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Según el último censo realizado de la Subsecretaría de Movilidad y Seguridad Vial de Calarcá, en julio de 2025 se registraban aproximadamente 42 vehículos automotores de este tipo en el corregimiento.

A las 6 a. m., cuando el parque de Barcelona apenas despierta, ya hay motores encendidos. No son buses ni taxis. Son motocarros, aunque aquí casi nadie los llama así. Aquí son “chivas”, y quienes las conducen, “chiveros”. Pequeñas y ruidosas, pero imprescindibles, hacen parte de la rutina diaria.

En este corregimiento, donde la mayoría de las calles son estrechas y la ruralidad comienza a pocos metros del casco urbano, estos vehículos no representan un lujo: son la forma de llegar, salir y sobrevivir.

Gustavo Marín Izquierdo lleva varios años dedicado a este oficio. Trabaja allí mismo, en el parque, donde su jornada comienza a las 6 a. m. y termina, si el día se lo permite, cerca de las 9 p. m. “Todos vivimos de esto”, dijo sin rodeos. “Este es el trabajito de nosotros”, agregó.

 

Según relató, las chivas operan donde otros vehículos no llegan: en las zonas rurales, en las calles angostas del pueblo y en los barrios a los que no llegan ni busetas ni taxis. Ellos, en cambio, sí pueden pasar: recogen usuarios, transportan mercados, acercan a la gente a sus casas y, en ocasiones, incluso funcionan como ambulancia.

El servicio está organizado. En el parque, los motocarros esperan alineados. El primero sale, luego el siguiente. Pero si suena el teléfono, el turno cambia, ya que el recorrido a domicilio es parte clave del sistema: “si a uno lo llaman, sale de inmediato y el siguiente ocupa su lugar. No hay discusiones. De eso se trata, de llevar un orden en el trabajo que tenemos”, narró Marín.

Sin embargo, precisó que el gasto también es una apuesta diaria: entre $30 y $35 mil en gasolina, dependiendo del “volteo”, de cuántas carreras salgan y de cuántas llamadas entren. A veces un solo tanqueo basta; otras veces toca parar y volver a cargar.

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De acuerdo con Gustavo, no hay lujos ni garantías. Hay trabajo, jornadas extensas y la certeza de que ese motocarro es el sustento del hogar. “Todos luchamos por el pan para llevar a la casa”, resumió con una voz que deja ver el peso de los años y de las horas al volante.

 

Un oficio que sostiene más que ingresos

Para Gustavo Restrepo Echeverri, vinculado a esta labor desde hace alrededor de seis meses, el oficio de chivero representa mucho más que un ingreso económico. Es una manera de mantenerse activo, de seguir siendo útil y de encontrar un espacio en un mercado laboral que, para muchos adultos mayores, ya les cerró las puertas.

Según especificó, las chivas —como se les conoce en Barcelona— son una mezcla entre moto y carrocería, fabricadas en India, con un consumo de gasolina menor al de un automóvil y costos de mantenimiento más bajos. Esa combinación, las hace viables en un territorio donde el transporte formal no llega y donde cada peso cuenta.

“Es un vehículo más económico que un carro y más estable que una motocicleta, gracias a sus tres ruedas; esto es un punto intermedio que se adapta a las condiciones de Barcelona”, subrayó.

A pesar de ello, argumentó que el cuidado del vehículo es clave: frenos, luces, rodamientos y revisión tecnomecánica anual que hacen parte de la rutina laboral. 

En cuestiones de seguridad para los usuarios aseguró que por obligación este tipo de vehículos cuentan con cinturones de seguridad y un control estricto de la velocidad. “Lo que prima es la experiencia y el cuidado del pasajero”, señaló Restrepo. En el pueblo, mencionó, rara vez superan los 30 kilómetros por hora, aunque el vehículo pueda alcanzar un máximo de 80.

Desde su conocimiento, resaltó que las tarifas tampoco se imponen: se acuerdan con la comunidad. La carrera mínima dentro del casco urbano oscila entre los $3.000 y $4.000, y los recorridos hacia las veredas pueden llegar hasta los $15.000, dependiendo de la distancia y de las condiciones del camino. Vale aclarar que cada chiva puede transportar hasta tres personas, además del conductor. 

Por último, para Restrepo Echeverri no hay horarios fijos ni un número exacto de recorridos. Hay días con varias carreras hacia las veredas y otros en los que no hay ninguna. Todo depende de las llamadas y de las necesidades del pasajero.

 

Un oficio nacido de la necesidad y sostenido por la gente

John Alexánder Rivera conduce motocarro desde hace ocho meses. Para él, como para muchos en Barcelona, las chivas no son una novedad: llevan más de una década rodando por el pueblo. El vehículo se adaptó al territorio y el territorio terminó por volverlo indispensable.

No obstante, para él este trabajo no es fácil. Las vías rurales castigan los vehículos y el mantenimiento resulta costoso: transmisiones, cajas y frenos requieren atención constante. Aun así, señaló que los conductores procuran mantenerlos en buen estado, pues de ello depende la seguridad de quienes utilizan este vehículo. “La gente viaja cómoda, no se moja, va segura”, afirmó.

Pero más allá del desgaste mecánico, expuso que la informalidad atraviesa todo el oficio. No existe una empresa legalmente constituida ni una regulación clara que respalde su labor. 

Ha habido intentos de asociación, trámites para obtener personería jurídica y acercamientos con la Secretaría de Tránsito, pero todos terminaron estrellándose contra la misma pared. Así lo confirmó Juan Carlos Gamboa, quien también se dedica a este oficio. “Es falta de voluntad política”, denunció.

A ello se suma que el trabajo tampoco está exento de riesgos. Aunque el corregimiento es tranquilo y la comunidad respalda esta labor, algunos han recibido llamadas sospechosas o intentos de extorsión cuando se desplazan hacia las veredas. “A mí ya me pasó, pero es raro que eso suceda”, contó uno de ellos, aludiendo a situaciones que son poco frecuentes, pero que hacen parte del oficio.

Pese a todo, hoy la comunidad los reconoce. Los llama cuando hay una urgencia, cuando hay un mercado que llevar a casa, cuando se necesita salir o regresar al pueblo. “La gente nos quiere mucho”, repiten los conductores, y en un contexto sin alternativas formales, ese respaldo ya lo asumen como un logro.

“Esto sirve para todo”, resumió Javier Mota, otro de los conductores. De madrugada, cuando alguien se enferma y no hay ambulancias disponibles, la respuesta suele ser la misma: llamar a un chivero. “En algunas ocasiones, a las 2 a. m., buscan uno de estos carritos. Nosotros vamos, sacamos al enfermo de donde sea y lo llevamos al hospital”, relató.

De esta manera, cuando la vida se complica, casi siempre hay una chiva encendida esperando en el parque.

 

Usuarios destacan utilidad, cercanía y seguridad del servicio

Para Leonardo Marulanda, habitante de Barcelona y pasajero recurrente, las chivas no solo son útiles: son necesarias. “El transporte de chivas es muy bueno. Le sirve mucho al pueblo, porque es prácticamente el transporte que hay aquí”, afirmó. 

Además, expresó que ante la ausencia de otras opciones, estos vehículos se convierten en la alternativa para todos: personas mayores, personas con discapacidad, enfermos o quienes necesitan movilizarse en medio de la lluvia.

Si bien comentó que no es un vehículo diseñado para trayectos largos, consideró que por la velocidad moderada a la que circulan, el servicio resulta adecuado dentro del pueblo.

En materia de seguridad, Marulanda aseguró que el corregimiento es tranquilo y que no recuerda haber presenciado hechos de violencia asociados a este tipo de transporte. “Este pueblito es muy sano. Yo incluso manejé aquí y nunca vi nada raro, ni atracos ni problemas. Todo es muy normal”.

Otro usuario habitual es Pedro Nel Ortiz, quien coincidió en que por más que los motocarros carezcan de la estabilidad de un carro, siguen siendo una respuesta a, una necesidad real del territorio.

Según reveló, hay situaciones cotidianas en las que esta atención se vuelve esencial. “Cuando hay lluvia, cuando hace calor, cuando alguien está enfermo o necesita cargar algo, uno usa la chiva”, dijo.

En relación a la seguridad del vehículo, describió que ningún medio de transporte está exento de riesgos y que todo depende del cuidado del conductor. 

“Uno se monta en cualquier vehículo y eso siempre implica un riesgo. La revisión tecnomecánica no lo es todo; un carro puede fallar en cualquier momento”, manifestó.

Finalmente, Ortiz hizo énfasis en el trato de los conductores y su cercanía con la comunidad. “Ellos trabajan bien, son amables, personas sencillas, conocidas del pueblo. Mucha gente que no tiene empleo formal encuentra aquí su único recurso”.

Normativa de tránsito y legalidad

Angélica María Ocampo Cruz, subsecretaria de Movilidad y Seguridad Vial del municipio de Calarcá, aseguró a La Crónica del Quindío que según el último censo realizado por la corregidora en julio del año pasado se registraban aproximadamente 42 vehículos automotores de este tipo en el corregimiento de Barcelona.

En primera medida, explicó que los motocarros —mal llamados “chivas” en el corregimiento— son vehículos de servicio particular. En caso de que sean requeridos por la autoridad y se compruebe que están prestando un servicio diferente al autorizado en la licencia de tránsito, los agentes de tránsito proceden a realizar la orden de comparendo y la respectiva inmovilización, de conformidad con lo establecido en el Código Nacional de Tránsito.

Agregó que para prestar un servicio público de transporte terrestre automotor, estos vehículos deben estar habilitados legalmente, de acuerdo con la normatividad vigente en materia de transporte. 

Así mismo, precisó que de acuerdo a la normativa el servicio público se puede realizar en motocarros únicamente en municipios con población inferior a 50 mil habitantes, condición que no aplica para el municipio de Calarcá. No obstante, sostuvo que la administración municipal ha venido estudiando la figura jurídica de la zona diferencial y, de ser procedente, determinar la modalidad en la que se pudiese prestar dicho servicio.

En cuanto a la seguridad vial de las personas, afirmó que este tipo de vehículos automotores, cuando prestan servicio público, deben estar regulados y cumplir con todos los requisitos exigidos para tal fin, por ende deben elaborar un Plan Estratégico de Seguridad Vial y cumplirlo a cabalidad con el propósito de garantizar la seguridad de todos los actores.

“Este documento debe contener acciones y estrategias enfocadas a la prevención de riesgos, promoción de comportamientos seguros, mejora de los vehículos y la atención a las víctimas en caso de presentarse un accidente de tránsito, todo lo relacionado con asegurar el bienestar de los actores viales”, enfatizó la funcionaria. 

Por su parte, desde la Alcaldía de Calarcá se aseguró que por el momento no existe ningún acuerdo municipal que regule este tipo de transporte porque no están legalmente constituidos.

En ese sentido, Fabián Rodríguez Velásquez, abogado especialista en Derecho Laboral y Seguridad Social, aseveró a La Crónica del Quindío que a los conductores de motocarros no les asiste la seguridad social, debido a que la actividad que realizan no es legal ni está regulada por la norma. 

Debido a eso, mencionó que al no ser conductores vinculados a una empresa de transporte de servicio público, no cuentan con un empleador que los afilie al Sistema General de Seguridad Social. “Estas personas entonces son beneficiarias o son independientes”, señaló.

En cuanto a la operación de taxis y otros servicios formales de transporte en el corregimiento de Barcelona, el abogado aclaró que estos sí están permitidos. Sin embargo, concretó que al tratarse de un corregimiento del municipio de Calarcá, la prestación del servicio público de transporte recae exclusivamente en el mismo municipio y en las empresas habilitadas.

En términos de seguridad para quienes utilizan este tipo de transporte, el especialista fue enfático en que se trata de una modalidad informal. Al no estar legalmente constituida como transporte de servicio público ni respaldada por una empresa habilitada, son las personas usuarias quienes asumen directamente los riesgos y responsabilidad. 

Aclaró que en estricto sentido, no se hace referencia a la figura de pasajero, pues el pasajero es quien realiza un contrato de transporte para movilizarse de un lugar a otro y está amparado por una empresa de transporte y por un seguro contractual y extracontractual.

Sobre el marco normativo, indicó que la regulación aplicable se encuentra en el Código Nacional de Tránsito, Ley 769 de 2002. “Lo que sucede es que estos vehículos son de servicio particular y en Colombia está prohibido que se utilicen para prestar transporte público. Hacerlo puede acarrear sanciones administrativas”, puntualizó.

Finalmente, en relación con la cobertura en caso de un accidente, el abogado recordó que es necesario contar con el Seguro Obligatorio de Accidente de Tránsito, SOAT, el cual tiene por objeto amparar económicamente los daños causados en el cuerpo de las personas víctimas del accidente de tránsito que se movilicen en este vehículo. 

“Distinto es el caso de la póliza de responsabilidad civil contractual y extracontractual, que cubre los daños ocasionados a terceros. Esta póliza es de adquisición voluntaria por parte del propietario y solo sería obligatoria si el vehículo estuviera afiliado a una empresa de transporte. De lo contrario, no existe ningún amparo”, complementó.

El abogado concluyó que se trata de una situación compleja, dado que Barcelona, al ser un corregimiento, no tiene autonomía para tomar decisiones ni crear empresas de transporte, por lo cual,  depende de las decisiones que adopte el municipio de Calarcá.

Quienes conducen estas chivas prestan un servicio que va más allá del transporte: llevan mercados, atienden emergencias y recorren calles y veredas donde otros vehículos no llegan.

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