Un fin de semana anterior e inicio de la actual, surtidos de emociones, nos fue servido a lectores y a defensores de la libertad y el orden en el continente.
Primer hecho, desde luego positivo, resaltable: el levantamiento del cepo cambiario en Argentina; al tiempo, triunfo inobjetable de las políticas económicas liberadoras de Javier Milei, quien en breve lapso acumula éxitos jamás alcanzados por presidente alguno en condiciones semejantes. Es una meta intermedia ineludible hacia la prosperidad de su país.
Segundo evento, luctuoso y lamentable: el deceso de Mario Vargas Llosa, para muchos, no solo oficiante mayor del boom iberoamericano, sino figura de máximos méritos en la historia de la literatura en lengua castellana.
Tercer acontecimiento, crucial en la actualidad y futuro del continente: el NO rotundo de la ciudadanía ecuatoriana al regreso del correísmo, por interpuesta persona. Rafael Correa, promotor del agonizante “Socialismo Siglo XXI”, sufre una derrota simbólica clave para el continente. Me unen a Ecuador lazos entrañables: es la segunda patria, cuna de Andrés Javier, mi hijo mayor.
La negativa mayoritaria a las pretensiones del convicto y prófugo, compinche de Chávez y de las Farc, suma al nuevo amanecer latinoamericano, libre de amenazas neocomunistas.
Cada uno de estos sucesos coparía extensas páginas de análisis. Sin embargo, el inexorable curso del calendario nos acerca a otro momento histórico de nuestra dolida patria, que marcará —ojalá para bien— un punto de inflexión política, económica y social.
Dos tercios del cuatrienio presidencial Petro se han consumido, con crecientes penas y sin gloria. En un clima de crispación e incertidumbre, incluso respecto a la misma salud mental de quien malconduce el poder ejecutivo, se confirman los temores que muchos albergábamos desde las elecciones de 2022.
Desgobierno, caos, latrocinio, corrupción generalizada y connivencia con la delincuencia son ingredientes comunes en regímenes populistas de izquierda, y hoy son percibidos con furor, con angustia y con pasiva resignación.
La oposición a Petro no acierta, carente de voceros de peso, al aplazar un proceso de unidad nacional, clave de cara al próximo proceso electoral. La confianza en una reacción espontánea contra el fracaso de la izquierda, sin liderazgo de consenso, parece torpe y desmedida ante los bien financiados planes de permanencia del actual gobierno.
¿Cómo descubrir, dentro o fuera de la política, a una figura con poder comunicativo, liderazgo y capacidad de unir al país? ¿Cómo trazar un proyecto serio de reconstrucción nacional a partir de la ruina que legará Petro y su círculo?
¿Un Milei, un Bukele, una Meloni versión criolla? Tal vez esa figura deba surgir del mismo hartazgo nacional.
El ejercicio del poder tiende a demandar más audacia que experiencia, más posibilidad de honestidad que trayectoria pública.
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