Llegó al Quindío en 1966 y terminó dejando una huella que hoy se reconoce con honores.
En una casa que conserva aún el diseño antiguo, llena de música y recuerdos habita Darío Tobón Montoya, su casa es un lugar donde el tango suena como un latido permanente y la luz entra suave por las ventanas. Darío es uno de los médicos más influyentes en la historia de la salud en el Quindío. Es patólogo, fue profesor en la Universidad del Quindío, pionero de la citología vaginal en la región y divulgador apasionado del tango, Tobón Montoya encarna a un ser que parece creado entre ciencia, sensibilidad y una inagotable curiosidad, la que conserva hoy a sus 96 años.
Nació en Quinchía, Risaralda, en 1929 y desde que estaba en primaria sabía que quería ser médico. En la escuela era el “enfermero” del salón, por lo que decidió formarse como médico en la Universidad Nacional y también allí realizó su especialización en Patología.
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Llegó a Armenia en 1966, el mismo año en que se fundó el departamento del Quindío, y desde entonces su nombre quedó inscrito en los hitos de la medicina local. Durante décadas lideró campañas gratuitas de citología, asesoró entidades anticancerosas y ejerció una labor médica que hoy lo hace merecedor de reconocimientos como la condecoración Alejandro Londoño Bernal de la Academia de Medicina del Quindío y el homenaje Tango Milagro 2025 por su labor en la difusión del tango.
Hoy, a sus 96 años, conserva una lucidez admirable, una memoria prodigiosa y una filosofía de vida que transmite serenidad.“La vida tiene tantas ofertas, que todavía vivo encantado con ella”, dijo. Quién lo escucha encuentra en su voz una gratitud y un entusiasmo juvenil que sorprende, una amabilidad inconfundible y un gusto exquisito con el que relata historias con exactitud y artistas del tango.
Es un hombre que ha dedicado casi siete décadas al servicio de los demás y que aún encuentra en la música, la lectura y el pensamiento activo su fórmula para seguir vivo, despierto y presente.
¿Cómo llegó al Quindío?
Yo estaba trabajando como patólogo en Neiva cuando el patólogo que había en Armenia decidió irse para Estados Unidos. Me llamaron y, como mi padre y dos hermanas vivían en Calarcá, decidí venir. Llegué en 1966. Me gustó y aquí me quedé.
¿Cómo fue su aporte a la salud del departamento?
Cuando llegué traje dos ideas nuevas desde Bogotá, la lucha contra el cáncer y la implementación de la citología vaginal para prevenir el cáncer de cuello uterino. Junto a las damas voluntarias y la señora Alicia Jaramillo de Duque, organizamos campañas gratuitas y centros de toma de citologías en Armenia, Calarcá y Quimbaya. Fue un trabajo de muchos años, hasta que el gobierno asumió el servicio.
Usted es un fiel amante del tango, ¿Cómo nació está pasión?
Desde niño me gustó el tango porque una vez escuché que mi papá contó que Carlos Gardel murió en un accidente aéreo, desde ahí empecé a indagar y me gustó hasta el día de hoy. Cuando se fundó la emisora de la Universidad del Quindío, en el 2000, pedí dos programas: uno de música clásica y otro de tango. Estuve allí 22 años. En los últimos cinco años escribo una crónica semanal de tango en el diario virtual El Quindiano.
Este año recibió reconocimientos importantes. ¿Qué significaron para usted?
Me dieron dos condecoraciones: una por mi labor médica de la Academia de Medicina del Quindío, y otra por parte del alcalde de Armenia por mi labor de difusión del tango. En el mismo año recibí reconocimientos por mis dos pasiones: la medicina y la música. Fue muy bonito.
¿Cómo se mantiene tan lúcido a los 96 años?
Teniendo la mente activa. Leo todos los días, escucho música clásica y tango, estoy enterado de lo que pasa en el mundo. Y camino. Antes caminaba por la calle, luego debido a una caída que me produjo un trauma cráneo encefálico, pero que no me afectó la memoria, ahora camino sobre una banda caminadora. La mente hay que alimentarla todos los días.
¿Por qué eligió la especialización en patología?
En realidad fui a Bogotá buscando estudiar gineco-obstetricia, pero un amigo patólogo me convenció. No me arrepiento. Fue una carrera exitosa y muy útil para la región.
¿Qué fue lo más difícil de su carrera?
Dejar Neiva. Era una ciudad que quería mucho. Estaba construyendo mi casa y tenía grandes amigos. Pero pensé en mi padre y en mis hermanas que vivían en Calarcá. Vine por ellos. Poco tiempo después mi padre enfermó y murió de leucemia. Fue un momento muy duro.
¿Cómo ve hoy la vida y la muerte?
La vida para mí ha sido un camino de éxitos y belleza. Y la muerte… Uno a los 96 años sabe que está cerca. Pero no le tengo miedo. Cuando uno ha vivido bien y ha cumplido su tarea, la recibe con tranquilidad. Nadie es eterno y hasta el día de hoy la disfruto cada día.
¿Qué consejo les da a los jóvenes médicos?
Que entiendan que la medicina es un gesto de amor hacia la humanidad. Primero está el servicio. Si después viene la recompensa económica, bienvenida. Pero lo primordial es servir, especialmente a quienes más lo necesitan.
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