El chachafruto es un árbol que puede alcanzar los 7 metros de altura, tiene una arquitectura ideal para arborización urbana, pero su importancia en Botánica económica radica en el potencial nutricional de sus frutos.
El chachafruto, llamado también balú, Erythrina edulis, es una planta leguminosa exclusiva de Suramérica, especialmente en la región andina de Colombia, Venezuela, Ecuador, Perú y Bolivia, entre los 1.200 y los 2.600 metros de altitud, en zonas de precipitación pluvial superior a los 1.200 mm. Pertenece a la familia Fabaceae, publicada en 1836 por el botánico inglés John Lindley y presente en todo el mundo con más de 700 géneros y casi 20 mil especies.
Uno de tales géneros fue precisamente Erythrina, que había sido descrito por Carlos Linneo en 1753 en el tomo II de las ‘Especies de plantas’. El naturalista sueco se basó en el vocablo griego ἐρυθρóς. erythros, que significa ‘rojo’, en referencia a la coloración de las flores en la mayoría de las 130 especies presentes en el género.
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Posteriormente el célebre naturalista colombiano José Jerónimo Triana denominó el chachafruto con el nombre científico de Erythrina edulis. El epíteto específico edulis significa en latín ‘comestible’, en alusión a las reconocidas propiedades alimenticias de sus frutos. La especie fue publicada en 1892 en el Journal de Botanique por el botánico suizo Marc Micheli, quien trabajó la flora suramericana, especialmente en Paraguay.

En la descripción este autor indica que entre las localidades donde fueron encontrados ejemplares fue ‘El Moral’ cerca de las “montañas de Quindío, en los andes centrales”, ubicado al occidente de Ibagué, lo que confirma una vez más que la cordillera, que algunos todavía llaman equivocadamente ‘central’, era reconocida como ‘Andes de Quindío’.
El chachafruto es un árbol que puede alcanzar los 7 metros de altura, tiene una arquitectura ideal para arborización urbana, pero su importancia en Botánica económica radica en el potencial nutricional de sus frutos. Hay testimonios que los indígenas, especialmente los incas en el Perú, a la llegada de los invasores españoles, lo cultivaban como alimento.
También hay múltiples referencias de los primeros colonizadores del Quindío que lo cocinaban y lo consumían con un poco de sal. En el Jardín Botánico del Quindío lo han reproducido profusamente y en los últimos cinco años han sembrado más de 12 mil individuos en todo el departamento. Este es un ejemplo elocuente de cómo la diversidad de la biota nativa podría contribuir a solucionar el problema del hambre en Colombia.
Los frutos son vainas similares a las de los fríjoles, pero más grandes y las semillas germinan con facilidad. En buenas condiciones, el árbol crece rápidamente y en tres años puede empezar a dar cosecha. Se ha estimado que puede contener un 23% de proteína.
Las damas integrantes del mercado popular de Calarcá, que participaron durante un año en un proyecto financiado por el Ministerio de Ciencias en el Jardín Botánico, ya tienen un emprendimiento permanente con deliciosos tamales y estofados de chachafruto y muchas otras plantas alimenticias nativas no convencionales, llamadas ahora PANNC. Este es caso admirable de apropiación social del conocimiento.
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