A mediados de mayo de 1951, hace ya 74 años, las tropas del Batallón Colombia No. 1 partieron desde Armenia a bordo del Ferrocarril del Pacífico, rumbo a Buenaventura, para embarcarse en una lucha en tierra ajena.
Para 1950, la situación en Colombia era de creciente violencia. Un año antes, el gobierno de Mariano Ospina Pérez había declarado el estado de sitio, disuelto el Congreso e impuesto la censura de prensa.
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El panorama para la institución militar tampoco era alentador. La administración conservadora había decidido “hacer el tránsito de un Ejército de confianza hacia otro, inconveniente, de oficiales de confianza” (Valencia, 2013). A ello se sumaba una preocupante escasez de mandos para comandar las tropas, producto de los retiros selectivos que el régimen venía aplicando.
En medio de un clima político enrarecido, se eligió al sucesor de Ospina en las elecciones de noviembre de 1949. Un hecho marcó el proceso electoral: Darío Echandía, candidato liberal a la Presidencia, renunció a su aspiración. Así, Laureano Gómez se impuso sin oposición alguna.
Estalla la guerra en Corea
El 24 de junio de 1950, la atención internacional estaba puesta en el inicio del campeonato mundial de fútbol, suspendido durante años por la Segunda Guerra. Brasil y México disputaban el partido inaugural, que concluyó con una victoria de los brasileños por 4-0. Nadie imaginaba que, apenas un día después, estallaría una de las guerras más cruentas del siglo XX, un conflicto que llevaría a Colombia a un frente de combate en el otro extremo del mundo.
En la madrugada del 25 de junio de 1950, tropas norcoreanas —apoyadas por tanques, artillería y aviación— cruzaron el paralelo 38 e invadieron Corea del Sur, buscando la unificación bajo su mando. Aquella línea divisoria, tan arbitraria como estratégica, era fruto de la pugna geopolítica entre Estados Unidos y la Unión Soviética tras la Segunda Guerra Mundial. Ese mismo día, el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas condenó la agresión, exigió la retirada inmediata y pidió a los Estados miembros que pusieran sus fuerzas a disposición del Comando Unificado liderado por Estados Unidos.
En Colombia, la decisión de participar militarmente en la Guerra de Corea se concretó una vez Laureano Gómez asumió la Presidencia. Para entonces, el país atravesaba una suerte de guerra civil no declarada: guerrillas liberales activas en los Llanos Orientales y Antioquia; persecución sistemática contra dirigentes liberales en departamentos como Boyacá y Cundinamarca; y una política de orden público sectaria.
En medio de este complejo panorama, y a diferencia de la Policía, el Ejército mantenía una imagen favorable entre diversos sectores de la sociedad. Eduardo Franco Isaza, líder de las guerrillas liberales del Llano, recuerda en sus memorias que, mientras las guerrillas combatían a la Policía, el Ejército actuaba en ocasiones como mediador: “[…] Contra el Ejército no había odio. Al contrario, se abrigaban muchas esperanzas”. Por su parte, el diario liberal tolimense Tribuna Gaitanista afirmaba a comienzos de junio de 1950: “[…] Se puede decir, sin exagerar, que la confianza y los pocos vínculos genuinos que subsisten entre el pueblo y el Estado están en los cuarteles”.
Una fragata y tropas
Con excepción de Colombia, la participación latinoamericana en la Guerra de Corea fue prácticamente inexistente. Aunque la decisión generó incomodidad dentro del país, terminó por salvaguardar el “honor” de los Estados Unidos, ya que fue la única nación del continente que brindó su apoyo militar en el conflicto. En ese marco, el presidente Laureano Gómez ofreció primero la fragata Almirante Padilla (el 14 de septiembre), y posteriormente, un batallón de infantería (el 14 de noviembre).
Aunque la situación era complicada, la oposición liberal no negó que apoyar a Estados Unidos en su lucha por la paz mundial era importante. Pero algunos, como el articulista liberal Calibán, aprovecharon para lanzar sus pullas: “[…] sería mucho más efectivo si enviáramos diez mil chulavitas. Así, matamos dos pájaros de un tiro: mandamos fieras a pelear contra fieras comunistas y, de paso, pacificamos a Colombia” (El Tiempo, 1950).
Un batallón, una bandera
A finales de diciembre de 1950, el gobierno ordenó la activación del Batallón Colombia No. 1, que estaría integrado inicialmente por un millar de soldados. En enero de 1951, se designaron los oficiales y suboficiales encargados de comandar la unidad. Al frente de la tropa fue nombrado el teniente coronel Jaime Polanía Puyo, un carismático oficial que, con el tiempo, sería conocido por sus hombres como “Don Polo”.
Algunos oficiales, así como un gran número de suboficiales y soldados, fueron destinados a Corea por razones partidistas o por su región de origen (Puyana, 2001). Ante las dificultades para reclutar soldados voluntarios, se recurrió a la convocatoria de reservistas, lo que convirtió al contingente en un muestrario de regiones, ocupaciones y desocupaciones, campesinos desplazados y aventureros de diversa índole.
Pero también hubo voluntarios. Uno de ellos fue el soldado Manuel Orozco, campeón nacional de boxeo, quien relató así su decisión de ir a Corea: “[…] en el Batallón Colombia llevaremos equipos de fútbol, béisbol, básquet y boxeo… En los ratos libres nos dedicaremos al deporte… con los chinos…” (El Tiempo, 1951).
El 19 de febrero de 1951 se inició la instrucción del personal seleccionado, con el acompañamiento de la misión militar estadounidense. Concluida esa etapa, el 12 de mayo, en un solemne acto en la Plaza de Bolívar, el presidente Gómez hizo entrega al Batallón de la Bandera de Guerra.
Rumbo a Pusán
El 18 de mayo comenzó un fatigoso recorrido: las tropas partieron en tren desde Bogotá con destino a Ibagué, para luego continuar por carretera hasta Armenia. Durante el trayecto, uno de los buses perdió los frenos y sufrió un accidente, que dejó varios soldados con contusiones.
Una vez en Armenia, emprendieron la ruta en tren hacia el puerto de embarque, atravesando La Tebaida, El Alambrado, Vallejuelo, Zarzal, Bugalagrande, Tuluá, Buga, Palmira, Cali y, finalmente, Buenaventura. Durante la marcha, al menos quince hombres se sumaron como “espontáneos”: dos desertores detenidos en el batallón de Armenia, uno que estaba de guardia en Buga, y el resto eran civiles sin formación militar.
Al amanecer del 21 de mayo llegaron a Buenaventura e iniciaron el embarque en el buque Ayken Victory, un antiguo transporte de carga acondicionado para el traslado de tropas. A las 11:30 a. m., cuando todo el personal se encontraba a bordo, un pitazo estridente sacudió a los soldados: era la señal de zarpe. Así comenzó el viaje rumbo a Pusán, en Corea del Sur. Durante la travesía —que incluyó una parada en Hawái— varios reclutas que aún se encontraban en entrenamiento en alta mar juraron bandera y participaron en la conmemoración del Día del Ejército, el 1 de junio. Pero también hubo espacio para juegos, improvisadas corridas de toros y cantos al son de guitarras, tiples… y unos buenos aguardientes.
Una dura realidad
Al llegar al puerto de Pusán, iniciaron una agotadora preparación atendiendo la consigna de los generales estadounidenses, Matthew Ridgway y James Van Fleet: “La instrucción y el entrenamiento del soldado para el combate deben ser tan intensos que la línea de fuego se convierta, para él, en un verdadero descanso”.
El Batallón entró en combate por primera vez el 7 de agosto, en un “bautismo de fuego” que dejó once heridos. Más adelante, el 31 de agosto, se registraron las primeras bajas mortales. A partir de entonces, y durante más de tres años, el Batallón Colombia —entre muertos y heridos, prisioneros y desaparecidos— se mantuvo firme, desplegando un esfuerzo que rozó el heroísmo.
Para quienes regresaron, especialmente los soldados, la realidad fue muy distinta de la pompa con la que partieron: se encontraron con el abandono y el olvido. En 1954, Gabriel García Márquez escribió tres crónicas sobre los soldados rasos, conmovido por el caso de uno que, en Armenia, tuvo que empeñar sus condecoraciones para poder sobrevivir. Ese fue el destino de muchos: depositaron sus esperanzas en proyectos de ley que nunca se concretaron y en promesas políticas que se desvanecieron con el tiempo. Como lo resumió, con amarga ironía, nuestro célebre escritor: “Todo en Colombia es magnífico… todo en papel”.

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