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Artesano, diseñador gráfico, exconcejal y veedor ciudadano, Óscar Hernán Mejía ha hecho de la identidad, el arte y la defensa de lo público una forma de vida. Desde la taracea hasta la vigilancia de obras clave, su historia es la de un ciudadano que no se queda callado.

Óscar Hernán Mejía Masal es un personaje referente de la cultura e impulsor de la artesanía en Circasia. Su vida se balancea entre la política, la gestión cultural y la veeduría ciudadana de importantes obras para el desarrollo del municipio y el arte. Es además diseñador gráfico de profesión formado en Bogotá.

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Aunque es oriundo de Bogotá, llegó al Quindío hace 30 años, llegando a ejercer como concejal de la municipalidad en el 2002, desde donde propuso e impulsó el proyecto de acuerdo para la creación del Centro Artesanal y Gastronómico de Circasia. Es un hombre inquieto que cree que la democracia no se declama, se ejerce. Más adelante, ya como ciudadano, asumió la veeduría de obras clave para el municipio, como el hospital San Vicente, el centro artesanal y gastronómico, la carretera Circasia–Montenegro y procesos solidarios durante la pandemia. En todos ellos, su papel fue el de vigilar, exigir transparencia y defender que los recursos públicos se traduzcan en bienestar real para la comunidad.

 

Desde la taracea, un arte milenario árabe que adaptó a la iconografía precolombina, hasta la vigilancia de obras públicas clave para el municipio, su vida es un diálogo permanente entre el

hacer y el servir. Mejía Masal insiste en que la identidad no se importa y que Circasia aún tiene mucho por decir.

 

Óscar Hernán Mejía se define a sí mismo como un “mal político”, porque no roba, no miente y no negocia principios. Esa postura, lejos de ser una consigna, atraviesa su vida diaria, en su taller, donde convierte lo que otros descartan en objetos cargados de sentido; en los espacios comunitarios, donde insiste en la necesidad de identidad, memoria y pertenencia; y en su discurso, siempre crítico pero profundamente amoroso con Circasia y el Quindío.

 

Su nombre está ligado a obras importantes en Circasia. ¿Cuáles recuerda con más orgullo?

 

Cuatro, principalmente. Fui veedor del hospital San Vicente, del centro artesanal y gastronómico, de la carretera Circasia–Montenegro y de varias acciones solidarias durante la pandemia. Son obras bien hechas, con recursos vigilados y pensadas para la gente. Eso deja tranquilidad.

Usted insiste mucho en la palabra “identidad”. ¿Circasia la ha perdido?

 

Más que perderla, no la ha trabajado. Pregunte cuál es el plato típico de Circasia y nadie sabe responder. Se nos han ido tradiciones, como la cestería o ciertos saberes gastronómicos, por falta de memoria y de relevo generacional. Eso me preocupa profundamente.

 

¿Qué es la Taracea y cómo llegó a su vida?

 

La taracea es un arte milenario de origen árabe que consiste en la incrustación de maderas y otros materiales para crear diseños complejos. La aprendí y la adapté a la iconografía precolombina, especialmente quimbaya. Es una forma de decir que nuestra historia también puede ser sofisticada y bella.

Recibió la medalla Orgullo Circasiano. ¿Qué significó ese reconocimiento?

 

Fue muy especial porque vino del Consejo de Desarrollo Comunitario y Social, un espacio donde se piensa el municipio a largo plazo. No es un premio personal, es un reconocimiento al trabajo colectivo y a la insistencia de no quedarse callado.

 

Si tuviera que resumir su mensaje para Circasia en una frase, ¿cuál sería?

 

Que nos apropiemos de lo nuestro. Que entendamos que la identidad no se improvisa ni se compra, sino que se construye todos los días, con trabajo honesto, memoria y amor por el territorio.

 

¿La artesanía también es una forma de resistencia cultural?

 

Totalmente. Hoy se venden muchos chécheres y cachivaches sin identidad. Yo defiendo la artesanía hecha con las manos, con diseño y con raíz. No necesitamos importar identidades cuando tenemos una riqueza cultural enorme.


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