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¿Un detonante de la crisis de salud mental que vivimos?

Carlos Alberto Herrera Salazar, el amigo que tomó la determinación de acabar con su vida en Filandia, era un hombre noble, sin tacha. Excelente funcionario, laboró en la oficina de Telecom hasta el momento de la liquidación de esa entidad, siendo debidamente pensionado.

Sencillo, un poco taciturno, pero de trato cordial. Lo veía caminando las calles de mi pueblo, con lento paso, pero con caminar seguro. Porque su transparencia y la honestidad con la que cumplió su labor, le brindaban tranquilidad de conciencia.

Pero algo vulneró su estabilidad emocional. Y no es un caso aislado. Muchos de mis coterráneos están sufriendo el rigor de una comunidad que ha dejado de lado sus principios morales y sus ideales fundamentales.

Filandia ya no es el pueblo apacible de antaño. Sus hijos terrígenos, quienes allí nacimos en la “bella colina iluminada”, nos sentimos extraños en nuestra propia tierra.

No es justo que hombres probos, como el paisano Carlos, hayan tomado tal determinación. Irónicamente escogió uno de los símbolos arquitectónicos, la torre mirador del cerro El Bisco (inaugurada hace 17 años) para el escenario de su deceso. El paisaje circundante y esplendoroso fue su cómplice. Dicen que, días antes, se le veía contemplando el infinito del verde de Filandia en las estancias cercanas, mientras corría y hacía el ejercicio cotidiano, como buen atleta que era. Fue, entonces, el cumplimiento de un ritual de muerte. Así, nos deja un mensaje lacónico, lleno de simbolismo. El que debemos interpretar como una llamada de urgencia, para componer el ambiente de convivencia que se ha perdido en el municipio.

Que no nos invada la desesperanza. Invoquemos la solidaridad para que el terruño sea otra vez la morada colectiva de vida serena,donde nos acompañen los ancestros (los padres y abuelos, sepultados en el camposanto) quienes sí murieron en paz.

Porque Carlos no murió en esa tónica pacífica, pues su mente y su espíritu estaban convulsionados. No vemos el acompañamiento de un Hospital Mental que, aunque contando con su sede en la zona urbana, no se abre a la comunidad sufrida.

Falta acercamiento a los que rumian sus penas. Para el viejo que se lamenta no disfrutar más la Filandia del pasado. Para el niño y el joven, que se ahoga en un ambiente sin oportunidades. En el pensionado, como Carlos, que se siente abandonado por la sociedad, a quien tanto sirvió. En el simple ciudadano, que ve cómo el Patrimonio Cultural que forjaron los antiguos,se desvanece.

Estamos en crisis de salud mental en mi pueblo natal. Unámonos todos por el recreo,otra vez, del afecto y la ternura en nuestros corazones,la única forma de blindarnos contra la angustia. Que nuestra noción de vecindad sea agradable.Que no impere el sentido del lucro económico del turismo sobre la escala de valores, que se ha perdido por completo.

Hasta siempre, Carlos, descansa en paz, la que no tuviste hasta el último momento de tu incomprendida existencia.Te garantizaremos que todo cambiará para los que quedan en este mundo. En el pueblo que te vio nacer, pero que no supo atenderte a tiempo.

Paz a la tumba del buen señor.


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