Cualquier observador con superficial conocimiento de la historia —por desgracia no es común observar el acontecer del mundo que habitamos ni conocer su historia—, lo percibe con claridad. Salvo los desavisados, indiferentes a cuanto ocurre más allá de sus microceldas mentales, casi todos, o lo sabemos con fundada certeza, o cuando menos lo intuimos: en la trastienda del descontento callejero de marchas, paros, vandalismo y confrontaciones con las fuerzas del orden, hoy día ‘virales’ en el continente, se perfila, nítida, ominosa, la siniestra conjura de los enemigos, no solo de la democracia, de las libertades individuales o colectivas tal cual las concebimos y disfrutamos en la mayoría de nuestros países desde el inicio de su vida republicana; también de la mismísima cultura occidental. Con el ‘casi todos’ excluyo al grueso de los marchistas, de los cacerolistas, de los repetidores de consignas a pulmón ardiente contra gobiernos, decisiones económicas, opuestos a modelos y sistemas políticos, a los violentos sin propósito diferente a la destrucción, todos ellos inconscientes juguetes de designios externos, ajenos a su comprensión. De seda podrán vestir la mona, pero mona igual se queda; esgriman su arsenal retórico en los espacios deliberativos que sueñan suprimir, matícenlo con discurso animalista, ambientalista, sindicalista, de género, de minorías étnicas, incluso religiosas, indefensas; pónganle ruido y fuego con sus petardos molotov, jamás lograrán mentir y engañar lo suficiente para ocultar la almendra de sus pretensiones: escalar crisis sociales hasta convertirlas en conflictos armados o en revoluciones con apellido de prócer; y pescar, anzuelo a anzuelo, carnada a carnada, en río revuelto, sumando otros nombres nacionales a la Cuba de los Castro, a la Venezuela de Maduro, a la Nicaragua del matrimonio Ortega. Un continente, un mundo, uniformado de rojo, es su sueño mayor.