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Relojes, portavinos, filtros de café y otros ornamentos elaborados con diferentes tipos de madera, como cedro, nogal cafetero y matarratón, buscan transmitir la memoria y la identidad regional.

En el barrio Llanitos de Guaralá del municipio de Calarcá, el taller Maderos de la Cruz transforma la madera en un lenguaje propio. Entre herramientas, tablas y troncos se percibe un aroma a tierra húmeda, resina fresca y trabajo artesanal, realizado con paciencia y dedicación.

El zumbido de las sierras se mezcla con el roce del lijado y el crujido de la madera que cede bajo las manos expertas de Ruby Lozano Henao y Wilver Castro Sánchez, artesanos locales que han encontrado en este material una forma de contar el paisaje y aquellos atributos que hacen especial al departamento del Quindío. Cada movimiento es medido, y cada corte responde a un plan preciso, fruto de la experiencia y del amor por la materia prima.

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El taller, amplio y luminoso, parece suspendido en otro tiempo. Las horas transcurren entre la espera de que los troncos se sequen y los procesos de lijado, sellado y lacado conviertan cada pieza en un objeto único de la región.

“Cada pieza guarda el rastro del paisaje que la vio crecer”, explica Wilver mientras acaricia la veta de una rodaja recién cepillada. “A veces la madera nos llega húmeda o seca. Si se seca al sol, se raja; se quiebra el alma de la artesanía. Por eso aquí la dejamos secar, hasta que ella misma diga que está lista o si llega seca de inmediato la comenzamos a procesar”.

Cada tronco trabajado en Maderos de la Cruz guarda historias de la tierra y la cultura del Quindío.

El olor del taller es intenso: resina mezclada con polvo de eucalipto y nogal, un aroma que impregna cada rincón del lugar. En el suelo se apilan cortes gruesos de matarratón, una madera amarga y resistente. “Difícil de que le entren los bichos”, comenta Ruby. En el Quindío, esta especie ha marcado los linderos de las fincas durante generaciones, y ahora, bajo las manos de los artesanos, los viejos postes rurales se transforman en objetos que reviven la memoria campesina, enlazando pasado y presente.

La materia viva del paisaje

Cedro, roble, nogal cafetero, pino y matarratón se alternan en las mesas de trabajo. Cada tipo de madera tiene su carácter y sus secretos El cedro y el roble destacan por su dureza y estabilidad; el nogal cafetero, por sus vetas profundas y colores cálidos; el matarratón, por su resistencia natural y textura áspera; y el pino, por su ligereza y facilidad de trabajar.

Cada tronco se examina, se cepilla y se lija con precisión. La madera puede curvarse, teñirse, lacarse, ensamblarse o combinarse con otras especies. Incluso los retales se aprovechan: se convierten en tablas de quesos, portacelulares, portavinos y portacuchillos, donde vetas y tonos dialogan entre sí, mostrando la belleza y la diversidad de la materia

“La madera es noble”, dice Ruby. “Si se cuida y se le da mantenimiento, se puede restaurar fácilmente. Depende del lugar donde se exponga y del cariño que se le dedique, pero ningún corte se repite, y cada pieza refleja la historia del material y de quien lo trabaja”.

Un reloj puede tardar dos días y medio en completarse; las piezas pequeñas requieren menos tiempo. Todas comparten la misma lógica: respeto por el material, paciencia y fidelidad al proceso artesanal.

El taller nació durante la pandemia, en medio de la quietud de los días y la necesidad de crear con las manos. De un primer comedor surgieron relojes, luego utensilios y ornamentos. Con el tiempo, aquel pasatiempo se transformó en un oficio que conecta con la memoria del territorio.

“Más que vender productos, buscamos transmitir la esencia de la región, su naturaleza y su gente”, cuenta Ruby. La madera se convirtió en un puente entre la tierra y la cultura, entre la tradición campesina y la sensibilidad contemporánea.

La paciencia, el detalle y respeto por la madera hacen de cada creación un testimonio vivo de la esencia del territorio.

Un sorbo de paisaje

Más allá de muebles tradicionales, Ruby y Wilver dan vida a pequeñas piezas inspiradas en el paisaje quindiano: recuerdos de los guayacanes, de las aves que cruzan los cafetales y de las mariposas que habitan la región.  

Cada creación está pensada para que quien la adquiera pueda llevar consigo un fragmento del Quindío y una memoria tangible del territorio.

Ambos recorren calles y veredas en busca de materiales que otros descartan. Lo que para muchos es simple desecho, para ellos representa una oportunidad de creación.

“Lo que otros ven como basura, para nosotros es materia prima. Con un poco de imaginación, se convierte en arte”, dice Ruby, mientras señala los retales apilados en un rincón del taller, listos para transformarse en algo nuevo.

Entre sus elaboraciones más distintivas están los relojes ensamblados con retales, los filtros de café tradicionales y los detalles utilitarios que conservan la calidez del trabajo hecho a mano. En cada uno de ellos late la misma intención: rescatar la historia contenida en la madera y devolverla, convertida en arte, al paisaje que la vio nacer.

El taller combina procesos manuales con herramientas mecánicas, respetando la estética rústica y la identidad de cada pieza. La personalización es clave: se aplican tintillas o se deja la madera al natural, según la preferencia. Cada obra es irrepetible, porque ningún tronco es igual a otro.

Con esta iniciativa, buscan que su trabajo sea reconocido más allá de Calarcá. Pequeños objetos que evocan el Quindío permiten que locales y extranjeros aprecien el valor del trabajo manual, la madera reciclada y la historia que transmite.

“Queremos generar recordación y que las personas se lleven un fragmento del Quindío en cada pieza”, dice Ruby. “Más que producir en serie, buscamos transmitir nuestra tierra y nuestra cultura, a través de la nobleza de la madera”.

https://youtu.be/V5FYRuNqfO4?si=CtJDi3e6mTwyUXXU


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