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El legado de don Alfonso Valencia Zapata revive cada 28 de diciembre a través de sus cuadernillos, en los que recopiló con rigor histórico y fino humor los letreros populares de tiendas, fondas y sanitarios, convirtiéndolos en una valiosa expresión del folclor y la identidad cultural del Quindío y de Colombia.

En el Quindío se recuerda a don Alfonso Valencia Zapata, el más singular cronista del departamento, con mucha nostalgia y simpatía. Y, más que todo, el 28 de diciembre de cada año. Ello porque nos dejó una de sus obras más curiosas, titulada Los típicos letreros de las tiendas y fondas. Aunque, al interior de dos cuadernillos publicados, aparecía otro título complementario: Los típicos letreros de las tiendas, fondas y sanitarios.

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Aquella fue una recopilación de varios años que salió a la luz en un periódico del país y en otro de la región. Los medios escogidos fueron el diario El Espectador de Bogotá y el semanario Satanás de Armenia. Los colombianos se deleitaron con su lectura en el Magazín Dominical de la prensa bogotana del 12 de septiembre de 1976. En el mismo año, y a través de tres entregas en Satanás, los quindianos conocieron los primeros chascarrillos, mensajes y ocurrencias de don Alfonso.

Ya en 1982, el esfuerzo de don Alfonso se vio cristalizado con la aparición de un primer cuadernillo. Como se agotó rápidamente, el autor siguió con su tarea de compilación y el segundo se publicó en 1988.

A don Alfonso Valencia Zapata lo recordaremos como el más agradable escritor de la provincia, pero también como el acucioso investigador de la historia municipal. Así lo retrató, en su despedida a la eternidad, el escritor filandeño Helio Martínez Márquez, con las sentidas palabras que pronunció en su sepelio, en la catedral de Armenia, el 30 de agosto del año 2000:

“…Historiador. Lo que queda de auténtico y de verdadero para consulta e información sobre el Quindío se debe a la vocación y predilección de Alfonso Valencia, quien se fue a la tumba muy dolido porque el archivo de la Academia de Historia no tenga pertenencia, que haya sido desahuciado de las esferas oficiales y que la historia del departamento que él tanto codició e investigó no tenga dueño. Por fortuna, nos quedan sus libros llenos de anécdotas y referencias a las tradiciones, a la vocación y la índole de los pueblos. Sus últimos años los pasó trasegando el departamento, buscando documentos, recopilando tradiciones, dialogando con las gentes. Todo día feriado, todo puente, lo aprovechaba para tender un puente de tradición y de historia, que con alborozo y admiración recogía y que salpicaba con humor. Cada tarde regresaba con su acopio histórico y humorístico para vincularlo al patrimonio imperecedero de las letras”.

Efectivamente, como lo acotó el orador, don Alfonso recogió los simpáticos versos y transcribió muchos avisos que encontraba en todos los lugares del departamento, incluso en los más recónditos del país. Era la primera vez que los quindianos y los habitantes del país leían los curiosos mensajes de autores anónimos, recopilados por un etnógrafo en potencia. Fue un gran mérito para el cronista de nuestra tierra quindiana que el Magazín Dominical del diario El Espectador publicara el artículo, ejemplar que yo conservo con especial estimación. En el primer párrafo se publicaron estas líneas:

“Dentro del folclor no deben olvidarse los letreros que aparecen en las tiendas, restaurantes, fondas, cantinas, sanitarios, zapaterías, peluquerías, caminos, etc. Sería muy largo recoger en Colombia cuanto se ha ingeniado el hombre para fijar en avisos, pero queremos dar algunos ejemplos recogidos en diferentes rutas nacionales”.

El diario capitalino permitió que se conociera la relación más simpática de la obra de don Alfonso. Así fue, entonces, como pudimos reír a carcajadas hace 49 años, leyendo los interesantes mensajes que el inquieto quindiano transcribió después de recorrer prácticamente toda la región. Aunque también llegó a sitios recónditos de Colombia y, en tanto hacía contacto con amigos residentes en otros lugares, les pedía que se los enviaran vía correo ordinario.

Todos son muy especiales, aunque no faltó el ingenio de quienes, acudiendo a las pilatunas, los modificaban en el mismo muro o pared donde los habían escrito los autores originales.

Don Alfonso tuvo el cuidado de referenciar la historia de cada aviso compilado para que se entendiera mejor su contexto. De la última parte de la publicación del periódico bogotano, y a guisa de ejemplo, me permito transcribir los siguientes avisos:

“…A la entrada de una escuela en Pijao, Quindío, el maestro puso: ‘Al que madruga Dios le ayuda’. Y los alumnos le pusieron a continuación: ‘pero le da mucho sueño’”.

“…En la carretera de salida para Sevilla, en Caicedonia (Valle), había un aviso en una curva, dirigido a los conductores: ‘Si se va a volcar, pague primero el cerco’. Lo anterior debido a que, por lo forzado de la curva, se volcaban con frecuencia los vehículos”.

“…En una vieja funeraria de Filandia, Quindío, estaba colocado el siguiente anuncio: ‘Vendo ataúdes. Reparación de viejos’”.

Tampoco faltaba el humor sarcástico, como el que contiene el siguiente aviso:

“…En una funeraria de Chinchiná estaba hace algunos años este anuncio: ‘Ninguno de nuestros clientes nos ha hecho el primer reclamo’”.

Fue finalmente en 1982 cuando salió a la luz el primer cuadernillo, en tamaño muy pequeño, pero rico en alegre contenido para las 55 páginas del ejemplar. Se agotó rápidamente y tenía en su portada un dibujo curioso, relacionado con el aviso que el autor encontró en un restaurante al borde de la carretera La Línea, entre Calarcá y Cajamarca.

Y esto fue lo que logró don Alfonso con sus dos curiosos cuadernillos: que el Quindío se reconociera en su humor para disminuir la tensión de tiempos difíciles.

En una rudimentaria edición y con su lenguaje particular, don Alfonso así redactó la introducción de su primer folleto:

“Los típicos letreros de tiendas, fondas y sanitarios es el fruto de varios años de labor, recogiendo hasta donde nos ha sido posible cuanto el ingenio colombiano ha dejado escrito en las cantinas, fondas, tiendas, caminos y servicios sanitarios, etc. Hemos usado las palabras completas, sin cambiarle o figurarle su sentido, para no quitarle fuerza a su intención o su fin…

…De allí que quede a disposición de los lectores llevar este libro a su casa o esconderlo para leerlo cuando estén sentados en el sanitario y trancada la puerta…

…Estas leyendas no necesitan presentación. Aquí solo podemos decir, como el dueño de la finca en cercanías de Sevilla: ‘Siga con confianza, que el perro está vacunado’”.

Y qué mejor día para leer nuevamente a don Alfonso que el 28 de diciembre, el de los Santos Inocentes, porque el notable escritor nos permitió llenarnos de humor los 365 días, y no solo ese día que recuerda la escena bíblica, pero que en Colombia se llenó de picardía. Lo logró don Alfonso a través de la lectura de sus crónicas y recordando las cuitas vividas por él en diferentes pueblos del Quindío.

A renglón seguido, y ya para darle orden a su compilación agradable, en la introducción del primer cuadernillo anotó lo siguiente:

“Estas leyendas han sido recogidas en forma popular visitando fondas, tiendas, recorriendo caminos, hablando con turistas y en algunas publicaciones. En esta primera sección presentamos aquellas colocadas en establecimientos públicos, negando por anticipado el fiado. Luego viene una segunda sección que presenta la publicidad comercial, cuando aún no se contaba con emisoras y televisión y eran escasos los periódicos. En tercer lugar vienen los letreros de los sanitarios, que han llamado la atención por su originalidad y, algunos, por el vocabulario que emplean. En cuarto lugar llegan leyendas variadas”.

La mayoría se refieren a la tradición del fiado y reflejan la sabiduría popular que atiende, en este caso particular, a la prevención del camino hacia la ruina del tendero por cuenta del fiado:

“…En una tienda de Tebaida, Quindío, figuró hace varios años este anuncio: ‘Si usted es hombre prudente y necesita dinero, no se valga del tendero, que jamás será su cliente’”.

“…En una fonda de la vereda Pantanillo, Armenia, había un letrero que decía: ‘Llegan con mucha mansedumbre y cuando van a pagar parecen un tigre’”.

“…En una tienda de Génova, Quindío, se leía: ‘hoy no fío, mañana sí’”.

Los avisos comerciales, que aparecen en la segunda parte del primer cuadernillo, nos reflejan la tendencia que todavía tienen los de las cuatro décadas siguientes; o sea, la costumbre de los comerciantes por impactar a sus clientes al exhibirlos en las partes más visibles de sus negocios.

El siguiente es uno muy particular, porque ocurrió que algunos poetas los escribían por encargo de tenderos y comerciantes. Es un buen ejemplo de ello el que don Alfonso relacionó con su referencia de tiempo y lugar:

“…En el año de 1941 funcionaba en Armenia el almacén de Jesús Salazar Mejía. El poeta Bernardo Palacio Mejía le escribió, para su propaganda, este soneto que fue colocado en la vitrina:

‘Allí compra la niña quinceañera,

el muchacho y el viejo enamorado,

el médico notable, el empleado,

el sastre y la afamada costurera.

 

Allí compra la novia montañera

y el filipo de pelo engominado,

allí compra el mendigo atormentado

y la hermosa de talle de palmera.

 

Pues el que compra allí, seguramente,

desde ese mismo instante se hace cliente

y pregona su gran economía,

 

diciendo a sus amigos cada rato,

que no hay nadie que venda tan barato

como aquí vende SALAZAR MEJÍA’”.

Y no faltaba el humor cáustico en los mensajes de las tiendas, como el siguiente, al cual don Alfonso siempre le añadía su historia correspondiente:

“…En Valparaíso, Antioquia, funcionó una tienda que estaba llegando a la quiebra por los fiados. Su propietario un día hizo pintar un cementerio con sus respectivas cruces en un cuadro grande. En cada cruz puso el nombre de uno de sus deudores y en la parte baja esta leyenda: ‘Los que allí yacen no dejaron deudos sino deudas’”.

El aviso más particular fue el que don Alfonso utilizó para la portada de su primer cuadernillo. Esta es su referencia:

“…En el año 1949 funcionó un restaurante camionero en la carretera que de Armenia comunica a Ibagué, cerca a La Línea, cordillera Central. Allí había un aviso grande en la pared de esterilla, que fue fotografiado por el señor Manuel Cuartas y que sirve de ilustración a este libro, gracias a la ampliación de la artista Dolly Valencia Parra. Dicho aviso decía, con su ortografía:

 

MICIBA

Esto que busté be, ceñor, se llama KACINO AMAO

i pa atendelo mejor

no me desija, pues, fiao.

 

Ce bende aquí permanente

los huevos, con compromiso,

y con harepa caliente

ce le arrempuja el choriso.

 

Las llucas son con la mano

y ce cirben con gayina,

con costilla de marrano

igual que con baselina.

 

Pa aser ganas sin peresa,

manque el tipo té ravón,

le bendemos la servesa,

guiske, aguardiente y gu ron”.

En la tercera parte se presentan los avisos de los sanitarios. Todos están llenos de chispa y con términos innombrables por su carácter escatológico. Ya en la publicación del semanario Satanás, don Alfonso había anotado lo siguiente:

“…Son innumerables las leyendas dejadas en los sanitarios de establecimientos públicos, como cantinas y fuentes de soda. Muchas de estas leyendas tienen sentido vulgar o pornográfico. Hay algunas como estas: ‘En tus manos está el futuro de Colombia’. ‘Si quiere vivir fuerte y sano, no le dé a la mujer de lo que tiene en la…’”.

Transcribo solo uno de los avisos de sanitarios, el que se permite publicar por simple decoro:

“…En el inodoro de un restaurante de la ciudad de Cartago, Valle, estaba este aviso: ‘Aquí termina la sabiduría de un cocinero’”.

El cuarto capítulo se titula Leyendas variadas. Aquí el autor acude a la historia y a las referencias que otras personas le han transmitido, conservando el tono gracioso de muchos mensajes:

“…Decía un diario bogotano que durante la toma de la Embajada de la República Dominicana en Bogotá los secuestradores entraron pegándole a todos los embajadores. Cuando le tocaba el turno al Nuncio de Su Santidad, pasaron por alto y siguieron con el que estaba a continuación. El Nuncio reclamó, manifestando que a él también le podían pegar como hicieron con Jesucristo. Los secuestradores le respondieron: ‘Usted no ha visto el aviso que hay allá afuera en la pared que dice: Prohibido pegar anuncios’”.

“…En una localidad de Antioquia un carpintero colocó un aviso con las siguientes leyendas: ‘La mayoría del pueblo hace cola. Los ejecutivos echan serrucho. Los empleados menores echan cepillo. Los políticos se cantan la tabla. Los comerciantes se dan madera. Las mujeres le revuelven guadua. Los cafeteros se mezclan aserrín. Algunos se pasan de listones. El resto saca viruta, a esta masa impoluta, en este pueblo hijueputa’”.

Seis años después (1988), don Alfonso publica el segundo tomo de su obra Los típicos letreros de las tiendas, fondas y sanitarios.

Se conserva la misma estructura del tomo primero, haciendo la aclaración siguiente:

“Son una contribución al folclor del pueblo colombiano, en gran parte para que las leyendas no se pierdan al paso de los años. Este segundo tomo trae leyendas completamente diferentes del primero. Hecha la anterior explicación, permítasenos recordar aquí las trovas del mexicano Amado Nervo:

 

‘En este libro casi nada es propio;

con ajenos pesares pienso y vibro;

y así, por no ser mío y por acopio

de tantas excelencias que en él copio,

este libro es, quizás, mi mejor libro’”.


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