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Con grandeza acojamos esa luz divina

Juan José Orrego López

jueves, 17 abril 2025

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Iniciamos la Semana Mayor, tiempo de reflexión y de conversión en nuestro interior, para que revisemos nuestro comportamiento, recordemos el sacrificio que el Hijo de Dios vino a hacer al mundo: entregar su vida por los pecadores.

Pero, ante todo, es tiempo de vivir y sentir los últimos días de la vida de Nuestro Señor Jesucristo: la pasión, muerte y resurrección del Salvador del mundo y el Hijo de Dios. Él es el único camino por el que podemos volver a vivir con nuestro Padre Celestial, y nos muestra, con su infinito amor, que siendo aún pecadores, Cristo murió por nosotros (Romanos 5,8).

Colombia vive una dura agitación humana por la infinidad de actuaciones y sentimientos de todo tipo: odios, rencores, un racismo incomprensible en una sociedad —o parte de ella— donde muchos expresan sentirse católicos, pero que tristemente presentan comportamientos no gratos, más dispuestos a tapar actos ilegales, exhibiendo valores diferentes a los que mi Dios nos regaló y enseñó: estar siempre listos a servir con alegría a la humanidad.

Es inexplicable que en pleno siglo XXI, rodeados de ese don divino que mi Dios nos regaló —la inteligencia humana—, esta no se use para generar un mejor estilo de vida, aportando a la comunidad y, especialmente, a los más vulnerables. Lamentablemente, en infinidad de dirigentes o miembros de la misma sociedad, se percibe un gozo por las trampas o los engaños, en vez de luchar por aportar y ayudar a esa población desamparada, llevar paz a sus hogares o luz para que ilumine y corrija a nuestra sociedad.

Que en esta Semana Santa recibamos esa Luz Divina, hoy tan alejada y tan necesaria. La sociedad la requiere: dirigentes, gobernantes, empresarios y otros, ante los hurtos o atracos en ciertos sectores por parte de ciertas élites sociales, siguen sordos, mudos y ciegos, encerrados en esa lucha por dividir el país, ostentar el poder político y sacar dineros ajenos para disfrutar de derroches, sin importarles ese otro mundo de miseria, vecino de sus hogares. Población que, ante la inmensa desigualdad, observa un comportamiento social incomprensible en muchos actores públicos o privados, que prefieren mentir para lograr más beneficios, en vez de sanar esas injusticias e ir generando un mejor bienestar para la sociedad o la humanidad desprotegida.

Sin temor, con alegría, entusiasmo y fervor de católicos, recibamos esa Luz, don divino y maravilloso, que al encontrarnos con ese rayo esplendoroso, ilumine al país y a sus gobernantes, y guíe sus intenciones en busca de un mejor futuro. Que muestre el camino que debe ser, donde esas ganas de cambio o corrección que pide la comunidad no se vean frenadas por los mismos autores de los daños del pasado, quienes hoy se muestran como salvadores. Que asuman la responsabilidad y no impidan ni frenen el poder llevar y generar un mejor beneficio a la misma sociedad y al país.

Es tiempo de oración y conversión, de dejar esa indiferencia que ha sido culpable del dolor en que hoy vive la humanidad. Dios nos muestra siempre su amor y nos da la mano, a pesar de que seamos pecadores: Cristo murió por nosotros.


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