“Somos hijos, somos descendientes” de los conquistadores, los que son “muy poco o son nada son los descendientes de los indígenas”: Camilo Torres.
La historia de Colombia ha girado alrededor de dos sectores: los grupos sociales dominantes y los sectores más desfavorecidos económicamente. Con la llegada de los españoles a América, después del descubrimiento, la Conquista y la Colonia, se consolida el grupo de los criollos, así llamadas a las familias descendientes de españoles o europeos, pero que habían nacido en el continente americano. Ellos y los hispanos eran los pudientes que controlaban la propiedad agraria y el comercio. Sin embargo, solo los ibéricos tenían cargos públicos.
Junto a los aborígenes, en la primera década del Siglo XVI, se empiezan a formar otros grupos humanos con la llegada de esclavos traídos por los españoles y los británicos. Esta nueva comunidad, con toda la impronta de África, aunque eran mirados con desprecio, se mezclaron con los españoles e indígenas, formando un rico mestizaje que ha mejorado la raza, y no la ha degradado, como algunos con prejuicio lo piensan. Recordemos que científicamente hay solo una raza: la humana. ¿Cuál fue la actitud de los criollos, con esa población en la época de la Independencia?
La respuesta está en el texto: ‘Colombia: las razones de la guerra’, de Jorge Orlando Melo, un gran historiador, profesor de las universidades Nacional, del Valle y de Duke University. Este libro servirá de apoyo para desarrollar parte del contenido de este documento. Empecemos con su siguiente afirmación: “La idea de que el país ha sido dirigido por una estrecha minoría que ha buscado su propio beneficio –a veces, a costa del beneficio de la minoría– es compartida por buena parte de los estudiosos sociales”.
Parte de la ‘chispa’ que agitó el Grito de Independencia estuvo en el desprecio hacia los criollos en el nombramiento para gobernaciones y otros cargos locales. Sobre esto expresa el citado historiador: “Los criollos se resintieron y las tensiones se expresaron con claridad en las instrucciones escritas por Camilo Torres el representante de la Nueva Granada en la Junta Española, a finales de 1809, en la que insistía en la igualdad de derechos de todos los españoles, americanos y peninsulares, y rechazaba toda diferencia entre ellos: “somos hijos, somos descendientes” de los conquistadores, lo que son “muy poco o son nada son los descendientes de los indígenas”.
Con esas palabras quedó definida la posición de ‘El verbo de la revolución’, como se conocía a Camilo Torres Tenorio (1766-1816), miembro del cabildo y firmante del Acta de la Revolución del 20 de Julio de 1810. Fue presidente de las Provincias Unidas de la Nueva Granada entre 1812 y 1814, así como entre 1815 hasta su renuncia en marzo de 1816. Con la llegada de Pablo Murillo al país como jefe de la Expedición Pacificadora, Torres viajó a Popayán, pero detenido y devuelto a Santafé, fue fusilado el 5 de octubre de 1816, colgado en la horca y su cabeza exhibida ante el pueblo.
Rebelarse y hacer la guerra: un derecho
Camilo Torres no ocultó su inclinación a la monarquía, y en defensa de los derechos del rey de España, propuso que el virrey fuera el presidente de la Junta Suprema, y aunque la población desaprobó la propuesta, continuó insistiendo en ese entendimiento que debería existir entre criollos y españoles. A pesar de ese planteamiento, Torres fue decapitado.
Los líderes criollos, además de ser proclives a la monarquía española, formulaban propuestas para justificar la rebelión. Al respecto, Melo expresa en su libro: “Durante la Independencia, los criollos desarrollaron una amplia argumentación para sostener que tenían derecho a hacer la guerra y rebelarse contra las autoridades injustas. Al comienzo de las perturbaciones, se argumentó con timidez y en nombre de los derechos del rey de España y las tradiciones constitucionales españolas”.
Recuerda el historiador: “Pero pronto, los criollos se convencieron de que era legítimo usar las armas para establecer un gobierno independiente y crear una república; entonces, se revivió el argumento medieval del derecho a la rebelión y el uso de las armas contra una tiranía. Los criollos se consideraban rebeldes legítimos y, en consecuencia, trataron de respetar, al menos en la Nueva Granada, las leyes de la guerra”. Sin embargo, como lo resalta Melo, las autoridades españolas consideraban a los criollos simples rebeldes, que podían se reprimidos de cualquier manera.
Obvio que el movimiento contra las autoridades españolas diera origen a grupos armados, y sobre esto escribe: “La expansión de las “guerrillas”, consideradas por los españoles puras cuadrillas de bandidos, agravó la situación, e introdujo en la guerra formas de retaliación y violencia que marcaron todos los conflictos del siglo XIX”.
¿Por qué no mirar a los EE. UU.?
Iniciado el Grito de Independencia, había confusión entre defender al rey o promover el cambio. Sobre esta disyuntiva expresa el intelectual colombiano: “No hubo al comienzo una rebelión abierta: las juntas actuaban a nombre de Fernando VII para protegerlo y defenderlo. Pero pronto esto fue cambiando y muchos criollos empezaron a pensar que podían mirar a los Estados Unidos como ejemplo y establecer un gobierno independiente de España, una “república” en la que ellos asumieran la soberanía a nombre del “pueblo” o de “los pueblos”.
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Recuerda a renglón seguido: “Era una rebelión ambigua: por un lado, progresista, hecha a nombre de la creación de una república conformada por ciudadanos, basada en el derecho y liberarse de la opresión, vengar las violencias de la Conquista y romper “el yugo que nos abrumaba” (Torres) y en las ideas de la Ilustración europea; y por otro, una rebelión conservadora, hecha a nombre del pasado, cumpliendo “leyes fundamentales del Reino”, que señalaban lo que había que hacer cuando faltaba el monarca, para defenderlo”.
Los dirigentes planteaban que la lucha favorecería a los súbditos, pero la realidad fue otra. Sobre ello Melo aclara: “Al comienzo se hacía a nombre de la igualdad de los vasallos en la “nación” española, hecha de criollos y peninsulares, pero pronto esa noción se fragmentó y llevó a la idea de que americanos y españoles no eran miembros de la misma patria, aunque esto no era fácil de aceptar, y tuvo que apoyarse en las crueldades y la violencia de ambos ejércitos, que sirvieron para definir al otro como enemigo”.
Mientras tanto, a la población diferente de los descendientes españoles se la disputaban entre ambos bandos. Al respecto reseña: “Pronto, indios, esclavos y mestizos (sobre todo, los llaneros, en Venezuela) empezaron a ser reclutados para los ejércitos patriotas o españoles, pero los dirigentes no pensaban que ellos tuvieran razones propias para luchar. Por otra parte, en algunas regiones los indios, enmarcados en comunidades sujetas al dominio de propietarios blancos y a un fuerte control de los curas doctrineros, se alinearon con los criollos locales que escogieron el bando realista, como en Santa Marta y Pasto”.
¿Qué ha cambiado 210 años después?
La llegada de los conquistadores trajo consigo el asesinato de nativos, el despojo de sus tierras y el desplazamiento. Todo se hizo en nombre del rey y con la ‘bendición’ de su dios. En la Colonia (1550-1810) la situación no mejoró. ¿Qué cambió con el Grito de Independencia? Muy poco, por no decir que nada. Los criollos pudientes reemplazaron a los españoles en la gobernabilidad; y en medio de sus conflictos se han alternado en el poder. En las últimas décadas es más grave por la presencia de grupos mafiosos gobernando. Aborígenes, afrodescendientes y mestizos, siguen discriminados y violentados.
Acnur, la Agencia de la ONU para los Refugiados, reveló: “Desde las montañas de la Sierra Nevada hasta la selva amazónica, Colombia es el hogar de 90 grupos indígenas, una de las diversidades étnicas más ricas en el mundo. Pero muchos de estos pueblos son vulnerables al conflicto armado y al desplazamiento forzado que este ha generado”. Dicha organización también resalta el sentir de los indígenas, cuando afirman: perder nuestra tierra es perdernos nosotros e irnos es dar un paso más hacia la muerte.
Igual panorama viven los afrodescendientes de la costa pacífica, donde la presencia estatal ha brillado por su ausencia. ¿Podrá el Pacto Histórico mejorar esta situación? Para nadie es un secreto la corrupción gubernamental y el control que ejercen sobre la población para hacerse elegir. Superar ese mal sería el inicio de la independencia de la ciudadanía de ese poder, lo que permitiría gobernantes probos.
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