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El peso de los actos, la obesidad como un problema de salud pública

Silvana Lopez Hernandez

sábado, 21 febrero 2026

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Medicamentos como Semaglutida ganan protagonismo en un debate que combina riesgo metabólico, entorno alimentario y responsabilidad estatal.

En una de las escenas más recordadas de la película Seven, la gula es representada como un pecado y símbolo extremo del exceso humano. Su narrativa construye una mirada moral sobre el consumo desmedido de alimento como falla individual; pero fuera de la ficción, el debate cambió y, en la actualidad, el exceso de peso se interpreta desde la evidencia científica.

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En Colombia, el sobrepeso y la obesidad se registran en historias clínicas, se miden en porcentajes de grasa corporal y se analizan como parte de una problemática compleja de salud pública. Lo que antes se explicaba desde la voluntad individual, ahora se comprende como el resultado de múltiples determinantes biológicos, sociales, culturales e incluso económicos.

Durante décadas, el sobrepeso fue reducido a una cuestión de disciplina personal o falta de autocontrol; sin embargo, la evidencia médica desmonta esta narrativa. La obesidad es reconocida como una enfermedad crónica multifactorial que involucra alteraciones metabólicas, cambios hormonales, factores ambientales y condiciones estructurales que influyen en la alimentación y la actividad física. No se trata únicamente de cuánto se come, sino de cómo el tejido adiposo se comporta dentro del organismo y de qué manera el entorno moldea las decisiones cotidianas.


El análisis ya no gira en torno al juicio, sino en torno al riesgo metabólico y a las estrategias de prevención.

El endocrinólogo Jhon Jairo Ossman, coordinador del Grupo de Obesidad y Nutrición de la Asociación Colombiana de Endocrinología, señala que el problema no radica únicamente en el peso total del cuerpo, sino en la calidad y localización de la grasa acumulada.

Durante años, el índice de masa corporal (IMC) fue el parámetro determinado para clasificar sobrepeso y obesidad. Aunque sigue siendo útil como herramienta poblacional, presenta limitaciones, ya que no distingue entre masa muscular y masa grasa ni permite identificar la distribución del tejido adiposo. “Un fisicoculturista puede tener un IMC elevado sin padecer obesidad; en cambio, una persona con un IMC aparentemente normal puede tener un porcentaje de grasa metabólicamente riesgoso”, expresó Ossman.

La evaluación actual, se centra en la composición corporal medida mediante impedanciometría, una técnica que permite determinar el porcentaje real de grasa en el organismo. En mujeres, un porcentaje superior al 35 % se considera obesidad y en hombres, por encima del 25 %, con este cambio metodológico se desplaza la atención del peso visible hacia el riesgo metabólico interno.

Ossman advierte que existe especial preocupación en la llamada grasa ectópica, que se infiltra en órganos como el hígado, el páncreas o la región cervical. Cuando el tejido adiposo invade el hígado puede provocar enfermedad hepática grasa, si se deposita alrededor del páncreas altera la secreción de insulina y favorece la diabetes tipo 2 y si se acumula en el cuello incrementa el riesgo de apnea obstructiva del sueño. Este comportamiento disfuncional del tejido adiposo, se denomina adiposopatía, y explica por qué la obesidad está asociada a múltiples complicaciones cardiometabólicas.

 

Colombia y la tasa del exceso de peso

De acuerdo con el World Obesity Atlas 2025, el 26 % de los adultos colombianos vive con obesidad, mientras el 64 % presenta un índice de masa corporal elevado. Esto significa que más de seis de cada diez personas mayores de edad tienen un peso superior al considerado saludable y las proyecciones estiman que para 2030 cerca de 27,9 millones de colombianos podrían tener un IMC alto, una cifra que anticipa una presión creciente sobre el sistema de salud.

El informe también señala que en 2021 se registraron 8.198 muertes prematuras asociadas a enfermedades no transmisibles vinculadas con esta condición, y 378.621 adultos viven actualmente con patologías atribuibles a un IMC elevado. Estas cifras se presentan en casos de hipertensión, dislipidemias, enfermedad hepática, osteoartritis, ciertos tipos de cáncer y múltiples afecciones que deterioran progresivamente la calidad de vida.

A pesar de la magnitud del fenómeno, el país no ha realizado en los últimos cinco años encuestas nacionales actualizadas que permitan medir con precisión los cambios recientes en patrones alimentarios y la obesidad. La ausencia de datos recientes limita la formulación de políticas públicas más eficientes y dificulta la evaluación real del impacto de las intervenciones existentes.

 

La diabetes como consecuencia más frecuente

La relación entre obesidad y diabetes tipo 2 es directa, según cifras preliminares de la Cuenta de Alto Costo (CAC) con corte del 31 de agosto de 2025, en Colombia hay 2.597.719 personas diagnosticadas con diabetes. La prevalencia nacional se sitúa entre el 7 % y el 8.5 % de la población, y supera el 11 % en algunas zonas urbanas; es decir, más del 66 % de los pacientes diagnosticados presenta obesidad asociada, lo que confirma la conexión entre ambas condiciones.

El panorama es más complejo cuando se revisan las complicaciones, hasta un 40 % de los pacientes con diabetes tipo 2 puede desarrollar enfermedad renal, y cerca del 30 % presenta retinopatía diabética, una de las principales causas de ceguera. No obstante, solo uno de cada dos pacientes accede a tamizajes oportunos para detectar daño renal o visual, lo que implica diagnósticos tardíos, tratamientos más costosos y secuelas irreversibles.

La diabetes figura entre las principales causas de mortalidad en el país, con tasas cercanas a 15 por cada 100.000 habitantes, y se estima que aproximadamente la mitad de las personas que la padecen no están diagnosticadas.

 

Detrás de cada cuerpo existe una historia

 Dentro de las cifras hay historias que ilustran la dimensión del problema, una de ellas es la de Luz Adriana Bolívar, quien ha vivido con obesidad tipo lll durante dos décadas. Relató para La Crónica del Quindío que el aumento de peso comenzó tras un embarazo complicado por preeclampsia, y desde ese entonces ganó entre 15- 20 kilos, que nunca logró perder completamente y, con el tiempo, aparecieron complicaciones: dolor crónico en las rodillas, problemas circulatorios, un trombo que requirió cirugía y la extracción de una vena principal, además de afecciones ginecológicas asociadas al peso.

Intentó dietas estrictas y logró bajar 12 kilos en un periodo determinado, pero mantener una alimentación especializada resultó económicamente inviable, “comer saludable es caro”, mencionó.

Por otro lado, la dinámica familiar y los recursos limitados condicionan sus decisiones alimentarias, admite que la ansiedad y el estrés, influyen en su relación con la comida.

El impacto psicológico no proviene únicamente del peso corporal, sino también del trato social. Hace dos años en una consulta médica, una profesional le cuestionó si quería a sus hijos y comparó su cuerpo con el de una vaca; esta escena, lejos de motivar un cambio, profundizó el estigma, en lugar de promover salud, generó rechazo y dolor debido a su condición.

 

Cultura alimentaria y entorno

El nutriólogo y epidemiólogo Carlos Zapata sostiene que el problema debe analizarse dentro de la transición alimentaria, y en el contexto cultural y económico. Colombia ha experimentado una transformación hacia una dieta occidentalizada, caracterizada por un alto consumo de ultraprocesados, azúcares simples y carnes rojas, acompañado de una disminución en la ingesta de frutas y verduras. En muchas regiones, una sola comida puede incluir arroz, papa, plátano y arepa, lo que refleja una tradición culinaria que privilegia el carbohidrato como eje del plato.

A esto se suma la creciente disponibilidad de alimentos altamente calóricos y de bajo costo, que cumplen expectativas de sabor y accesibilidad, pero no necesariamente de calidad nutricional; un ejemplo es la panela, presente en bebidas cotidianas, siendo una fuente significativa de azúcar simple.

Por otro lado, menciona Zapata, el entorno urbano y la tecnología han reducido la actividad física espontánea: trabajos sedentarios, transporte motorizado y jornadas prolongadas frente a pantallas disminuyen el gasto calórico diario.

Si bien el país ha avanzado en etiquetado frontal de advertencia, los especialistas consideran que la regulación publicitaria sigue siendo insuficiente y faltan campañas sostenidas que promuevan de manera activa el consumo de frutas, verduras y actividad física regular.

 

Semaglutida: herramienta médica en un mercado viral

En medio de este panorama marcado por el aumento del exceso de peso y de las enfermedades metabólicas asociadas, emergió con fuerza la semaglutida, comercializada como Ozempic.

 El endocrinólogo Jhon Jairo Ossman aclara que no se trata de un producto nuevo en la práctica clínica, sino de un medicamento desarrollado inicialmente para el tratamiento de la diabetes tipo 2 y que posteriormente demostró eficacia en el manejo de la obesidad.
Según explica el especialista, su principio activo es un agonista del receptor GLP-1, una hormona intestinal que participa en la regulación del apetito y en el control de la glucosa. Al actuar sobre estos receptores, la semaglutida retrasa el vaciamiento gástrico, prolonga la sensación de saciedad, disminuye el apetito hedónico y mejora la sensibilidad a la insulina. Estos mecanismos fisiológicos contribuyen tanto a la reducción de peso como al control metabólico, especialmente en pacientes que presentan alteraciones asociadas como resistencia a la insulina o diabetes tipo 2.

Los especialistas entrevistados coinciden que no es un fármaco estético, sino una herramienta terapéutica dentro de un esquema de manejo integral. Su eficacia ha sido respaldada por estudios clínicos que muestran reducciones significativas de peso cuando se combina con cambios en alimentación y actividad física.

Sin embargo, su creciente visibilidad en redes sociales se ha vuelto tema de debate tras la presentación del medicamento como una solución rápida para bajar de peso, incluso sin indicación médica formal, lo que ha generado episodios de desabastecimiento y uso sin supervisión profesional, especialmente en Estados Unidos mencionó el doctor Zapata.

Los expertos advierten que, aunque la semaglutida no es intrínsecamente peligrosa, no está exenta de efectos secundarios como náuseas, vómito, alteraciones gastrointestinales y, en casos específicos, requiere vigilancia clínica estrecha. Además, no todos los pacientes son candidatos adecuados y su uso debe evaluarse de manera individual; reducir este medicamento a una moda cosmética ignora su propósito metabólico y la necesidad de seguimiento profesional.

La obesidad es una enfermedad crónica que requiere seguimiento continuo, intervención nutricional, actividad física adaptada a cada condición y, en muchos casos, acompañamiento psicológico. El medicamento puede ser parte del tratamiento, pero no reemplaza el abordaje integral; es decir, medicalizar sin criterio no soluciona el problema estructural que está detrás del aumento del exceso de peso en el país.
 


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