Pintó precios de Almacenes Súper Rayo, Bodegas Canaima, Estadero Zorzales, entre otros.
En un pequeño taller ubicado en el reconocido sector de La Chec en Armenia, donde conviven los restos de pintura, el olor del esmalte está vivo, la sonrisa de los trabajadores, el esfuerzo incansable y la nostalgia de una época en la que la publicidad se hacía a punta de pulso, pincel y bisturí, trabaja hoy Elio Jesús Cubides Reyes, uno de los nombres que más resuenan cuando se habla de la vieja guardia publicitaria del Quindío.
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Su historia es digna para dedicar un libro, llena de anécdotas como su paso como futbolista y boxeador en los años 80, sumado a que llegó al departamento siendo apenas un niño desplazado por la violencia entre conservadores y liberales en Boyacá, creció entre trabajos informales desde muy niño y descubrió el dibujo como refugio y talento natural, en este arte terminó construyendo, desde cero, una marca y un legado que hoy sostienen sus hijos y nietos.
Elio Jesús o “Elio Publicidad” es de los pioneros del Quindío que trabajaron la publicidad cuando ésta se escribía literalmente a mano, empezó por casualidad haciendo letreros con precios pintados en cartón, avisos colgados con cabuyas, banderines hechos con esmalte y figuras hechas sin más guía que su intuición y pasión.
Su habilidad con el pincel lo puso en la ruta de convertirse en referente y, al mismo tiempo, la vida lo empujó por caminos duros, como la pobreza extrema, la frustración, un accidente, la paternidad adolescente, la quiebra y el terremoto del 99. Pero cada caída le abrió una puerta nueva y él la enfrentó con una actitud sincera y una sonrisa de igual manera.
Hoy, a sus 64 años, Elio no corre detrás del reloj ni de los pedidos; sus días transcurren ahora en la pintura al estilo libre, su verdadera pasión y de manera empírica como todo lo que aprendió en la vida. Aunque aún no se cree artista, sus obras ya viajan a Estados Unidos y reposan en casas donde sí pagan por el arte lo que aquí no se atreven a pagar. Entre caballos, paisajes, pinturas abstractas y recuerdos.
¿Cuándo descubrió que el arte podía ser un camino?
Mi papá veía que yo dibujaba bien. Competíamos en la casa y él me pedía dibujar a Simón Bolívar, me enfrentaba con mi hermana. Ganaba y me daban una solterita como premio. En el colegio también ganaba concursos e incluso el profesor de arte me delegaba las clases a mí pero era más una cuestión de juego entre compañeros, tuve que retirarme por la situación económica y ponerme a trabajar desde jóven.
¿Cómo entró al mundo de la publicidad?
A los 14 años vi un aviso en el almacén Super Rayo que decía “Se necesita dibujante”. Llegué creyendo que era para hacer figuras, en lo que era bueno, pero era para pintar precios. Al principio no me salía nada bien y hasta pensé en renunciar. Hasta que, por rabia y de afán, pinté un número que me quedó perfecto y le gustó a las personas. Ahí comenzó todo.
¿Cuál fue el momento que marcó el inicio de “Elio Publicidad”?
Después de un accidente decidí independizarme. Fue duro, pensé que me iba a llenar de plata rápido y nada. Hasta que un día me salió un trabajo enorme para un centro comercial. Me quedé allá mismo trabajando día y noche. Ese contrato me sacó adelante y poco a poco, ahorré y pude construir mi negocio.
¿Qué significó pintar publicidad en esa época de los 70?
Era todo a mano, pincel, esmalte, bisturí, soplete. Nada de computadores. La habilidad y la rapidez eran la diferencia. Por eso me llamaban de todos los almacenes. Yo combinaba colores de forma instintiva. Era un trabajo muy duro pero hermoso.
¿Cómo vivió la llegada de la tecnología aplicada a la publicidad?
Al comienzo me aterró. No sabía nada de computadores. Pero mis hijos sí, ellos aprendieron rápido. Compramos un plotter y el negocio cambió. Después agregué la venta de plumillas, copas y lujos para carro. Eso salvó el negocio cuando la publicidad manual empezó a desaparecer.
¿Cuántos años duró Elio Publicidad como referente en Armenia?
Más de cuatro décadas. Incluso en la época del terremoto había trabajo por montones. Llegué a tener nueve empleados. Ya hoy quienes manejan todo son mis hijos; yo solo superviso y hago lo suavecito.
¿Cómo llegó la pintura artística a su vida?
Durante la pandemia. Pinté un caballo y me sorprendió lo que salió. Hice más cuadros y los mandé a Estados Unidos, allá los vendieron a muy buen precio. Son caballos, paisajes, desnudos, abstractos, pinto todo lo que me inspira en el momento.
¿Tiene algún sueño pendiente?
Sí: hacer una exposición y viajar a Estados Unidos para visitar a mis hijos y, por qué no, exponer allá. Y aprender guitarra, aunque eso sí es más difícil.
¿Qué lo inspira hoy?
La tranquilidad. Después de tanto estrés, quiebras, golpes y luchas, ahora quiero vivir de manera suave la vida, pintar, restaurar placas de carros y disfrutar la vida. Ese es mi proyecto. Me inspiran mucho los paisajes y adoro pintarlos.
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