Vende subidos para el sustento diario. No es fácil: tiene que responder por su esposa, que vive con hipertensión y problemas mentales y solo se tienen el uno al otro. Él no se rinde.
A las tres y media de la madrugada, mientras Armenia aún duerme, Hernando Quimbayo ya está en pie. No por insomnio ni por costumbre, sino por necesidad. En su cocina calienta los subidos que no logró vender el día anterior. Son una mezcla tradicional de maíz, huevo, mantequilla y azúcar, que él ofrece con bocadillo y queso, según el gusto del cliente.
“Cuando me quedan, madrugo y los caliento. No los puedo vender en la ciudad así, porque daño la plaza”, explica. Por eso, los lleva a las fincas, donde puede entregarlos sin afectar a quienes venden productos frescos. Es su manera de no “salir descuadrado”.
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Dos décadas de empujar su sustento
Hernando lleva más de veinte años en este oficio. Comenzó yendo hasta Barcelona a conseguir los subidos. Ahora se los traen a la esquina de Ventanilla Verde, lo que ha hecho un poco menos duro el comienzo de cada jornada. Pero el resto del día sigue igual: cuesta arriba.
Antes, subía y bajaba en bicicleta. Hoy, ya no puede. Las piernas no le dan para pedalear las lomas de Armenia, así que empuja su bicicleta, cargada con el peso del día, bajo el sol, la lluvia o la indiferencia.
No tiene hijos. Su familia es él y su esposa, a quien debe cuidar con paciencia y entereza. Ella sufre de problemas mentales y es hipertensa. “Yo soy el que me encargo de todo, yo solito”, dice con un dejo de orgullo y cansancio. Le deja la comida lista, los medicamentos preparados, y sale a vender. “He pedido que la incluyan en programas para que alguien la cuide mientras yo salgo, pero no me han respondido”, cuenta.
Una ciudad a pie, una vida cuesta arriba
Su ruta diaria es larga y meticulosa. A las 11 de la mañana recoge los subidos y comienza a recorrer Armenia, barrio por barrio: Parque Sucre, La Cabaña, Álamos, Granada, Limonar, Modelo, Paraíso, Corbones, La Divisa, Libertadores, La Patria… hasta llegar a Parques de Bolívar, donde termina la jornada, ya pasadas las 9:30 de la noche.
A esas horas, solo quiere regresar a casa, descansar un poco y repetir la rutina al día siguiente.
Muchos lo reconocen en las calles. Es el hombre de la bicicleta, el de los subidos, el que camina sin afán, pero sin detenerse. Algunos se quejan porque subieron los precios: pasaron de $2.500 y $3.000 a $3.000 y $3.500. “Yo traté de mantenerlos, pero no pude”, explica. “Estaba atrasándome en los servicios, y también tengo que arreglar lo que se dañe en la bicicleta”.
Solo, pero no vencido
Hernando ha intentado conseguir apoyo familiar. Le propuso a las hermanas de su esposa –son doce– que entre todas reunieran para pagarle a alguien que la cuide mientras él trabaja. La respuesta fue una burla: “Que yo ganaba mucho vendiendo subidos”. Desde entonces, no volvió a insistir. Carga solo con todo: la venta, el cuidado, la casa, los gastos, la salud, la esperanza.
No pide caridad, pero sí respeto por su trabajo. Y si de paso alguien quiere ayudar, puede hacerlo comprándole uno de sus subidos. Su número es 314 827 7981.
Don Hernando no se rinde. Anda todos los días empujando su bicicleta, como quien empuja también una vida de lucha y dignidad.
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