En el Quindío, se calcula que entre 15.000 y 18.000 personas son responsables del bienestar de otro ser humano, sin apoyo del Estado y sin garantías mínimas para su propio bienestar.
Cuidar no es una elección, es una obligación que recae, casi siempre, sobre mujeres que, por lazos familiares o necesidad, asumen la tarea sin condiciones dignas ni preparación adecuada. En la edición de ayer, con motivo del Día del Cuidador dimos a conocer varias historias, entre miles que hay en el Quindío, que revelan el drama que deben afrontar en su cotidianidad.
Y es que el cuidado, como tarea social, ha sido históricamente invisibilizado, ni siquiera figura en los registros laborales, no genera ingresos, no da pensión ni beneficios. La Ley 2297 de 2023, que establece el 24 de julio como el Día Nacional del Cuidador, pretendía cambiar esa situación. Pero lo que existe hoy es apenas una intención sin ejecución, una promesa sin cumplimiento. Una fecha simbólica que poco alivia la realidad.
María Lucy Castro, auxiliar de laboratorio, aprendió a cuidar por ensayo y error. Mover, alimentar, bañar, llevar al médico, hacer ejercicios terapéuticos. No hay formación, no hay acompañamiento. “Uno adivina si lo está haciendo bien o no”, dice, pero no como queja, sino como resignación. Porque en Colombia, cuidar es un acto de amor sostenido sobre el abandono institucional.
Se suponía que la ley iba a conllevar capacitaciones, subsidios, prioridad en salud, pero, en la práctica, nada trajo. Apenas este mes comenzó un piloto de caracterización con solo 25 personas. No hay reconocimiento formal como cuidadores, no hay documentos, no hay sistema. Mientras tanto, cada día, en silencio, cientos de personas asumen tareas físicas y emocionales extenuantes. La salud mental de quienes cuidan también se deteriora.
La mujer Comfenalco 2024, Rosy Salazar Vigoya, madre de un joven con discapacidad múltiple, lo resume de esta manera: “Cuidar 24/7 no solo consume el cuerpo, también erosiona la mente, la vida social, los planes de futuro. Y sin embargo, no hay alternativa. Muchas cuidadoras no pueden trabajar, aunque tengan estudios. Otras, simplemente no son contratadas”.
El cuidado no puede seguir siendo una responsabilidad privada, así lo señaló la Corte Constitucional, que en las sentencias T-150 de 2024 y T-011 de 2025 ordena construir una política pública sólida que incluya remuneración voluntaria, formación, y un enfoque que no castigue a quien cuida con el aislamiento, el empobrecimiento y el olvido.
Hoy, la realidad es otra: cuidar significa renunciar. A la autonomía, al descanso, a la estabilidad emocional. Y mientras el país no entienda que esta carga no puede recaer solo sobre las familias, especialmente sobre las mujeres, seguirá perpetuando un sistema desigual e injusto.
Solo cuando la necesidad llege a nuestras casas, entenderemos lo complejo que es cuidar sin red, sin guía, sin Estado. Por eso, más que homenajes, lo que se necesita es acción.
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