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El terremoto y la reubicación: la construcción del tejido social

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jueves, 25 enero 2024

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Vivir en los extramuros, extrapoblados y con un tejido social en decadencia se convirtió en la cotidianidad de estos barrios que acogieron cientos de ilusiones perdidas tras el terremoto y que cambiaron con su construcción la percepción de ciudad. 

Cambuches, desolación y la misma duda de desconocer qué seguía después de un suceso que por infortunio para muchos, arrebató vidas, viviendas y sueños aquel 25 de enero de 1999.

El terremoto, a su paso, derribó 36.000 casas del Eje Cafetero en un solo día, pero la desesperanza acompañó a todas las familias que sufrieron los resultados de la tragedia durante los siguientes largos años, pues de los escombros y en cambuches, tuvieron que rehacer su vida y encarar su nueva realidad.

Parte de este nuevo reto para los damnificados, que fueron congregados aleatoriamente en los nuevos barrios, fue relacionarse con personas desconocidas cuyas formas de vivir eran ajenas entre sí; algunas eran reservadas con sus cosas, y otras tenían temperamentos fuertes que generaban conflictos en el interior de los hogares o con los demás vecinos, fue tanto con lo que estaban lidiando en aquella época que la tolerancia y el orden deshabitaron esos nuevos sectores. 

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En la Nueva Tebaida la convivencia tuvo una transformación

Martha Gissel García, residente del barrio que nació después del terremoto denominado Nueva Tebaida, narró que “cuando sucedió el sismo vivía en el barrio la Brasilia, luego viví en un cambuche ubicado en el parque durante un año, luego fuimos trasladados para Cenexpo y allá vivimos como otro año hasta que nos trasladaron a este barrio para finalmente tener una casita”. 

Inicialmente la convivencia entre vecinos fue muy complicada, ya que se concentraron personas de puntos álgidos de Armenia que generaban incertidumbre por ser violentas. Sin embargo, con el paso del tiempo, la convivencia fue mejorando notablemente y desde hace casi 2 años las problemáticas entre vecinos disminuyeron, hoy están disfrutando de un ambiente más sano y tranquilo. 

Llanitos de Guaralá aún sufre el flagelo de la drogadicción 

Yenny Patricia Morales, residente del barrio Llanitos de Guaralá, ubicado en Calará, afirmó que cuando llegó al sitio se encontró con ladrones y consumidores de sustancias sicoactivas. “Incluso vi cómo la gente obligaba a los niños a consumir a las malas y mi sobrinito fue víctima, pues llegaba a la casa muerto del miedo y con temor de ir a la tienda porque los consumidores lo presionaban para que conociera el vicio”. 

Al principio la relación entre vecinos consistía en saludarse y continuar su camino, pero con el tiempo se fue tornando problemática y tensa. No obstante, hoy la situación mejoró, pero el consumo sigue inquietante, pues al parecer el número de personas que cometen el acto sigue creciendo, y el hábito de no respetar a los niños o adultos mayores no se ha perdido.

En el Jubileo la condición de vida mejoró y los hurtos disminuyeron 

Liliana Patiño, habitante del barrio Jubileo de Armenia desde hace 20 años, al que llegó después de haberlo perdido todo y estar 4 años supliendo sus necesidades básicas en un cambuche, expresó: “Yo llegué casi que a fundar el barrio, al principio, cuando empezaron a llegar todos los habitantes, el barrio era horrible. No se podían dejar las casas solas, les metían varilla a las puertas, las doblaban y robaban demasiado, lo que hubiera. Hoy, después de 25 años, la situación ha venido mejorando”. 

Condiciones de las casas entregadas 

De acuerdo con el testimonio de la arquitecta María Eugenia Beltrán Franco, directora de investigaciones del Centro de Estudio del Patrimonio desde 1999, expresó que el constructor contratado para fabricar las nuevas urbanizaciones entregaba unas casas de 3 metros de ancho por 6 metros de fondo, con una habitación, una cocina con poceta de lavaplatos, el baño y un lavadero prefabricado, y eso se llamaba unidad básica, que tenía un total de 18 metros cuadrados.

Por lo anterior y debido a las condiciones paupérrimas en las que acomodaron a algunas familias damnificadas, la arquitecta considera que incrementó la tensión social entre las mismas personas, ya que factores como la falta de espacios de esparcimiento, la falta de privacidad, las complicaciones económicas de quienes perdieron todo y la rivalidad que posiblemente existía entre ciudadanos de diferentes barrios que ahora debían convivir en una misma locación incidieron en generar un ambiente pesado que debilitó considerablemente el tejido social. 

“El proceso de reconstrucción se centró en lo físico, pero no en la reparación del tejido social” 

Roberto Restrepo Ramírez, antropólogo e historiador, expresó: “Uno de los procesos más accidentados de la reconstrucción pos terremoto de 1999 fue la construcción de nuevos barrios, un desacierto total. Se proyectaron presupuestos para la instalación de nuevos asentamientos, pero no se tuvieron en cuenta lotes o propiedades más cercanas al centro de la ciudad; al contrario, se escogieron sitios inadecuados, lejos de la posibilidad de contar con una conectividad para los nuevos habitantes. Por ejemplo, Génesis, Las Colinas y La Mariela son hoy los barrios más alejados en Armenia, construidos cerca de cañadas, en antiguos cafetales y en sitios donde sus moradores se sienten excluidos y lejanos del centro”.

Aunque en su momento, muchos de aquellos que palpaban la realidad que de allí surgiría, el rumor iba en acierto, con el tiempo, para muchos habitantes de la ciudad, estos barrios se convertirían en bombas sociales, esas mismas que poco tiempo después de su construcción ya estaban explotando y hoy no ofrecen una realidad diferente, puesto que algunos se han convertido en los barrios más conflictivos de las periferias. 

“El proceso de reconstrucción se centró en lo físico, pero no en la reparación del tejido social. Las nuevas casas de estos barrios son muy pequeñas, no son congruentes con la intimidad que se merecían los nuevos moradores. Alguien aseguraba que son menos dignas, son tan parecidas a alcancías, donde los habitantes se sumen en el mismo hacinamiento que sintieron en los cambuches, donde habían vivido dos o tres años”, acotó Restrepo Ramírez. 


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