A 27 años del sismo del 25 de enero de 1999, el Ejército Nacional resalta los aprendizajes en articulación institucional y gestión del riesgo.
Hace 27 años, el departamento del Quindío fue escenario de una de las tragedias más dolorosas en la historia reciente de Colombia. El terremoto del 25 de enero de 1999, de magnitud 6.2 en la escala de Richter, sacudió con fuerza el territorio, dejando miles de víctimas, incontables pérdidas materiales y una huella imborrable en la memoria colectiva de la región.
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Más allá de la devastación física, el sismo transformó la vida de quienes sobrevivieron: familias que perdieron a sus seres queridos, hogares reducidos a escombros y comunidades enteras obligadas a recomenzar. En medio del caos y la incertidumbre, el papel del Estado, los organismos de socorro y la Fuerza Pública fue determinante para restablecer el orden y atender la emergencia.
Testimonio desde la vivencia
El coronel Yanni Alexánder Melo Restrepo, actual jefe de Estado Mayor y segundo comandante de la Octava Brigada del Ejército Nacional, vivió de primera mano los efectos del desastre cuando aún era un ciudadano más en Armenia. Para él, el terremoto marcó un antes y un después:
“Si hay una experiencia que marcó nuestras vidas, es el terremoto de Armenia. Ver familiares y amigos que perdieron la vida fue una etapa que dejó heridas profundas en lo más hondo del corazón” recuerda.
A pesar del dolor individual, la respuesta colectiva se volvió urgente. Las instituciones debieron actuar con rapidez para enfrentar las consecuencias de la tragedia, asumir responsabilidades y generar condiciones mínimas de seguridad para la atención humanitaria.
Caos, orden público y respuesta institucional
Alberto Rosas Londoño, sargento primero en uso de buen retiro y director de la Defensa Civil Seccional Quindío en ese entonces, rememora que las primeras horas posteriores al sismo estuvieron marcadas por el desorden y la desarticulación. En su relato señala que varias instituciones clave, como los Bomberos, la Policía Nacional y unidades del Ejército, también resultaron afectadas en su infraestructura y personal, lo que limitó inicialmente la capacidad de respuesta.
Ante este escenario, y según lo relata Rosas en su libro Rosas y espinas, hacia la gestión del riesgo de desastres, fue necesaria la militarización de la ciudad para garantizar condiciones de seguridad que permitieran el ingreso y trabajo de los organismos de socorro y de salud. Sin embargo, durante las primeras horas, los saqueos y los problemas de orden público se impusieron como uno de los mayores desafíos.
Con la convocatoria del Comité Regional de Emergencias, la coordinación entre las entidades comenzó a fortalecerse. Tropas de la Octava Brigada, apoyadas por unidades militares de otras regiones, realizaron el cierre de la ciudad y ejecutaron acciones para contener el vandalismo y proteger a la población.
Apoyo humanitario y reconstrucción
Con el paso de los días, el rol del Ejército Nacional trascendió el control del orden público. Las tropas se convirtieron en un apoyo fundamental para la organización, almacenamiento y distribución de ayudas humanitarias. El antiguo Idema fue el principal centro de acopio desde donde soldados y vehículos militares llevaron alimentos y suministros a los sectores más afectados de Armenia y municipios cercanos.
La labor articulada entre las Fuerzas Militares, los organismos de socorro y las autoridades civiles fue visible para la ciudadanía y ampliamente documentada por los medios de comunicación que cubrieron cada etapa de la emergencia.
El periodista Roberto Jairo Betancourth Escobar, de un reconocido medio nacional, conserva en su memoria aquellos días que marcaron la historia del país, destacando el compromiso y la presencia constante de los soldados del Ejército Nacional en uno de los momentos más complejos que ha enfrentado Colombia.
Lecciones que transformaron la gestión del riesgo
El terremoto del Eje Cafetero se convirtió en un punto de inflexión para el país en materia de prevención, atención y gestión del riesgo de desastres. La experiencia obligó a las instituciones a repensar sus capacidades, protocolos y formas de articulación.
En el caso del Ejército Nacional, este aprendizaje se tradujo en una proyección institucional que hoy se refleja en la creación de la Brigada de Prevención de Desastres, unidad especializada que ha participado de manera activa en la atención de emergencias naturales tanto en Colombia como en otros países.
A 27 años del desastre, el recuerdo del 25 de enero de 1999 no solo evoca dolor y pérdida, sino también un proceso de transformación institucional que fortaleció la capacidad del Estado para responder, de manera más coordinada y eficaz, ante futuras emergencias.
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