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Mientras en los dos primeros municipios los perros conviven con la comunidad en condiciones dignas, en la capital departamental muchos sobreviven enfermos y hambrientos.

Los perros callejeros del Quindío viven condiciones muy diferentes según el municipio donde deambulan. Un recorrido por Circasia, Calarcá y Armenia evidencia contrastes marcados en la forma como las comunidades conviven con estos animales y en el estado físico en el que se encuentran.

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Circasia: perros integrados al paisaje urbano

En Circasia, especialmente en la zona céntrica, los perros han logrado integrarse al entorno. Caminan entre la plaza y los comercios con aparente tranquilidad, mantienen una buena apariencia física y son reconocidos por los habitantes como parte del paisaje cotidiano. Vecinos, comerciantes y visitantes les ofrecen comida, agua y un espacio seguro.

Calarcá: convivencia respetuosa y organizada

En Calarcá, los perros callejeros también se mueven por el parque principal y las cafeterías cercanas. Allí, los propietarios de los locales han implementado pequeñas acciones para hacer más digna su presencia: siempre hay agua disponible y, en caso de que alguno orine en una silla o mesa, existe un plan de contingencia que evita regaños, insultos o cualquier tipo de maltrato. La convivencia fluye sin conflictos y los animales mantienen una buena salud.

Armenia: deterioro y abandono visible

En Armenia, el panorama es diferente. En el centro, ya no se observan tantos perros callejeros como antes, pero los que permanecen evidencian un deterioro notable: desnutrición, heridas y abandono. Muchos pasan la mayor parte del tiempo junto a habitantes de calle, quienes se convierten en su única compañía. Aunque algunos locales también ofrecen agua y alimento, la precariedad sigue siendo evidente.


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