Cualquier observador con superficial conocimiento de la historia —por desgracia no es común observar el acontecer del mundo que habitamos ni conocer su historia—, lo percibe con claridad. Salvo los desavisados, indiferentes a cuanto ocurre más allá de sus microceldas mentales, casi todos, o lo sabemos con fundada certeza, o cuando menos lo intuimos: en la trastienda del descontento callejero de marchas, paros, vandalismo y confrontaciones con las fuerzas del orden, hoy día ‘virales’ en el continente, se perfila, nítida, ominosa, la siniestra conjura de los enemigos, no solo de la democracia, de las libertades individuales o colectivas tal cual las concebimos y disfrutamos en la mayoría de nuestros países desde el inicio de su vida republicana; también de la mismísima cultura occidental. Con el ‘casi todos’ excluyo al grueso de los marchistas, de los cacerolistas, de los repetidores de consignas a pulmón ardiente contra gobiernos, decisiones económicas, opuestos a modelos y sistemas políticos, a los violentos sin propósito diferente a la destrucción, todos ellos inconscientes juguetes de designios externos, ajenos a su comprensión. De seda podrán vestir la mona, pero mona igual se queda; esgriman su arsenal retórico en los espacios deliberativos que sueñan suprimir, matícenlo con discurso animalista, ambientalista, sindicalista, de género, de minorías étnicas, incluso religiosas, indefensas; pónganle ruido y fuego con sus petardos molotov, jamás lograrán mentir y engañar lo suficiente para ocultar la almendra de sus pretensiones: escalar crisis sociales hasta convertirlas en conflictos armados o en revoluciones con apellido de prócer; y pescar, anzuelo a anzuelo, carnada a carnada, en río revuelto, sumando otros nombres nacionales a la Cuba de los Castro, a la Venezuela de Maduro, a la Nicaragua del matrimonio Ortega. Un continente, un mundo, uniformado de rojo, es su sueño mayor.
Contra el copioso acumulado histórico de frustraciones a cuenta del modelo impuesto, primero por la andanada comunista del siglo anterior que cuenta en su haber con la fallida URSS, con las tragedias del hambre, de la miseria maoísta de un tercio de la población global, con las malogradas infancias políticas africanas, con la sanguinaria tiranía castrista; hoy día, por esa especie de internacional socialista que con variantes camaleónicas continúa reptando bajo la hojarasca de dificultades y descontentos en los cinco continentes, reductos del naftalinoso marxismo, el intelectualismo ‘retroprogre’ de América Latina, persiste en ir a contravía de la experiencia histórica. No cuentan para ellos, para los comarcales progres, los trágicos e incontrovertibles fracasos de cuanto intento de instaurar regímenes zurdos a lo largo y ancho del mundo, han ocurrido. Explicable, de difícil excusa esa afiliación entre el ciudadano raso; imposible de justificar en los núcleos ilustrados, pensantes, de nuestros países, siempre en trance de hallar rutas de realización colectiva en dignidad, sin sacrificio de los esenciales democráticos, sin detrimento de las preciadas libertades.
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