Practicantes del Islam en uso de razón, de conciencia amplia, tolerante, rechazan interpretaciones extremas del Corán y demás textos sagrados, y la obediencia ciega a sus preceptos, no solo en el plano ritual o confesional, sino al verse adoptados como códigos civiles, penales, incluso, entre otros absurdos, elevando a virtud la eliminación física de no creyentes.
Imposible establecer si estos o aquellos son mayoría en el conjunto de fieles de Mahoma con filiación chiita, pero el escalofrío, la repulsa extrema, la ira que suscita ver, escuchar, a miembros de milicias, de grupos terroristas musulmanes, en plena acción asesina, arengando multitudes con proclamas de muerte y destrucción, sentenciando a rehenes, víctimas inocentes de su saña, por el delito de contravenir o negar su fe, por ser simple pero fatalmente, infieles, se extiende sin remedio a todo cuanto signifique Islamismo. Igual pánico y condena tendría que merecer la existencia, en pleno siglo XXI, de regímenes sometidos a cualquiera de las creencias. De veras, en la mente ciudadana del orbe, a esta altura de la historia, no cabe la idea de una teocracia -sistema de gobierno donde el poder supremo lo ejercen líderes religiosos-; en el caso de Irán, guiados por normas escritas hace 1400 años. Sin embargo, casi medio siglo atrás, azuzados por la prédica incendiaria de los ayatolas, los iraníes, perdida su conexión con la monarquía, optaron por cederles el poder terrenal a los patriarcas de la media luna, renunciando a la civilidad a favor del fanatismo.
Si todo se redujera a un inofensivo anacronismo, si los ancianos al mando se limitaran a funciones administrativas, garantizando el recto manejo de las arcas públicas, en función del bienestar común, el mundo civilizado, pese al contrasentido, tendría que aceptar sin rechistar la decisión soberana del pueblo en mención. No es el caso de Irán, de los herederos de la antigua Persia -hoy suman noventa millones-. El ayatolato, desde su llegada al poder político y militar, instaló un régimen sanguinario, represor, para los mismos nativos, en cuyas prioridades figuran, además del control ideológico absoluto de la población, bajo el yugo religioso, la aniquilación de naciones enteras no musulmanas, mediante el desarrollo, producción a gran escala y empleo de armas de alta tecnología, entregadas a sus fuerzas militares y a países o grupos terroristas anti-occidentales. El objetivo, reiteradamente expresado por los jerarcas, es la derrota, la destrucción de Israel, de Estados Unidos y demás naciones no musulmanas. Y hacia la misma dirección apunta el programa nuclear, según expertos, bastante avanzado, a punto de concretarse en la confección de armamento atómico, que en semejantes manos, constituiría un colosal riesgo para el mundo.
¿Es ponderada y oportuna la decisión del presidente norteamericano, Donald Trump, de respaldar y acompañar el ataque de Israel que aparte del cambio de gobierno, vía misiles teledirigidos, busca frenar la concreción del objetivo iraní? ¿Evitar a toda costa el ingreso de Irán a la nómina atómica debe ser prioridad de la órbita occidental? Las respuestas, desde luego, difieren según convicciones propias o tendencias políticas. Llama la atención la simpatía zurda hacia un régimen patriarcal, rotundo antifeminista, antiaborto, antidiversidad étnica o sexual, entre otros rasgos.
Antisionismo, antiamericanismo, se manifiestan en la condena a la acción armada, por cierto abrumadora, menos mal, de Estados Unidos e Israel. El apoyo entusiasta viene de países y sectores
democráticos, por suerte mayoritarios. La indiferencia de las demás superpotencias, China, Rusia, no deja de ser aceptación pasiva, no explícita.
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