Está en la búsqueda de transformar la manera en que las empresas evalúan el impacto de sus operaciones sobre las comunidades, con una mirada más humana y territorial.
Laura Álvarez Vélez creció en La Tebaida, y aunque nació en Palmira, Valle del Cauca, por azares de sus padres, su corazón siempre ha sido quindiano. Estudió Comunicación Social y Periodismo en la Universidad del Quindío y, aunque soñaba con ser directora de cine, a tal punto que diseñó un proyecto diario para cumplir ese objetivo y lo pegó detrás de la puerta de su habitación, la vida le mostró otro camino.
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En el Quindío laboró y se enfocó en la gestión social en la CRQ, realizando un diagnóstico socioeconómico en las áreas protegidas del Quindío; luego trabajó en la gobernación del Quindío en lo que fue la estructuración de los planes departamentales de aguas; así mismo, trabajó en la Gerencia Asesora, entidad que fue la encargada de ejecutar proyectos del plan departamental de aguas en su componente social: socialización de proyectos, reuniones informativas con las comunidades, atención de peticiones, quejas, reclamos y en su labor como comunicadora social.
Hoy, más de una década después, Laura Álvarez Vélez es magíster en Gerencia Integral de Proyectos de la Universidad Surcolombiana de Neiva y actualmente ejerce como profesional con una carrera que ha girado en torno a la gestión social, el análisis de riesgos y la comprensión del territorio.
Su trabajo, presentado en el Congreso Latinoamericano de Ciencias Sociales y Ambientales (Clatsa) realizado en Varsovia, Polonia, propone un modelo innovador para evaluar los riesgos de entorno en el sector de hidrocarburos desde una mirada social. Un enfoque que transforma lo cualitativo, relacionado con el diálogo, los actores, las emociones y las comunidades en datos cuantificables para ayudar a las empresas a tomar decisiones más humanas y estratégicas.
Álvarez Vélez confiesa que más allá de los títulos, su pasión siempre ha sido la misma, la de entender a las personas. En su voz se percibe la precisión de una investigadora, pero también la sensibilidad de quien no olvida que detrás de cada riesgo hay historias humanas.
¿Cómo empezó su camino profesional?
Al principio mi carrera estuvo más enfocada en la comunicación y el periodismo, pero la vida me fue llevando por la gestión social. Trabajé en la CRQ haciendo diagnósticos socioeconómicos, luego en la Gobernación estructurando los planes departamentales de aguas, después en “Ciudades Amables” y finalmente llegué a una entidad del Estado, donde llevo once años.
¿En qué consiste su proyecto de investigación?
Es una propuesta académica llamada Gestión de riesgos de entorno: una propuesta para el sector de hidrocarburos. Lo que busca es brindar una herramienta diferente para identificar y evaluar los riesgos sociales que enfrentan las empresas, especialmente los que surgen del entorno y de las comunidades. Propusimos un modelo matemático que permite medir la conflictividad territorial y transformar esa información cualitativa en datos numéricos que orienten la toma de decisiones.
¿Qué la motivó a crear este modelo?
Durante mi trabajo noté que los riesgos sociales se estaban evaluando con las mismas herramientas que los riesgos técnicos o financieros, y eso no tenía sentido. Las relaciones humanas son cambiantes, emocionales y complejas. Una persona sentada en una silla en la mitad de una vía puede detener toda una operación, y sin embargo esos riesgos aparecían en las matrices como “bajos”. Vi la necesidad de proponer una forma más justa y real de medir lo social.
¿Cómo fue presentar su investigación en Polonia?
Fue una experiencia increíble. La ponencia fue aceptada en el Congreso Latinoamericano de Ciencias Sociales y Ambientales, Clatsa, en Varsovia, y pude presentarla en español junto a mi director de proyecto. Allá entendí que todo tipo de energía, sea eólica, hidroeléctrica o petrolera, genera impacto y resistencia social. Que cualquier acción humana afecta a alguien más. Por eso este modelo puede aplicarse no solo a la industria de hidrocarburos, sino a cualquier proyecto que interactúe con comunidades.
¿Qué impacto puede tener su propuesta de modelo en los territorios?
Cuando una empresa conoce los riesgos de su entorno y entiende las necesidades sociales, puede diseñar estrategias de responsabilidad social que beneficien a ambas partes. No se trata solo de prevenir conflictos, sino de promover el desarrollo económico local y fortalecer otras vocaciones productivas. Tener buena información permite actuar con empatía y eficacia.
“Todo en la vida es un proyecto”. ¿Qué significado tiene esta frase para usted?
Significa que todo lo que uno quiere lograr necesita planificación, estructura, pasos concretos. Esto lo aprendí cuando soñaba con estudiar cine en Cuba y la vida me mostró otro camino. Me di cuenta de que cada cosa que hacemos, desde un sueño personal hasta una política pública, es un proyecto que implica objetivos, riesgos y estrategias. Por eso estudié gerencia de proyectos, y por eso sigo en este camino.
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