“Toda guerra deja al mundo peor que como lo había encontrado. La guerra es un fracaso de la política y de la humanidad, una claudicación vergonzosa, una derrota frente a las fuerzas del mal”: papa Francisco.
Desde épocas pretéritas el ser humano ha estado inmerso en conflictos y las guerras no han sido ajenas al ‘arte’ de gobernar. Simultáneamente, han vivido líderes religiosos, pensadores e ilustres pacifistas, y las loas a la paz han tenido presencia a lo largo de la historia. El Premio Nobel de la Paz es un emblema que todos los años se otorga desde 1901 para resaltar la labor de hombres y mujeres que han luchado a favor de la convivencia y el respeto. Filósofos, novelistas, poetas, figuras del teatro, periodistas y hasta políticos han defendido la importancia de vivir en paz. Pero todo ha sido en vano.
A momentos de armonía, le sigue la zozobra. Así han transcurrido los milenios de existencia del género humano. En la oscuridad de las guerras han estado implicados hasta grupos religiosos. En esta ocasión, con motivo de la celebración de la Semana Mayor, seguramente en muchos púlpitos el sermón de muchos sacerdotes y, en particular, el Sermón de las Siete Palabras, gravitará alrededor de los conflictos armados y la guerra rusoucraniana será citada clamando el cesa del conflicto. El papa Francisco sí que se destacará, porque ha sido muy crítico con todas las injusticias que se ensañan contra los más débiles, en la mayoría de los países.
Así que estos ocho días serán de oración para algunos; de paseo y descanso para otros, y no faltarán quienes se sumergen en la reflexión sobre lo que le pasa al globo terráqueo: en lo ambiental, climático, biodiversidad, bosques, etc. Por supuesto, más de una persona pensará en el porqué de los conflictos y las guerras. El presente artículo dará puntadas para que se vislumbre un panorama inicial de este asunto a partir de lo que han pensado personajes a lo largo de la historia. Qué enseñaron Buda, Confucio, Lao-Tsé, Mahoma, Jesús de Nazaret, Francisco de Asís, Gandhi, etc.
Por supuesto, las figuras de Albert Einstein y Sigmund Freud, estarán presentes. Se expondrán apartes del intercambio epistolar entre ellos sobre ¿Por qué la guerra? siendo el tema de la I parte. De Einstein, tal vez, el científico más popular del siglo XX, posiblemente se conoce menos de su actitud pacifista y de su lucha en defensa de grupos humanos afectados por el poder. Así como defendió a los judíos, también salió en salvaguardia de los palestinos. Igualmente, se pronunció sobre los atropellos a la mal llamada raza negra, (sólo hay una, la humana). Se opuso a la Primera y Segunda Guerras Mundiales. Freud, por su parte, fue un estudioso del instinto humano, el inconsciente y padre del sicoanálisis.
¿Por qué la guerra?
Carta de Einstein a Freud, la cual está en el libro de Einstein “Mi visión del mundo”, publicado en 1934, así como la respuesta del psicoanalista. También se encuentra incompleta en la página web de la Organización de las Naciones Unidas para la Educación, la Ciencia y la Cultura (Unesco), que en la portada tiene dos bellos mensajes: “Construir la paz en la mente de los hombres y de las mujeres”, y “un solo mundo, voces múltiples”. Las dos cartas las editó en 1933 el Instituto de Cooperación Intelectual con el título de ¿Por qué la guerra? Y es la que difunde la Unesco.
“Querido profesor Freud: ¿Existe algún medio que permita al hombre librarse de la amenaza de la guerra? En general se reconoce hoy que, con los adelantos de la ciencia, el problema se ha convertido en una cuestión de vida o muerte para la humanidad civilizada; y, sin embargo, los ardientes esfuerzos desplegados con miras a resolverlo han fracasado hasta ahora de manera lamentable.” Más adelante expresa: “En lo que a mí respecta, la dirección habitual de mi pensamiento no es de las que permiten una visión en profundidad de las zonas oscuras de la voluntad y el sentimiento humanos”.
Le expresa igualmente: “De ahí que, en el intento de esclarecimiento ahora emprendido, apenas pueda hacer más que plantear claramente la cuestión y, dejando de lado las soluciones más elementales, ofrecerle a usted ocasión para que ilumine el problema con la luz de su profundo conocimiento de la vida instintiva del hombre. Para mí que soy un ser libre de prejuicios nacionales, sólo hay una manera sencilla de abordar el aspecto superficial (es decir administrativo) del problema: el establecimiento, por consentimiento internacional, de un órgano legislativo y judicial para resolver cuantos conflictos surjan entre las naciones”. Einstein plantea que se está lejos de tener una organización supranacional.
En su carta reflexiva también le comenta: “La apetencia de poder que caracteriza a la clase gobernante en todas las naciones se opone a cualquier limitación de la soberanía nacional. Ese “apetito político de poder” se nutre a menudo de las actividades de otro grupo cuyas aspiraciones tienen un carácter puramente material y económico. Pienso aquí en particular en ese grupo poco numeroso pero decidido que encontramos en todos los países y que forman individuos que, indiferentes a las razones e intereses sociales, consideran la guerra y la fabricación y venta de armas simplemente como una ocasión para obtener ventajas particulares y ampliar el campo de su poder personal”.
Sicosis del odio: ¡alto!
Einstein le plantea lo siguiente: “¿Existe la posibilidad de dirigir el desarrollo síquico del hombre de manera que pueda estar mejor armado contra las sicosis de odio y de destrucción? En modo alguno me refiero aquí a las masas llamadas incultas. La experiencia demuestra que es más bien la llamada “Intelligentsia” la que resulta más fácil presa de las funestas sugestiones colectivas, ya que el intelectual no suele tener contacto directo con la experiencia vivida, sino que encuentra ésta en su forma más fácil y sintética: el papel impreso”.
Manifiesta, asimismo: “Para terminar, he aquí otra consideración: hasta ahora sólo he hablado de la guerra entre estados o, dicho de otro modo, de los conflictos internacionales. No ignoro que la agresividad humana se manifiesta también en otras formas y en distintas condiciones (por ejemplo, la guerra civil que en otros tiempos tenía móviles religiosos y hoy los tiene sociales, la persecución de las minorías nacionales…). Pero he insistido deliberadamente en la forma más típica, más cruel y más desenfrenada de conflicto porque es partiendo de esa forma como podrán encontrarse los medios para evitar los conflictos armados”. Reciba mis más cordiales saludos. Albert Einstein. Enviada el 30 de julio de 1932.
La cultura, ‘antídoto’ contra la guerra
En septiembre del mismo año obtiene la respuesta por parte de Sigmund Freud: “Comienza usted planteando la cuestión del derecho y la fuerza. Es ése, sin duda alguna, el punto de partida de nuestra investigación. ¿Me permite usted que reemplace el término “fuerza” por el más incisivo y duro de “violencia”? Derecho y violencia son actualmente para nosotros una antítesis. Resulta fácil demostrar que el primero deriva de la segunda”.
Le recuerda que “en los orígenes, en una horda poco numerosa, la superioridad de la fuerza física decidía lo que debía pertenecer a uno u otro o cuál era la voluntad que debía respetarse. La fuerza física va a ser secundada y pronto reemplazada por el recurso a las armas: saldrá victorioso el que posea las mejores o el más diestro en su manejo.” Le dice él más adelante: “Sabemos que esa situación ha ido evolucionando y que un camino ha llevado de la violencia al derecho, pero, ¿cuál? No hay más que uno, a mi juicio, y es el que muestra que varios débiles unidos pueden hacer frente a uno más fuerte: “La unión hace la fuerza”.
En ese diálogo escrito, Freud plasma lo siguiente: “Así, la unión socava la violencia; la fuerza de esos elementos reunidos representa el derecho, en oposición a la violencia de uno solo. Vemos pues que el derecho es la fuerza de una comunidad. Pero sigue siendo violencia, una violencia siempre dispuesta a volverse contra todo individuo que se resista a ella, y que trabaja con los mismos medios y persigue los mismos objetivos; la única diferencia reside en el hecho de que ya no es la violencia individual la que triunfa, sino la de la comunidad. Pero, para que ese paso de la violencia al nuevo derecho se cumpla, es necesario llenar un requisito sicológico. La unión del grupo debe ser estable y duradera.” Al final el padre del sicoanálisis se inclina por el aspecto cultural.
A su juicio, “entre las características psicológicas de la cultura, dos aparecen como las más importantes: él fortalecimiento del intelecto, que tiende a dominar la vida instintiva, y la reversión interior del impulso agresivo, con todas sus consecuencias favorables y peligrosas. Ahora bien, las concepciones psíquicas hacia las cuales nos arrastra la evolución de la cultura son incompatibles con la guerra, y por eso debemos rebelarnos contra ésta; lisa y llanamente, no podemos soportarla; no es una repugnancia meramente intelectual y afectiva, sino que, para nosotros, pacifistas, es una intolerancia constitucional, una idiosincrasia que en cierto modo alcanza su máxima expresión”.
Así termina la respuesta de Freud: “Y ahora, ¿cuánto tiempo será necesario para que a su vez los demás se vuelvan pacifistas? No lo sabemos, pero tal vez no sea una utopía esperar que la acción de esos dos elementos la concepción cultural y el temor justificado de las repercusiones de una conflagración futura pueda poner término a la guerra en un futuro próximo. Por qué caminos o desvíos, es imposible adivinarlo. Mientras tanto, podemos decirnos: todo lo que trabaja en favor del desarrollo de la cultura trabaja también contra la guerra. Con el saludo más cordial y, si este exposé le resulta decepcionante, mi sincera disculpa”.
Ver también: Cada vez más deshumanizados
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