Doña Rosalina en Filandia y María Amparo en Bogotá transformaron el oficio del lustrabotas con talento, coraje y sensibilidad artística.
El oficio de lustrabotas ha sido masculino por tradición. Sin embargo, varias mujeres se han dedicado a esa actividad debido a razones de física necesidad y por supervivencia. En mi pueblo natal, Filandia, todos recordamos a doña Rosalina Cifuentes Galiano, la “embellecedora de calzado”, como ella prefería que la llamaran.
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Era la esposa de don Antonio, también lustrabotas, y quien pereciera hace muchos años, lo que obligó a la humilde mujer a tomar la cajita de embolar e incursionar en tan desconocido oficio para ella. Todo en el afán de brindarle el alimento básico a su tres hijos y verlos crecer. Se celebró el tercer aniversario de su fallecimiento, el 31 de mayo pasado, y por eso me permito transcribir un fragmento del artículo publicado el 1 de junio de 2022, cuando se destacó otra faceta de su existencia, enmarcada ella en el arte musical:
“Fue compositora e intérprete de sus canciones, las que presentó en diferentes auditorios y entonaba con su cantarina voz. En la década de 1950 su principal escenario fue el estudio de ‘La Voz Amiga’ de Pereira, la primera ciudad que conoció cuando decidió salir de su tierra natal, la ciudad de Medellín, donde había nacido en 1932. A través de las ondas de radio de esta legendaria emisora, doña Rosita dio a conocer sus populares composiciones melodiosas, que se escucharon en toda la región cafetera. Aún en su lecho de enferma cantaba con arrugada entonación aquellos versos de su inventiva. Como los que regaló al patrimonio sonoro del Quindío, cuando los profesores Álvaro Pareja Castro y Martha Cecilia Valencia, del Centro de Investigación y Documentación Musical la visitaron, con el fin de registrar en sus archivos algún fragmento de su creación demosófica. Entró así a la historia musical de la región”(1).
El cariñoso título de ‘la niña de la calle’ fue ganado por doña Rosalina y muchos recuerdan sus audiciones cuando llegó a la capital de Risaralda, pues en esas emisiones de radio su voz se reconocía, por la dulce sonoridad, en la interpretación de música campesina.

Como no era suficiente lo que ganaba, emigró con su esposo al Quindío. En Filandia, al modesto don Antonio todos los ocupaban en el oficio del lustre del calzado, mientras doña Rosita trataba de seguir con su actividad artística, participando en los coros del templo católico y, especialmente, en la entonación de los bellos cánticos del Viernes Santo de la procesión del Viacrucis. Nos contaba que esas letanías las había aprendido en la época de estudiante de sus dos primeros años de bachillerato en un colegio salesiano que la acogió. Pero su vida cambió cuando su anciano esposo muere y debe tomar la cajita de embolar. Era la primera vez que una mujer se desempeñaba en el oficio en el ambiente callejero de Filandia. No fue fácil para ella, pues no olvidó los reclamos de sus clientes al ver que el betún también embardunaba sus calcetines y por eso le reprochaban. Pero la insistente mujer siguió en su empeño, convirtiéndose por años en un personaje icónico del pueblo.
Lejos del Quindío, en la fría Bogotá, desde los setenta, otra mujer se dedicaba también al oficio de embellecedora de calzado. Maria Amparo Amaya Alarcón es un nombre que evoca humildad y perseverancia, había llegado de Carmen de Carupa, un pequeña población de Cundinamarca, donde nació en 1947. Aunque es hoy poeta reconocida en Colombia -ha publicado tres libros de poesía y dos novelas- ella recuerda con cariño que también se ocupó en el oficio de lustrabotas. Así lo menciona una publicación de revista, donde se relieva el papel de esta sencilla mujer en la literatura colombiana:
“… Terminó el siglo pasado igual como comenzó su vida: deambulando por las calles de Bogotá con su caja de embolar pintada a mano, buscando clientes con zapatos opacos e ideas brillantes con quienes compartir unos minutos de su vida tormentosa, almacenados en forma de versos.En una de las calles del barrio La Candelaria descubrió una puerta abierta con una placa que decía ‘Casa de Poesía Silva’. Con el arrojo que le dejó medio siglo viviendo en las calles, entró en busca de clientela para sus betunes y para sus historias. Encontró zapatos y oídos dispuestos”(2).
En esa crónica que cuenta su vida,el autor relata cómo desde aquel día su vida cambió, pues esa puerta de La Candelaria se abrió para que ella entrara al mundo de las letras.Uno de sus poemas, titulado ‘La muerte, reina’, fue uno de los escogidos en la convocatoria de un concurso de poesía llamado ‘Descanse en Paz la Guerra’ en el año 2003.

Así termina la publicación:
“Escribió cuatro poemas para el concurso, que se sumaron a los de otros siete mil colombianos que también quisieron protestar por la guerra. Su poema, inspirado en la intervención de Estados Unidos en Irak, fue elegido por los jurados como uno de los veinte ganadores y leído ante más de cinco mil personas en una manifestación contra el conflicto en la Plaza de Toros de Bogotá. Se ganó un millón de pesos como premio”.
Aunque a doña Rosalina sus canciones no le representaron ganancias significativas – y tampoco fue tan prolífica su producción musical – la emoción que le causaba interpretar las canciones populares la acompañó hasta su lecho de enferma. Repentinamente entonaba sus tonadas y no se cansaba de dar a conocer la que le había dedicado a Filandia.
Dos mujeres con historias que son ejemplo de resiliencia. Rosalina debió ocuparse en labores del campo, antes y después de la muerte de su esposo, quien presentaba constantes quebrantos de salud. Obedece al tipo de mujer batalladora, que nunca declinó, pues el hogar debía avanzar.
La niñez de María Amparo fue infeliz. Creció en un internado de Chapinero y nunca tuvo conocimiento de quienes eran sus padres y hermanos. Pero lo más triste de su pasado se consigna en la siguiente mención de la crónica:
” Le tocó aprenderse sus cuentos y poemas de memoria, porque las profesoras los consideraban profanos y rompían los papeles donde los plasmaba con dificultad a sus escasos 8 años. Como no pudieron contra su mente, la expulsaron de la escuela y la mandaron a trabajar como empleada doméstica a una casa de familia en Bucaramanga”.
Dos mujeres,cuyas imágenes, fotografías y la presentación de sus rasgos fisonómicos, nos retratan la pureza de la mujer humilde y trabajadora. Varios dibujos que muestran el rostro de doña Rosalina, en folletos artesanales elaborados por estudiantes de Filandia (y que se guardan en la biblioteca pública) así como las trenzas de María Amparo ( “Alma de la Calle”, como se le conoce en el medio literario) muestran los perfiles de personajes destacados dentro de las comunidades.
Referencias.
(1). Restrepo Ramírez, Roberto. “En Filandia despidieron a su embellecedora de calzado”. En La Crónica del Quindío. 1 de junio de 2022.
(2). Vélez Robledo, Pilar. “Versos tejidos de betún”. En La Revista, El Espectador. No. 150. 1 al 7 de junio de 2003.
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