Con corona en la cabeza, las manos llenas de anillos y una sonrisa que desafía las críticas, James Vargas, la Reina de Calarcá, recorre desde hace 40 años las calles del municipio vendiendo joyas y reciclando, convertido en un personaje auténtico y reconocido.
En las calles empinadas de Calarcá, cuando el sol golpea fuerte y la brisa de la montaña levanta el polvo, aparece una figura que no pasa inadvertida. James Vargas camina despacio, coronado, con el pecho lleno de collares y las manos tapizadas de anillos que relucen con cada movimiento. Es “la Reina” del pueblo, como todos lo conocen desde hace ya cuatro décadas.
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A veces la gente lo señala, otros murmuran que está loco, pero a él no le importa. “Que hablen”, dice, mientras acomoda la corona en su cabeza y sigue ofreciendo sus anillos, el brillo de sus dedos compitiendo con el sol del mediodía. En un solo dedo pueden relucir tres piezas, y en total lleva 16 encima; otros 40 los guarda bajo llave, como si fueran tesoros de un reino particular.
Su oficio es doble: comerciante de joyas y reciclador de metal, papel y botellas plásticas. Lo último, aunque algunos lo miren con desdén, él lo defiende como un trabajo digno, una forma honesta de ganarse la vida. Entre sus anillos, el más preciado es uno de oro con textura antigua, que ofrece por millón y medio de pesos. Lo muestra con orgullo, como quien enseña una reliquia de familia.
Camina siempre con el mismo porte, como si estuviera desfilando ante un público invisible que ya lo ha convertido en parte del paisaje. La Reina de Calarcá no necesita palacio: sus calles son su trono, el bullicio de la plaza su corte, y el brillo de sus manos, la insignia de un reinado hecho a punta de autenticidad y resistencia.
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