Estoy en el año 2050. Almuerzo en la cabina número 6 del Área de Nutrición Eficiente. La estructura,
angosta como un ataúd vertical, amortigua colores, olores, sonidos y emociones. Luz blanca constante, sin
parpadeo ni calor. El aire tiene la pesadez ambiental que se siente en la madrugada en un hospital infantil
abandonado.
Una voz delicada y amable pronuncia mi nombre. Se abre un compartimento y en él está mi almuerzo:
cápsulas de microalgas cultivadas con CO2, proteínas de insecto, hongos adaptados al tracto digestivo y,
de postre, un suplemento multivitamínico desarrollado en el biorreactor que está en órbita. No se saborea,
se ingiere. La digestión está optimizada. La voracidad, eliminada.
Cocinar en casa es ilegal desde la Gran Ola de Incendios de 2035. Las llamas arrasaron varias ciudades de
África. Nos explicaron que nadie debería tener estufas en sus casas, por seguridad, por nuestro bien. Eso
siempre me sonó a excusas para extinguir cualquier posible foco de rebeldía. No hay platos. No hay
cubiertos. Comer es un acto higiénico, privado y sin testigos (como un crimen perfecto). Las neveras
también desaparecieron. Hoy, un chip analiza mi sangre en tiempo real y me dice cuándo y qué debo
tragar, coartando mi libertad de elegir mi modalidad de infarto.
En la internet profunda circulan grabaciones clandestinas de gente mordiendo fruta real, untando
mantequilla, desayunando pan con huevo. El mes pasado detuvieron a una mujer por intentar hornear un
pastel. Su hija subió el video. El algoritmo lo borró en siete segundos. A ellas nadie las ha vuelto a ver. En
foros dicen que terminaron procesadas como suplemento proteico para mascotas de élite.
Guardo bajo llave varios menús de restaurantes de los años veinte. Uno, que me encanta, tiene una foto de
una hamburguesa con pan brioche, queso feta y tocineta con miel. Inhalo las páginas como un adicto. Una
vez no aguanté y rasgué una de ellas con mis incisivos. El filo de la hoja me cortó el labio. Sentí la sangre
caliente en la lengua y, por un instante, me sentí feliz. Como si el dolor me recordara que aún tengo
cuerpo.
Cuando camino por el parque, observo a los pájaros. Son escasos. Todos tienen chips de rastreo. Suelo
fantasear con atrapar alguno, metérmelo en la boca, despedazarlo y sentir su carne en mis molares. No por
hambre o por impulso, sino por una filia que aún no tiene nombre, pero que me arde entre los dientes.
Nos dicen que si seguimos las reglas viviremos sanos más de 150 años. ¿Pero para qué? Nadie habla.Nadie comparte una mesa o un café. Nadie cocina para otro. El horror ya no viene de lo salvaje, sino de lo
pulcro. Los médicos nos prohibieron el fuego, el azúcar, la grasa y el riesgo. La comida ya no es memoria
ni cultura: es eficiencia.
Al menos morir sería una experiencia orgánica en este mundo sintético.
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