A propósito de los 500 años de Santa Marta, un testimonio revive la memoria afectiva y el valor histórico de la Casa de la Aduana, donde fue velado el Libertador Simón Bolívar y que hoy es símbolo del legado cultural de la ciudad.
Me radiqué en Santa Marta, la Perla de América, en 1990 y hoy la recuerdo como una de las localidades que marcó mi existencia. No solo es la tierra natal de mi hija mayor, sino que su historia, su importancia cultural dentro del Caribe y ser lo más cercano al “Corazón del Mundo” – nombre con el cual los pueblos indígenas actuales llaman a las altas cimas de la Sierra Nevada – hacen de esta capital del departamento del Magdalena una de las ciudades más importantes del continente.
Pueblito (Chairama), sitio arqueológico.
Cumple 500 años de fundación el 29 de julio de 2025 y es la primera en Colombia que arriba a la conmemoración de una efeméride de tan añeja edad, la cual se celebra con actos culturales, festivos y de diferente índole.
Tumba arqueológica saqueada, cerca de la playa del Parque Tairona.
Existe allí una construcción antigua, llamada popularmente la “Casa de la Aduana”, donde actualmente funciona el Museo del Oro del Banco de la República, la que fue mi sede de trabajo durante tres años. Laboré en ese magnífico recinto antes de regresar a mi tierra natal, el Quindío. La experiencia es inolvidable, por cuanto es una edificación cargada de mucha historia. Se le conoció, durante el siglo XIX, como el Consulado de Cartagena, aunque otros nombres resuenan todavía en su desenvolvimiento, en el transcurso de los siglos. Entre esas denominaciones están el Palacio Verde y el Castillo de San Lázaro. En el siglo XX fue sede del Comisariato de la United Fruit Company, del colegio San Luis Beltrán, de un Centro Social, una oficina del Banco de Colombia, otra de Avianca y la Cooperativa Bananera del Magdalena. También funcionó el Hotel Colonial. Cada una de esas ocupaciones representa un cúmulo de menciones interesantes, vinculadas a sus propietarios, anécdotas y conjeturas que se han creado en torno de ella.
Dibujo que representa la velación del cuerpo de Bolívar en el segundo piso de la Casa de la Aduana, diciembre de 1830.
Pero el hecho más célebre, que la puso en la cima de la fama de patrimonio arquitectónico alguno, fue haber sido albergue del Libertador Simón Bolívar “desde el 1 de diciembre de 1830 a las 7 y 30 de la noche, cuando fue traído en una silla de brazos, desde el puerto de la ciudad, ubicado a unos 150 metros de distancia, lugar donde ancló el bergantín Manuel, nave que lo había transportado desde Sabanilla (Atlántico)”.
La anterior reseña, extractada de una singular publicación (‘La casa de la Aduana, una historia digna de leer’, por Alberto Hinestroza Llanos, Magazín Turístico y Medio Ambiente Ltda., Santa Marta 1999) tiene, no obstante, otro dato, el más relevante. El que me sorprendió, cuando recibí la dignidad de estar al frente del Museo Tairona, que guarda los objetos prehispánicos orfebres de los pueblos que habitaron las estribaciones de la Sierra Nevada de Santa Marta.
En efecto, la información apunta a que dicha casa fue el lugar donde fueron velados los restos mortales de Bolívar y eso me llenó de profundo sentimiento. Recorriendo el corredor del segundo piso, donde en uno de sus extremos estaba mi oficina, creía sentir – al llegar al amplio vestíbulo central, que da a la plaza de Bolívar – un suspiro de alta emoción.
Parque Nacional Natural Tairona.
Así se describe, en ese significativo escrito, la relación cronológica de la estancia de Bolívar, desde el primer día de diciembre de 1830, cuando llegó a ese edificio histórico, enfermo y convaleciente, así como los momentos de la velación de su cuerpo inerte, días después:
“… se le ubicó en las habitaciones de la planta baja, ya que su estado de salud era delicado y no podía caminar por sus propios medios, tal como dejó constancia el Dr. Alejandro Próspero Reverand en su primer boletín médico que expidió a las 8 de la noche, de ese mismo día, después de haberlo examinado.
…En sus habitaciones permaneció hasta el 6 de diciembre, es decir 112 horas. Luego fue llevado en coche tirado por caballos por su anfitrión, Don Joaquín de Mier, a su finca ubicada en las afueras de la ciudad, concretamente en Mamatoco donde está la ya histórica Quinta de San Pedro Alejandrino, lugar donde murió el 17 de diciembre de 1830 a la una de la tarde.
…Ese mismo día, fue trasladado su cuerpo, después de habérsele practicado la autopsia, a esta casa, donde llegó en cámara ardiente, en la sala principal del segundo piso, donde permaneció 69 horas, ya que el día 20 de diciembre se le trasladó a la catedral de Santa Marta para ser allí sepultado.
… Desde esa fecha, esta casa entró a formar parte de la historia bolivariana, razón por la cual, el gobierno colombiano, por medio del Decreto 390 del 17 de marzo de 1970, la declaró Monumento Nacional”.
Casa de la Aduana, hoy Museo del Oro Tairona, Santa Marta.
Siempre ha sido considerada esta casa como la más antigua de Colombia. Sin embargo solo existe sobre ella una información más consistente desde el año 1730, cuando los hermanos Domingo Donato y Nicolás Jiménez (o Jimeno) la construyeron de dos plantas. Parece que utilizaron las bases derruidas de otra antigua edificación, que pudo haber sido levantada tiempo después de la fundación de Santa Marta. Se debe tener en cuenta, también, que “tan solo entre 1543 y 1779 la ciudad fue atacada por piratas en 46 ocasiones”, tal cual lo anota la publicación de Banco de la República titulada ‘La casa de la Aduana, su historia y sus mitos’ (Banrepcultural, noviembre de 2017).
En la misma reseña se menciona que los hermanos comerciantes que la levantaron, “desde una torre o minarete, veían llegar los barcos al puerto, así como el cargue y descargue de sus mercancías”.
No fue solo esta casa, y su permanencia en ella, el motivo de llevar a Santa Marta en un lugar especial de mi ser interior. Por sus calles respiré el ambiente de una historia de resiliencia, así como el hálito de los acontecimientos de su vida ciudadana a través de cinco siglos. Porque la ciudad resistió los ataques de piratas. Pero también fue la población indígena, la que ocupaba sus costas, el objetivo del oprobio español. Durante un siglo combatió, hasta que los sacerdotes ( los mamos) y gran parte de los indígenas se replegaron a lo alto de las montañas para salvar sus vidas. Si seguimos en la recordación histórica, llegamos al siglo XX, y es el suceso de la matanza de las bananeras, en 1928, otro hecho que marcó la resistencia.
Quinta de San Pedro Alejandrino, Santa Marta.
Un hecho inolvidable de mi época en la ciudad costera fue el de visitar las estancias populares. Como el barrio Pescaíto, el sector donde nació Carlos el Pibe Valderrama y donde vivían algunos de los celadores de la institución bancaria y cultural donde yo laboraba. Sentir la alegría caribeña, al son del picó y la música que acompañaba las fiestas familiares – a las que me invitaron a compartir en medio de su sencillez – dejó la impresión del ambiente afable del resto de barrios de la ciudad.
El mar, el malecón, el puerto internacional, el Liceo Celedón, divisar el Morro, un promontorio rocoso frente a la playa.
Llegar por la quinta, la calle más concurrida, hasta el centro, pero antes pasar por el sector histórico y entrar al Teatro Santa Marta para disfrutar las funciones culturales.
Todo ello me permitió disfrutar de una ciudad que me ofreció su amabilidad en sus puntos tradicionales y en el sector turístico del Rodadero.
Casa de la Aduana, hoy Museo del Oro Tairona, Santa Marta.
Posee playas encantadoras, desde el puerto de pescadores de Taganga, al que se arriba con el fondo de un paisaje esplendoroso. Hasta llegar al Parque Nacional Natural Tayrona, con sus sitios, parajes y senderos de ensueño. Cerca de allí – y me asombré siempre al enterarme que pocos lo visitan – se encuentra Pueblito, el entorno arqueológico, adonde se arriba caminando en leve ascenso a la pequeña ciudad de piedra, el conjunto antiguo de losas del camino que está más cercano a Santa Marta. Su ambiente ceremonial nos traslada a la visión que – de otro asentamiento arqueológico más lejano arriba en la Sierra – uno percibe cuando se tiene la fortuna de llegar a Teyuna, más conocido como Ciudad Perdida.
Pero Santa Marta no es sólo ese panorama que se entrega en formato turístico. Por sus calles transitan, a veces bajo la mirada recelosa de otros, los miembros de los pueblos originarios. Los que celebran, junto con los samarios de nacimiento, los 500 años. Pero que se enorgullecen de recordar que su permanencia histórica es más amplia. Viene de siglos atrás, mucho antes del establecimiento ibérico con Rodrigo de Bastidas al mando, y ello se marca desde el pasado mítico de sus antecesores, los Tairona.
Los pueblos actuales, los ika (mal llamados arhuaco), los kogui, arsario, kankuamo y wiwa, a través de sus mamos (los seres iluminados), pueden hoy contar la historia mítica, alrededor de lo que representa esa serie de montañas que rodean a Santa Marta.
Escuché, en los primeros años de esa década de los noventa, la versión que informaba la realización de una primera película, en asocio con la BBC de Londres, y en la que los pueblos indígenas de la Sierra participaron para darse a conocer en el fondo de su tradición ancestral. También pude ver cristalizada tal producción, representada en un vídeo llamado “Desde el corazón del mundo, un mensaje de los hermanos mayores“, unos meses antes de mi regreso al Quindío, en 1993.
Compartiendo esa producción audiovisual con los estudiantes universitarios, años después, pude ponderar el mensaje que, todavía, los indígenas le envían al mundo entero( a los hermanitos menores)para proteger esa maravilla natural, la Sierra Nevada, el único conjunto montañoso del mundo que muestra picos nevados cercanos al mar.
Eso es Santa Marta, entonces, la ciudad más ligada por su conexión geográfica al “Corazón del Mundo”, pero la más lejana en la escucha del mensaje ecológico y ecosófico (el conocimiento profundo de la naturaleza) que nos envían los mamos. Por algo se dice que “los hermanitos menores no escuchamos ni sabemos cuidar el mundo”.
Y es que ,en cercanías del Parque Tairona, pude constatar parte de la preocupación de los pueblos indígenas. Restos de tumbas saqueadas y el reflejo de un comercio ilegal de piezas arqueológicas. Constituyendo eso, como en otras partes de Colombia, un obstáculo para reconstruir el pasado más remoto.
Santa Marta son sus gentes, son los seres humanos con quienes compartí y me hicieron enamorar de sus ritmos musicales, de su culinaria, de las arepas de huevo, carimañolas, papas rellenas y los desayunos con guineo verde, queso costeño y mantequilla. Santa Marta es alegría y vigor en la recuperación de las tradiciones. Desde esta última faceta, no olvidaré al médico historiador Arturo Bermúdez, preocupado por la promoción de la historia local.
Desde la divulgación del arte y la cultura, a Zarita Abello y su Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo, en la Quinta de San Pedro Alejandrino. Y a los embajadores del mundo artístico, en especial a Totó la Momposina y Carlos Vives, con quienes me encontré en momentos fugaces, pero muy fructíferos.
Días antes de mi regreso al Quindío, compartir académicamente con el sociólogo e historiador Edgar Rey Sinning, el poeta Javier Moscarela, y el escritor Alberto Hinestroza Llanos, entre otros, me dio a entender que Santa Marta es un mosaico cultural y es semillero universitario de gran trascendencia.