y no para el turismo.
Entre el arraigo y el desafío institucional
Mientras otros vendieron o reconvirtieron sus fincas en hoteles, don Leo apostó por no dejar morir la agricultura. “Si el gobierno no apoya el campo, nosotros mismos tenemos que hacerle”, afirma. Crítico de la falta de inversión y de la juventud que, según él, “quiere salario sin trabajar”, su finca se sostiene en la disciplina. “Acá trabajamos hasta las 10 de la noche si es necesario. La finca da, pero hay que sudarla”.
Su apuesta por el turismo no masificado responde a una convicción: que es posible convivir con el visitante sin sacrificar lo propio.
Además, para él, la agricultura es la base de todo:
“La empresa es de la agricultura, porque pues uno sin agricultura, ¿qué le digo? En la agricultura está la materia prima para uno, porque si no tenemos alimentación, no tendremos nada. Y en cambio, pues la agricultura me ha servido muy bien, que gracias… Amigos del cultivo que me pongan a hacer, ahí estoy yo, como se dice”.
Don Leo hace tours de café y de cacao.
Lo que dicen las instituciones
Juana Camila Gómez Zamorano, secretaria de Turismo del Quindío, subraya la necesidad de este equilibrio entre el turismo y la agricultura: “No se trata de desplazar uno por el otro, sino de complementarlos. Una finca cafetera puede ofrecer avistamiento de aves y seguir produciendo”.
Diego Vásquez, presidente de la junta directiva de Anato, afirma que lograr este equilibrio es un reto para todos: “Con inversión pública seria y decisiones basadas en datos, el Quindío puede ser referente regional”.
Valeria Montero Palacio, directora de Cotelco Quindío, coincide: “Desde Cotelco creemos en un turismo responsable, que dignifique a la comunidad local. El turismo no puede ser el enemigo, pero sí debe tener límites claros para que no reemplace las formas de vida que ya existen”.
¿Cómo replicar lo que hace don Leo?
Don Leo demuestra que es posible tener un turismo que no transgrede la cultura, que no desbanca la economía principal, y que permite seguir haciendo lo que más le gusta: cultivar. Su caso inspira a pensar cómo este modelo podría aplicarse en otros municipios.
El reto no es solo institucional, también cultural. ¿Qué tan dispuestos estamos a ser turistas responsables?
Isa, una visitante española que recorre el Quindío y que decidió tomar tour que ofrece don Leo de su finca, lanza una reflexión incómoda: “Me da rabia que hagan parar gente de un carro o de un willys para que me den el puesto por ser turista. Yo digo: no, no, no, yo me hago donde me toque”.
Su comentario revela una tensión sutil pero constante: ¿qué tipo de relación estamos promoviendo entre visitantes y habitantes? ¿Por qué algunos creen que el turismo implica privilegios por encima de quienes viven y trabajan en estos pueblos? Y, sobre todo: ¿Cómo logramos que los turistas que visitan el Quindío tengan esta clase de consciencia y respeto por los locales?
Cultivar más que paisajes
Sin planes actualizados ni políticas claras, este reto es grande. Por ahora se necesita visualizar bien lo que se quiere con el turismo, Jaime Arias, concejal de Salento, lo define muy bien: “Ya no basta con llamarlo sostenible. Lo que necesitamos es un turismo digno, que nos permita vivir bien y ser felices en nuestros territorios”.
Don Leo, sin teorías ni marcos normativos, ya lo practica. Su finca es dignidad sembrada. Su café no solo se tuesta: se cuenta, se comparte, se honra. Su nieta, de apenas 16 años, ya anunció que quiere estudiar algo del campo. “Porque la finca es de todos, y ella va a ser parte de esto”.
Mientras tanto, León Campos Salazar, o “Leo”, como todos lo conocen, sigue trabajando. En su casa se compra poco, porque casi todo lo produce. Atiende turistas con el carisma de quien entiende que la tierra no se explota: se cuida. Y que el futuro del Quindío no está en la masificación ni en la sobreexplotación del destino, sino en la constancia, el arraigo y la decisión de quedarse a cultivar algo más que paisajes: comunidad, alimento y esperanza.