El mayor problema del filme está contenido en su título.
Simón Mesa Soto (Medellín, 1986) pertenece a una generación de cineastas colombianos que crecieron a la sombra del legado de Víctor Gaviria, ese realizador que logró fundir el realismo social con una profunda dimensión poética.
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Con Leidi (Palma de Oro al mejor cortometraje, Cannes 2014) y Amparo (2021), Mesa insinuó una mirada sensible sobre la vida cotidiana en los márgenes urbanos. Sin embargo, su más reciente obra, Un poeta —galardonada con el Gran Premio del Jurado en la sección “Una cierta mirada” del Festival de Cannes 2025—, representa un preocupante vaciamiento de esa tradición: una película que confunde el lirismo con el mutismo, la marginalidad con el decorado, la miseria con la estética.
Un poeta pretende ser un retrato íntimo de un joven que busca expresarse a través de la palabra en un entorno de precariedad, violencia y desarraigo. Pero lo que podría haber sido una historia de resistencia espiritual termina reducido a una sucesión de planos fríos y fragmentarios, donde lo humano se disuelve en gesto. Mesa sustituye la emoción por la pose, la palabra por el silencio y la revelación poética por un manierismo visual que no alcanza profundidad simbólica.
El filme parece olvidar que la poesía no reside en la miseria ni en la tristeza, sino en la capacidad de transformar el sufrimiento en sentido. En Un poeta, el dolor no es experiencia, sino espectáculo. Su “poesía visual” se desintegra ante la falta de mirada crítica o empatía social. Lo marginal —territorio donde el cine colombiano ha encontrado sus metáforas más hondas— se convierte aquí en un fetiche estético diseñado para la mirada europea, más interesada en el exotismo de la pobreza que en su densidad humana.
La aparición de Víctor Gaviria en una fotografía —junto a la del poeta José Asunción Silva— resulta emblemática del extravío conceptual del filme. Ambos son utilizados como simples comodines simbólicos, referencias culturales vaciadas de sentido. Mesa parece desconocer el espíritu de Silva y la biografía Chapolas negras de Fernando Vallejo, donde la poesía se entiende como un acto de lucidez frente a la muerte. En cambio, en Un poeta, la poesía es tratada como una enfermedad incurable, un resto inútil.
Gaviria, en obras como Rodrigo D: No futuro (1990) y La vendedora de rosas (1998), comprendió que lo marginal no era solo miseria, sino también una forma de espiritualidad. Sus personajes, incluso hundidos en la violencia, conservaban una inocencia trágica, una luz interior que los hacía profundamente humanos. Mesa, en cambio, observa el mismo territorio con un lente clínico, casi aséptico. Donde Gaviria hallaba humanidad, Mesa filma despojo.
El cine antioqueño ha sido, desde Bajo el cielo antioqueño (1925), una tradición de hibridaciones entre lo popular y lo poético. En sus mejores momentos, esa tradición ha logrado convertir la vida cotidiana en mito y la marginalidad en espejo del alma. En esa línea, Gaviria elevó el realismo sucio a una categoría espiritual. Pero Mesa parece haber olvidado que esa tradición no es solo estética, sino ética: una forma de mirar al otro sin exotizarlo, una manera de encontrar belleza en la ruina.
Un poeta deshonra esa herencia. La marginalidad se convierte en escenario muerto, en ruina sin memoria. El barrio es solo textura visual, los personajes no son sujetos, sino figurines; su dolor no se escucha, se adorna. La película recuerda, involuntariamente, a la “pornomiseria” denunciada por Carlos Mayolo y Luis Ospina en Agarrando pueblo (1978): esa estética que explota la miseria como mercancía simbólica para el consumo internacional.
El mayor problema del filme está contenido en su título. El protagonista es un poeta sin palabra, un símbolo de la anulación del sujeto popular en el cine contemporáneo. Donde antes la poesía era grieta luminosa, resistencia, ahora es un silencio terminal. Mesa propone un “poeta” que no escribe ni crea: apenas sobrevive. No hay palabra que funda mundo ni verso que otorgue sentido. Solo queda un balbuceo existencial, un residuo humano que ya no puede nombrar nada.
Esa ausencia no es un gesto poético, sino un síntoma: el cineasta parece haber perdido la confianza en la posibilidad del lenguaje. La cámara ya no escucha; solo observa. Y en esa distancia, el otro deja de ser rostro para volverse sombra.
La búsqueda de una “poesía visual” en Un poeta termina en un formalismo vacío. Cada plano parece calculado para complacer el circuito de festivales, donde la marginalidad se ha vuelto un género rentable. Mesa domina el artificio, pero carece de alma. Su cine es visualmente pulcro, pero espiritualmente árido. La emoción no emerge del encuadre, sino del esfuerzo del espectador por hallar sentido en un paisaje de gestos huecos.
El resultado es una obra “medio pelo”, atrapada entre el cine de autor y el reportaje antropológico, sin alcanzar ni lo uno ni lo otro. No hay tensión ni evolución dramática; solo la repetición de un mismo tono melancólico. La cámara se recrea en la tristeza, pero no la interroga.
Un poeta encarna, quizás sin proponérselo, la crisis del cine social colombiano. En su deseo de trascendencia estética, olvida la dimensión ética del acto de mirar. Lo que antes fue un diálogo con los barrios, hoy es una mirada desde lejos. La poesía, que alguna vez habitó en el gesto humilde de los marginados, ha sido expulsada de la imagen.
Así, el filme de Mesa se convierte en un emblema de la despoetización contemporánea: un cine que habla de los pobres sin escucharlos, que filma la ruina sin comprender su historia. En lugar de continuar la tradición lírica y humanista de Gaviria, Mesa la reduce a silencio.
El poeta de esta película no escribe para transformar su mundo, sino que balbucea ante el vacío. En él se proyecta la impotencia del propio cineasta: la incapacidad de hallar sentido en una realidad que solo se contempla como ruina.
Un poeta quiso ser una reflexión sobre la palabra en tiempos de desarraigo, pero terminó siendo la evidencia de su desaparición. En esa Medellín que alguna vez habló a través del verso, ahora solo queda la imagen muda. La película de Simón Mesa no destruye la tradición poética del cine antioqueño: la disuelve lentamente, como si la poesía ya no tuviera lugar en el mundo.
El resultado es un filme tan bello como desolador, tan consciente de su forma como ajeno a su fondo. En su mirada distante, lo marginal deja de ser territorio de humanidad para convertirse en un paisaje baldío donde el arte ha perdido su voz.
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