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En el mes de Maestro, la experiencia de una mujer que entre el willys de la leche y una motocicleta recorre las montañas del Bello Rincón Quindiano para dictar clases.

El oficio de educar a los estudiantes, de inculcarle valores no es para todos, se requiere de una intensa formación profesional, ética, responsabilidad, pero sobre todo de amor y motivación.

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Muchos tienen el pensamiento que la labor de los profesores solo se centra en dictar las clases en las aulas, calificar sus trabajos y puntos de vista, pero va más allá de ese concepto.

Los maestros en algunos casos se convierten en los padres de los alumnos, se vuelven los sicólogos y hasta los protectores ante cualquier adversidad que atente contra su formación como ser, sin importar que su estado de salud o de ánimo no sea el óptimo.

Pero también ser maestro es llegar a esos rincones donde pocos se atreven para enseñar y a la vez conocer y recibir lecciones para su vida, aunque a veces tienen que afrontar incomodidades.

Es cierto que otros orientadores deben afrontar más complicaciones para llegar a su lugar de destino, pero pueden compartir esa sensación de formar a aquellas personas que de seguro serán los líderes y pilares de la sociedad.

Este es el caso de Ana María López Castaño, la única profesora con la que cuenta la sede Cristales del Instituto Génova, ubicada en la vereda San Juan de la localidad genovesa.

Con trece años de experiencia en la labor, ya suma uno en la zona, y en ese tiempo no se imaginó primero que para llegar a la sede requiere de los mismos habitantes, y segundo, que tuviera bajo su tutoría a ocho pequeños estudiantes, de primero hasta cuarto de primaria, con los que sumó enseñanzas que enriquecen su vida.

“A otros compañeros les toca también difícil, escenarios más lejanos y complicados de transitar por derrumbes, yo creo que uno soporta adversidades por estos pequeños, por sus familias, por los buenos habitantes de la zona que te hacen sentir de su entorno”, dijo Ana María, quien también valoró a sus compañeros de trabajo de la sede principal, que son motivación para seguir en la tarea.

Agregó: “La verdad siempre quise ser docente de área rural, fue un anhelo, estoy segura que puedo hacer una muy buena labor acá. Ahora, yo vine también a aprender, siempre se piensa que el que sabe es el profesor solamente, la comunidad y los mismos niños te enseñan aspectos del campo, eso sin duda es gratificante”.

 

Un campero que lleva leche se encarga de trasladarla al colegio, al igual que a algunos niños de la zona.

El día a día

La profe Ana María comienza el día a las 4:30 a. m., hace su desayuno y prepara las meriendas que siempre lleva para que sus estudiantes las consuman en el momento de descanso.

Su hora de salida, desde su casa en Armenia hasta la parte urbana de Génova, es a las 5:45 a. m., la llegada al ‘Bello Rincón Quindiano’ se da a las 7:10 a. m. aproximadamente.

En la sede principal del Instituto Génova aguarda para que Fredy, aquel que se encarga de llevar la leche hasta la vereda San Juan, la recoja y la pueda también transportar.

Durante el camino, ese jeep Willys, que tiene la misión de acercar los productos lácteos y a la profesora de la zona, también atiende a los estudiantes que por el camino destapado se van a clases, la llegada al colegio es a las 8 a. m.

La jornada escolar se extiende hasta la 1 p. m., para muchos el afrontar las clases con niños de cuatro grados diferentes es una locura, pero Ana María lo toma como una bendición y gracias a alternativas nacionales ha podido hacerle frente a este caso.

Después de la 1 p. m. viene el retorno a Génova, en comparación con la ida, en esta oportunidad es un motociclista que se encarga de la tarea, pero es más compleja.

“Es que ya se empieza a sentir el agotamiento de la jornada y bajar en moto por una vía destapada, donde en las últimas semanas el invierno se encargó de afectarla, se vuelve incómodo y riesgoso ante una caída”.

Ya en el Instituto Génova, si tiene suerte, un compañero le hace el favor de llevarla en su vehículo hasta Armenia, su llegada es después de las 3 p. m., pero cuando debe tomar el servicio público ese viaje por lo general se prolonga hasta después de las 4 p. m.

“Por supuesto que sigo trabajando en casa, alistando clase para el otro día, trato de culminar a las 7:30 p. m., comparto con la familia y me duermo a las 9:30 o 10 p. m. para continuar al otro día la rutina”.

 

“Lo que uno aprende en San Juan a través de su gente es a valorar más las cosas, por ejemplo el agua”.

Cuestión de valorar

Al indagarle si no es mejor trabajar en un área urbana y no soportar a veces tantas incomodidades, la docente es clara al aseverar que “aquí se aprende a valorar las cosas”.

Añadió: “Todos cuando tenemos a la mano o fácil las cosas las ignoramos, como el agua por ejemplo, en tu casa abres el grifo y ahí aparece, no entendemos que el recurso se acaba; pero cuando están en lugares como San Juan, entiendes que todo es importante, cada acción que se lleve a cabo es vital. Entonces uno como persona, los niños y la gente, valoramos cada aspecto, eso es un gran motor”.

No se cuenta con beneficios como sí las tienen otros planteles, pero se encarga de incentivar a estos chicos a que pueden llevar a cabo muchas cosas y superarse día a día.

“Yo les he dicho si quieren ser astronauta lo pueden hacer, ¿qué se requiere?, disciplina, estudiar, concentrar y visualizar el objetivo sin importar dónde estén, pero uno les puede fomentar otras opciones de solución o cumplimiento más rápido como arreglar el salón”.

Hasta donde pueda Ana María seguirá su labor con pequeños de la zona, inculcando sus bases y también dispuesta a aprender, no descarta un día irse a vivir al campo, donde aprendió, según ella, experiencias increíbles que fortalecen el cuerpo y el alma.


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