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Leer el Tesoro Quimbaya, un asunto de identidad cultural

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sábado, 20 junio 2020

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Las historias de su entrega, o regalo, del gobierno colombiano a la reina María Cristina en 1892, son ya bien conocidas, porque tal pretensión se generó desde el momento en que el presidente Carlos Holguín Mallarino adquirió las piezas de oro en 1891.

En estos confinados días de pandemia, y a través de la virtualidad, muchos procesos culturales, académicos y educativos se vienen dando con inusitada proyección. Uno de ellos fue retomado por la Academia de Historia del Quindío y se cristalizó de nuevo su interés con el envío de una carta al presidente de Colombia, Iván Duque Márquez, donde se le pide dar cumplimiento a la sentencia de la Corte Constitucional de 2017, en aras de realizar todos los trámites y esfuerzos para la repatriación del denominado Tesoro Quimbaya.

Se renueva entonces este propósito de recuperar para Colombia y el Quindío una de las colecciones de orfebrería prehispánica más afamadas de la historia americana, que en este momento se encuentra en el Museo América en Madrid, España.

Las historias de su entrega, o regalo, del gobierno colombiano a la reina María Cristina en 1892, son ya bien conocidas, porque tal pretensión se generó desde el momento en que el presidente Carlos Holguín Mallarino adquirió las piezas de oro en 1891. Muchos medios informativos del país, entre ellos LA CRÓNICA DEL QUINDÍO, han difundido los detalles de aquella curiosa ‘donación’ que mandatario alguno le hiciera a otro país en el siglo XX.

Lo que no se conoce, ni se quiere conocer, es el conjunto de facetas sobre el tesoro, desde el momento de su hallazgo en Filandia en octubre de 1890, hasta nuestros días, cuando se despierta otra vez el interés por su significación histórica.

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Esas facetas son las siguientes. Los acontecimientos provinciales de la época del hallazgo, marcados por la guaquería y también por la fundación de las municipalidades de aquella época, especialmente la población de Montenegro. La interpretación que se hizo sobre el hallazgo y todo el caudal informativo que se generó en Quindío de entonces y en Bogotá, a donde llegó el Tesoro en 1891. El contexto arqueológico y su relación con el pueblo Quimbaya, de donde se tomó la referencia para su nombre. El significado simbólico y antropológico de las piezas del Tesoro Quimbaya, que hoy despierta el afán de conocimiento en España, peor no todavía en Colombia, donde se hizo el descubrimiento de lo que hoy también quiere llamarse la Colección Quimbaya.

Es importante conectar estas 4 facetas con la madeja de la identidad cultural. Es curioso que este conjunto de hilos que se enrollan como el conocimiento de nuestras raíces, todavía permanezcan allí, sin que nos preocupemos por retirarlos y analizarlos en su textura y condición para interpretar los hechos del pasado. En otras palabras, no hemos siquiera leído esas páginas de la vida cotidiana de finales del siglo XIX, con sus circunstancias de saqueo y aventuras, y tampoco hemos entrado en la revelación de los mensajes iconográficos y simbólicos de las piezas de oro, que nos puedan dar pautas sobre cómo eran aquellos pueblos del pasado.

Hace más de 10 años publiqué un artículo que titulé ‘Relectura de la obra Recuerdos de la Guaquería en el Quindío’, en aras de descubrir en aquel vituperado libro de don Jesús Arango Cano, la historia de su aventura de guaquería, pero también las características tipológicas de aquellas tumbas indígenas y sus piezas de oro y cerámica destruidas.

Quiero proponer algo más ambicioso. Leer el Tesoro Quimbaya, para que ello se convierta en factor de identidad cultural. No es relectura, como se sugirió en su momento al abordar las 329 páginas del amarillento libro de don Jesús Arango Cano, en sus 2 tomos compilados, el primero de 1918, el segundo de 1924 y su suplemento, de la edición de Tipcomercio de 1941.

Se trata de la lectura, aunque sea por primera y única vez, de estas 4 facetas de conocimiento.

Varias publicaciones, desde un trabajo de grado realizado por la historiadora Carmen Cecilia Muñoz Burbano sobre el Tesoro Quimbaya en 2003, hasta la estupenda edición del ministerio de Educación, Cultura y Deporte de España, ofrecida con lujo en 2016, nos traen los reportes detallados de los artículos de prensa de la época, cuando el Quindío de entonces era un cruce de caminos por donde transitaban los fundadores y los guaqueros, algunos con sus alforjas llenas de riquezas saqueadas de las tumbas indígenas, pero también otros con sus mochilas vacías y totalmente llenas de esperanzas y de ilusiones. Las transcripciones de los periódicos de la década de 1890, así como un catálogo de venta llamado Colección Finlandia, del italiano Carlo Vedovelli, junto con descripciones de notables ciudadanos, entre ellos don Román María Valencia, nos aportan minucias importantes sobre el hallazgo que, por 130 años, no hemos querido conocer. Entre ellas, 2 que son clave. La relación de los nombres Montenegro y La Soledad con el paraje que hoy corresponde al cementerio de esta población del Quindío y las flautas de oro que emitían sonidos de aves, como el solitario barranquero, también llamado ‘soledad’.

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La segunda y tercera fuentes de conocimiento sobre el Tesoro Quimbaya también están en aquellos documentos de finales del siglo XIX o en los inventarios finamente hechos para obsequiar a la regente de España. Incluso, hasta principios del siglo XX, muchas personas o autodenominados expertos en materia precolombina, escribieron sendas columnas en América y Europa sobre este hecho singular. Era obvio que tal regalo despertase todo el entusiasmo por conocer a sus artífices y las particularidades tecnológicas de elaboración de aquellas piezas orfebres. Si le añadimos a ello la dispersión de objetos del hallazgo en el territorio colombiano o la equivocada referencia en fotos de la época, nos topamos con un fabuloso historial sobre el Tesoro Quimbaya. Se ha tratado de corroborar, por ejemplo, que algunas figuras, tal vez 8 de las 130 referenciadas como las más grandes, pudieron quedar en el Museo Nacional o en otras colecciones, como la del Field Museum de Chicago, Estados Unidos.

La cuarta faceta es la más novedosa y sugerente. Corresponde a la tarea que ni los colombianos, ni los quindianos, hemos querido emprender en el desvelamiento de nuestra historia. Si se mira con la óptica del registro arqueológico, en las características de aquellas piezas, y no solo en las del Tesoro Quimbaya, está el contenido de nuestro reservorio de identidad. Simplemente nos hemos limitado a categorizar o tipificar de manera genérica a esos testimonios orfebres o cerámicos como pertenecientes a la llamada cultura Quimbaya. Ni siquiera hemos adoptado la denominación más correcta de poblamientos del Cauca Medio, tal cual lo anota la investigación arqueológica. Pero entrar en esos senderos de conocimiento implica acciones de sutileza y de profundidad. No son objetos estáticos. El sentido hierático y ceremonial de los poporos antropomorfos, los detalles iconográficos de los animales y diseños geométricos, o la representación fitomorfa o vegetal, nos pueden dar a conocer el espíritu de pueblos, ubicados en el período temprano, y que hace 2500 años protagonizaron su etapa de contemplación chamánica y de reverencia por la naturaleza.

En la lectura dedicada del Tesoro Quimbaya está el sentido del pasado y la resignificación de los pueblos indígenas del presente.


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