Saltar al contenido

La artesana Maryuri Carrillo usa el tejido para sanar traumas y empoderar mujeres, transformando el dolor y la violencia en hilos irrompibles de resiliencia y libertad.

Hay una sabiduría silenciosa en las manos de Maryuri Carrillo Lozano, una artesana que ha entendido que el Quindío no solo se promociona, sino que se teje.

Originaria de este hermoso departamento, esta mujer de 43 años tiene la creatividad de plasmar más que simples trabajos, arte con sus manos. Observarla trabajar es entrar en un ritual donde cada hebra tiene un propósito y cada nudo una historia. Sin embargo, lo más fascinante no es la perfección de sus piezas finales, sino su filosofía frente al error: Cada nudo es el eco de una historia que se negó a ser silenciada. Cuando un hilo se rompe, no es el fin de la obra; es el espacio exacto donde nace la fuerza. En un mundo que nos exige ser impecables, su arte nos recuerda que remendar el alma es, quizás, la artesanía más valiente que podemos emprender.

Lea también: Jessica Jaramillo presenta Como tú dices, segundo sencillo de su nuevo álbum

Maryuri, más allá de llevar el tejido en sus manos, lo lleva en su ADN, en la sangre como un apellido que porta con orgullo. Heredera de una tradición ancestral y familiar que inicia en El Guamo, Tolima, y que, a causa de la violencia, el Quindío se convirtió en su nuevo comienzo.

Su historia empezó entre el olor a leña y la palma real. Pero su camino no fue lineal. Antes de entregarse por completo al taller, Maryuri buscó sanar desde la medicina como auxiliar de enfermería. Sin embargo, la vulnerabilidad del hospital le dolió tanto que entendió que su verdadera vocación no era curar cuerpos, sino almas, y así, reconstruir historias a través de la fibra, la madera y en su santuario “El taller”.

Escuchar la voz de Maryuri es comprender que la belleza a veces se paga con dolor. A sus 15 años, una depresión intervino en su caminar e intentó cortar su hilo vital. Once años después, a sus 26 años, tuvo que aprender a tejer sobre la fragilidad de un cuerpo marcado por el cáncer y los miedos que trae consigo. No obstante, el punto más complejo de su trama llegó con el maltrato, el nudo de su vida; un nudo de dolor que estaba desvaneciendo su existencia hasta casi desaparecerla y dejarla con solo 48 kilos de peso en la indiferencia y frío de Bogotá.

Fue en ese abismo que parecía infinito donde reapareció el colibrí en su vida, un animal de poder para recordarle que se vale retroceder para sanar desde el alma. Hoy su vida es una pieza terminada en su “océano verde”, como llama al Quindío, porque su arte-sana.

“El artesano – sana”, afirma esta tejedora de sueños compartidos, lo dice con una mirada que pareciera detener el tiempo. Para ella, una pieza artesanal que construye a partir de sus experiencias es más que un simple adorno; es un real escudo de libertad, resiliencia, amor, pero sobre todo construcción propia. Ha transformado sus propios naufragios en un talento que hoy viaja hasta los suelos de Milán.

Sin embargo, su mayor orgullo no son los miles de aplausos, los reconocimientos o las felicitaciones, sino la transformación del territorio del tejido social, pero sobre todo de las mujeres que ella lidera, quienes son mujeres que también han roto sus hilos y a través de un arte con corazón lo han podido reconstruir. Esta artesana quindiana teje para que ninguna otra mujer sea vulnerable, puesto que sabe que una mujer con independencia en todos los ámbitos de su vida, puede gritar ¡NO! Ante las adversidades de la vida, aquella que sabe amarrar nudos fuertes y que deja de ser víctima se convierte en la artesana que sana su propio destino.

Actualmente, las manos de Maryuri no solo crean miles de colibríes, 10.000 exactamente que la llevaron con su grupo de mujeres a Italia, sino también liberan almas, las dejan salir de jaulas para que sean las soñadoras en el paraíso verde y por qué no, más allá de sus fronteras. Sus colibríes son la prueba viva de que las cicatrices, cuando se entrelazan y tallan con propósito, se convierten en la parte más resistente del tejido; estos reposan sobre un lápiz, la cual es la pieza final del diseño, lápiz que escribe la historia de otras personas.

La sanadora de fibras contó su historia para esta columna en los pabellones de la feria turística más grande del país, allí con un bolso cargado de colibríes y el sol de la capital que hoy le recuerda lo que superó; deja claro que todos somos un tejido a medio terminar, en construcción constante y que en muchas ocasiones, muchos guardan sus alas por miedo a realmente volar para encontrarse a sí mismos.

Ante la duda de qué hacer cuando la vida se rompe, la respuesta de esta mujer es un conjunto de palabras realmente valientes: Sentarse en silencio, permitirse hacer catarsis, respirar el aire del paraíso Quindiano y empezar a tallar o a remendar, porque es justo ahí, justo en la cicatriz donde el hilo se vuelve irrompible, como si de piedra tallada se tratara.

Maryuri resalta que el hilo de la feminidad ha sido históricamente un hilo de sacrificio. Comparte sobre las mujeres, que a lo largo de los siglos tuvieron que dar su vida para que hoy muchas tuvieran voz, aquellas que se consumieron en el fuego de las fábricas o en la lucha de las plazas. Pero esta protagonista soñadora las honra de una manera completamente diferente: “Ella no entrega su vida al sacrificio, lo hace al servicio”. No muere por la causa, vive y al vivir con tal poder, salva a los demás.

Unas manos que un día pesaron solo angustia; hoy sostienen el orgullo de todo un departamento siendo parte como líder activa de la asociación Arte y Corazón, esas manos son ahora el telar donde otras mujeres aprenden que no somos el daño que se vivió o las luchas pasadas, sino lo que se decide tejer con los restos de lo que quedó.

Cuando una persona mira los colibríes no solo se aprecia la artesanía. Se ve a la mujer que voló en reversa para recuperar su esencia, la enfermera, mamá, esposa que aprendió a suturar el espíritu como su abuela lo hacía cuando los invitaba a todos a tejer alrededor de una fogata, a remendar su propia historia.

Maryuri enseña a todas que estar rota no es el final del camino, sino el inicio real de una pieza aún más hermosa. Su vida demuestra que el nudo no es error, sino el punto exacto donde el hilo se vuelve más fuerte, donde la madera se hace preciosa. Porque en el tallar y telar de la existencia, el arte más valiente no es ser impecable o perfecto, por el contrario, tener coraje de volver a empezar, una puntada, una pincelada a la vez, hasta que el alma vuelva a brillar, tan libre tan poderosa como los colibríes vuelan en el océano verde, en su propio océano verde.


junio 2026
L M X J V S D
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
2930