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Dos hombres, un común denominador: el juego dejó de ser entretenimiento para convertirse en una forma de habitar el mundo.

Un ludópata real sabe que nunca va a recuperar lo perdido”, la frase no la dice un especialista o un funcionario, sino un joven que entró al mundo de los casinos antes de cumplir la mayoría de edad y que hoy reconoce que el juego dejó de ser una actividad ocasional para convertirse en una parte de su identidad.

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No se habla de fortuna o golpes de suerte, pero sí de algo más persistente, es decir, la necesidad de seguir jugando incluso cuando la ilusión de “ganar” ya no ocupa el primer lugar.

A diferencia de la imagen tradicional del jugador que apuesta por cambiar su vida de un momento a otro, su relato desmonta esa ilusión, dado que las probabilidades juegan en contra y al sumar cada apuesta fallida da un balance abismal. Lejos de la ingenuidad, convive consciente de su conducta y ha aprendido a coexistir con ella.

El juego como identidad

Desde niño, David López creció viendo apostar, este mundo estaba presente en su entorno familiar y social. A sus 15 años fue la primera vez que ingresó a un casino con la cédula de su hermano mayor, y allí empezó la espera para poder ingresar a estos establecimientos sin ocultarse; no identifica un momento específico en que el juego “se convirtió en problema” porque, señala que no sintió que fuera una irrupción externa. De hecho no hubo un quiebre, hubo continuidad.

Esa naturalización es una de las claves de su historia, dado que apostar no significaba transgredir una frontera, sino integrarse a una práctica que ya hacía parte desde su entorno familiar. Sin embargo, con el tiempo esa práctica empezó a ocupar espacio cada vez más, no necesariamente en grandes sumas de dinero, sino en frecuencia, tiempo invertido y conversaciones que giran en torno al juego.

Habla de “niveles”, de antigüedad y una especie de jerarquía interna que solo entienden quienes permanecen lo suficiente dentro del circuito. En ese lenguaje, el dinero es importante, pero no es el único criterio de valoración; allí converge el permanecer, resistir, y regresar una vez más. Apostar “cuando hay un peso de más” no aparece como una decisión singular, más bien como parte de una rutina que se repite y se repite cada día.

De esta manera, este trastorno se puede analizar no desde la búsqueda obsesiva de un premio; por el contrario, es la consolidación de un hábito que termina organizando el tiempo, los vínculos familiares y sociales, y especialmente las prioridades.

Apostar cada vez que hay “un peso de más” no es solo una acción económica , es parte de una patrón que se repite, señaló para La Crónica del Quindío. El juego se convierte en punto de referencia.

 

El impulso antes que la razón

El segundo testimonio pertenece a un hombre de 63 años, cuya relación con el juego no nació en la adolescencia, sino en la adultez, en medio de etapas laborales inestables y momentos en los que el salario parecía insuficiente o, por el contrario, inesperadamente abundante. Al momento de explicar lo que siente frente al dinero, recurre a una expresión que puede parecer simple, pero enmarca su situación: “cuando tengo plata en el bolsillo, me pica”.

No habla de ambición desmedida ni de sueños de riqueza; habla de la incomodidad física que se activa ante la posibilidad de no poner en juego lo que posee.

César Augusto Flórez ha llegado a apostar su salario en una sola tarde. Recuerda con claridad el instante en que decidió hacerlo y, describe una mezcla de tensión y expectativa que no se reduce al razonamiento o probabilidades, puesto que responde a la necesidad de experimentar nuevamente la intensidad previa al resultado. Antes de cada apuesta entiende las consecuencias, sabe que compromete su estabilidad y las discusiones en casa pueden reaparecer; así es como después de cada pérdida enfrenta la realidad de un mes más ajustado de lo previsto.

Entre esos dos momentos se da un impulso que no siempre logra regular y no se trata exclusivamente de la expectativa de ganar, sino de la sensación misma de arriesgar, esa sensación que genera dopamina hasta el punto de ser casi lo único que logra hacerlo. Cuando gana, la satisfacción es momentánea y pronto se deshace en una nueva apuesta; cuando pierde, el malestar no detiene la conducta, al contrario se convierte en otro intento.

Sostiene que la ludopatía no es la ilusión de un cambio radical, sino la experiencia de activar el dinero, de someterlo al movimiento, de evitar que permanezca inmóvil. En su caso, la apuesta funciona como una forma de intensificar la vida cotidiana, de romper la monotonía, de introducir una tensión que le devuelve una sensación de presencia.

 

Comprender no se traduce en transformación

Ninguno atribuye sus pérdidas a la mala suerte, ni insisten en que la próxima jugada compensará todo lo anterior; de hecho reconocen el desgaste, las discusiones familiares, las promesas incumplidas de reducir la frecuencia o limitar el gasto. Saben que la práctica no les ha proporcionado estabilidad económica ni tranquilidad emocional, y aun así, regresan.

La contradicción no es una afirmación que aparece como algo ocasional, sino como una forma de vivir. Entender que el juego trae consecuencias negativas no significa necesariamente que se pueda dejar, sobre todo cuando cumple funciones como calmar la ansiedad, llenar vacíos, evitar el silencio o sostener una narrativa personal que le da sentido a la rutina.

López lo resume con una frase no suena a justificación; es, más bien, una confirmación: “en la vida del adicto casi todo termina siendo una contradicción”. Es consciente del daño, pero vuelve , sabe que pierde pero insiste una vez; simplemente se convive con la repetición y muchas veces la decisión de no seguir, aunque el impulso siempre está presente.

Desde el punto de vista clínico, el trastorno por juego se caracteriza precisamente por esa persistencia del comportamiento pese a las consecuencias adversas. No se trata únicamente de cuánto se pierde, sino de la dificultad para interrumpir una dinámica que ha comenzado a ocupar funciones emocionales y simbólicas. Dejar de apostar implica más que cerrar una cuenta o evitar un casino; implica reorganizar aquello que la práctica estaba sosteniendo en silencio.

 

Cuando el círculo se reduce

Las consecuencias económicas suelen ser las más visibles, pero en ambos casos el impacto más profundo no se mide en cifras sino en el desgaste silencioso de los vínculos. El hombre mayor no habla primero de deudas, sino de familiares y amigos que se alejaron debido a los préstamos que solicitaba con diversas excusas. No hubo un punto de quiebre radical, pero sí dejaron de llegar invitaciones, silencios que reemplazaron la confianza de años.


“Lo que quiero recuperar no es la plata, son mis amigos”, señala, y con esta frase explica que su mayor pérdida es sentirse solo.

En su relato destaca una relación persistente con el dinero como marcador momentáneo de control; cada apuesta no prometía fortuna, pero si alterar, aunque fuera por instantes, la sensación de estancamiento. En ese desplazamiento casi imperceptible, lo que comenzó a reducirse no fue solo el ahorro, sino la presencia, es decir, estar físicamente en un espacio mientras la mente calcula probabilidades crea una distancia sutil y constante. Se está, pero no del todo, y esa intermitencia termina afectando más que cualquier cifra.

En el caso del joven, el aislamiento adopta una forma menos visible, dado que su círculo social se concentra cada vez más en quienes comparten el mismo lenguaje de cuotas, estadísticas y rachas. Allí encuentra pertenencia e intensidad, fuera del mundo común; las conversaciones pierden atractivo y el interés se desvanece. Sin necesidad de rupturas dramáticas, el mundo se reduce y el juego ocupa un lugar central no solo en el tiempo, sino en la identidad.

 

“Es uno de los pocos espacios donde la expectativa sigue intacta”, menciona.

La soledad no irrumpe de golpe, se instala gradualmente, primero como consecuencia del desgaste y luego como condición que facilita la continuidad. Menos vínculos significan menos cuestionamientos externos, menos confrontaciones incómodas, menos necesidad de explicar el tiempo y el dinero invertidos; en ese entorno reducido, la repetición encuentra menos resistencia y el hábito se consolida con mayor facilidad. Lo que empezó como entretenimiento termina convirtiéndose en compañía.

 

Un mercado en expansión

La ludopatía en Colombia muestra un crecimiento sostenido, en paralelo con el auge de las apuestas en línea. Un estudio reciente por parte de la Universidad Nacional de Colombia, estima que cerca de un millón de personas presentan tendencias adictivas en el país y que entre el 6 % y el 8 % de los jugadores encuestados tienen indicadores de adicción, una cifra que se triplica entre quienes apuestan de manera activa.

Datos de Coljuegos señalan que el 2.7 % de los adultos son ludópatas y el 4.6 % se encuentran en riesgo. Más que casos individuales, se trata de un fenómeno con dimensión poblacional que aunque es silencioso refleja una patología creciente.

Entre 2018 y 2022 la producción de juegos de azar aumentó un 53 % anualizado, con las apuestas en línea como principal motor, y entre 2019 y 2024 el PIB del sector registró un repunte del 86.6 %, convirtiéndose en una de las actividades económicas de mayor expansión en el país. Esta dinámica refleja también el volumen de recursos transferidos a la salud pública, que pasaron de 340.000 millones de pesos en 2018 a 780.000 millones en 2023; sin embargo, junto al crecimiento económico aparece otra cifra significativa, más de 245.000 personas solicitaron entre 2024 y 2025 su autoexclusión de plataformas digitales, reconociendo la necesidad de limitar su propio acceso.

El impacto se concentra especialmente en los más jóvenes, ya que el 58 % de las personas entre 12 y 32 años ha apostado alguna vez, la edad promedio de inicio ha descendido a los 15 años, y quienes apuestan en línea cerca del 30 % presenta riesgo de adicción. El fenómeno afecta con mayor intensidad a los hombres con un riesgo estimado del 11.9 % frente al 5.5 % en mujeres y muestra patrones diferenciados según el tipo de juego.

Las cifras no solo describen un mercado en expansión; delinean un entorno donde la exposición es cada vez más temprana y frecuente. En ese contexto, estas historias dejan de parecer excepcionales y se insertan en una dinámica nacional donde hábito, expectativa y vulnerabilidad van de la mano.

 

Un contexto que no pone freno

En la actualidad, este entorno no es indiferente a la dinámica, puesto que las apuestas ya no son exclusivas de un espacio físico con horarios definidos, se trasladaron al ámbito digital, donde la disponibilidad es constante. Apostar ya no requiere desplazamiento ni exposición pública, basta con un teléfono y conexión a internet, las plataformas operan con sistemas de recompensas intermitentes, bonos de bienvenida y notificaciones diseñadas para prolongar la permanencia del usuario, configurando un escenario en el que las pausas son cada vez menos.

Para quienes ya experimentan dificultad para regular el impulso, este contexto no crea el problema, pero lo amplifica. La escena no es solo una sala con luces artificiales; es también la pantalla iluminada en la madrugada, el saldo que disminuye tras cada recarga efectuada y el tiempo que se diluye sin testigos.

La diferencia entre jugar de vez en cuando y hacerlo de manera constante se vuelve menos clara cuando el acceso está disponible todo el tiempo y la actividad se incorpora fácilmente a la rutina diaria.

 

Lo que queda cuando la ilusión se desvanece

Ni el joven ni el hombre mayor sostienen la idea de que una jugada resolverá sus vidas. No hablan de fortuna, pero en ellos persiste el hábito de volver. Detenerse no implica solo cerrar una aplicación o dejar de cruzar la puerta del casino, significa enfrentar un vacío; reorganizar el tiempo, redefinir la identidad, reconstruir relaciones. La apuesta, que comenzó como entretenimiento, terminó funcionando como estructura en parte de la rutina.

Ambos, César Augusto y David López, coinciden en que la adicción al juego es una enfermedad tan peligrosa como la dependencia al alcohol o a las drogas, con la diferencia de que es aceptada y menos visible. No deja señales inmediatas en el cuerpo ni provoca el mismo rechazo social, pero avanza con una lógica progresiva, silenciosa y absorbente. Para ellos no es un exceso aislado, sino parte de una problemática que se percibe cada vez más no solo en el país sino también en el departamento.

“Un ludópata real sabe que nunca va a recuperar lo perdido”, repite el joven. Esa es la paradoja que atraviesa ambas historias: comprender que el balance no favorece y aun así regresar, una y otra vez al mismo gesto que promete poco, pero sostiene algo más que la expectativa de ganar.


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