Mujeres invisibilizadas enfrentan una violencia biológica y social que las margina doblemente.
Diana despierta temblando. La baldosa está fría. A su lado, una bolsa con latas vacías y una jeringa seca. Tiene 30 años, pero su cuerpo, consumido por el tiempo en la calle, parece llevar el doble. Se levanta y camina descalza hasta el baño del inquilinato donde duerme. Se sienta, espera. Nada. Hace más de un año que no menstrua. —Yo ya no soy mujer para esta sociedad. Ni para mí misma.
Ninguna de ellas llegó hasta aquí de un día para otro. Las trajo una cadena de heridas abiertas: abusos, abandonos, pérdidas. Y las dejó en la orilla de todo: de la ciudad, del sistema, del afecto.
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Diana lo resume con crudeza: —Mi padrastro me violó cuando tenía 9 años. A los 13 le conté a mi mamá. No me creyó. Me echó de la casa. Ahí empecé con el bazuco y la heroína.
Desde entonces, su cuerpo se apagó por dentro. Cada recaída la aleja más de sí misma. Su ciclo desapareció, como si la biología misma se rindiera. —Los hombres me ven como carne. Como basura —dice. Como muchas en su situación, sobrevive gracias a la prostitución: lo justo para una dosis, algo de comida y, si hay suerte, una pieza donde dormir.
El ginecólogo quindiano Daniel Valencia lo llama por su nombre clínico: amenorrea. La pérdida del ciclo menstrual no por menopausia, ni embarazo. No. Es el colapso del cuerpo. El sistema endocrino —el encargado de regular las hormonas— se ve alterado por la droga, el hambre, el frío. El eje hormonal se apaga: hipotálamo, hipófisis, ovarios, endometrio… todo se desconecta.

—Las drogas, especialmente la heroína, alteran profundamente el sistema hormonal —explica Valencia—. Estas mujeres no solo pierden su periodo. Sufren infertilidad, infecciones, dolor pélvico, envejecimiento prematuro. Y cuando llega la menopausia, llega con más ansiedad, más depresión, más soledad.
Marcela fue enfermera jefe en un hospital de Armenia. Hoy pide ayuda en las calles. —Probé la heroína en una fiesta. Tenía 22 años. Luego en el hospital empecé a usar morfina para aguantar la adicción. Incluso embarazada consumía. Mi bebé nació muerta. Después de eso, todo se cayó.
Intentó internarse. No había camillas. Le dijeron que esperara. —Yo quiero, pero la abstinencia es muy dura —confiesa—. Y si no me obligan a quedarme, me salgo. No quiero otro intento a medias.
Otra mujer, a quien llamaremos Fernanda, cayó por una vía distinta. —Me levanté al baño a las tres de la mañana y vi a mi esposo con otra. Empecé a consumir. Después murió mi mamá… y ya no me levanté más.
El patrón se repite. Una herida. Una pérdida. Una soledad insostenible. Una recaída. Y después, la calle.
Y en medio de esa rutina de sobrevivir, la menstruación —ese ciclo que tantas veces fue molestia o dolor— se vuelve ahora ausencia. Silencio. —¿Y si no sangro, sigo siendo mujer? —se preguntan.
Las calles les han robado la dignidad, la seguridad, el deseo. Y también les han arrebatado la sangre que cada mes les recordaba que algo vivo persistía en su cuerpo.
Hay una violencia invisible, biológica, que acompaña a estas mujeres: el abandono de su propio cuerpo. Pero no han perdido todo. Aún tienen voz. Aún cuentan su historia. Y al hacerlo, obligan a mirar de frente una verdad incómoda: ellas también existen, aunque muchos prefieran no verlas.
*Estudiante de comunicación social y periodismo
Universidad La Gran Colombia Armenia
** Por respeto a las protagonistas de esta historia, sus nombres han sido cambiados para proteger su dignidad.
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