Antes de leerlo, a Andrés Caicedo lo vi en un afiche pegado en una pared blanca de la universidad: «Cineclub Caicedo», decía. En ese entonces, dos peludos de semestres superiores, sostenían un cineclub de películas raras y discusiones interminables. Su nombre era sinónimo de ello. Así que no imaginaba todavía que detrás de esa pantalla había una escritura que respiraba con la misma intensidad.
Con el tiempo entendí que detrás de ese Caicedo había algo más que cinefilia. Teatro, literatura urbana, crítica: una escritura afilada, desparpajada, con una precisión que no buscaba caer bien, solo hablar tal cual es: «Le decían Perenceja: luego yo vine a saber que perenceja quería decir como decir uno “Sutano, mengano, perencejo”».
A su universo literario entré a través de Noche sin fortuna, una novela que se lee como cuando uno se queda despierto más de la cuenta y empieza a oír lo que durante el día pasa desapercibido: el zumbido del ventilador, un ladrido lejano, el zancudo divagando, el propio pensamiento repitiéndose.
El libro me encontró en una de esas semanas espesas en las que el cansancio se instala justo detrás de los ojos. Lo abrí y, página tras página, entendí que la noche en Caicedo tiene un bochorno interior, una especie de sofoco que desborda el decorado.
El protagonista camina, conversa, observa. Pero, sobre todo, piensa. Piensa demasiado. Se oye pensar. Y en ese exceso de conciencia está el pulso del relato: «Si uno se monta en un taxi y se hace atrás, es porque le gusta dejar bien establecidas las diferencias: yo pago una carrera, usted cumple callado y se acabó».
Hay algo profundamente juvenil en esa intensidad. No la juventud de la postal alegre, sino la que sospecha del mundo adulto, la que percibe que las conversaciones familiares están hechas de frases heredadas, la que mira la ciudad y no termina de reconocerse en ella. La noche amplifica todo. Las preguntas suenan más fuerte: «Ya no demoran en aparecer los testigos de este
montón de tonterías que estoy haciendo».
La Cali de los setenta aparece como una ciudad que transpira incomodidad. Las calles y las casas funcionan como escenarios donde el protagonista mide su propio desajuste. En varios pasajes la narración se convierte en un monólogo interior sin filtros. Uno entra ahí casi con pudor, como si escuchara algo demasiado íntimo.
Lo que sostiene la novela es la honestidad del tono. Caicedo deja la incomodidad tal cual es. El personaje se contradice, se irrita, se examina con ironía. No busca la simpatía. Esa lucidez constante mantiene la tensión sin necesidad de grandes sobresaltos. Basta la sensación de estar vivo y no saber muy bien qué hacer con esa vida.
Y es ahí, en medio de la música y del ruido de la fiesta, cuando esa conversación interior suena más fuerte que todo lo demás. La sala puede estar llena, las risas pueden subir de volumen, pero hay algo que ya se decidió en silencio. La noche sigue. La fiesta también. Pero el personaje ya está en otra parte.
- Temas relacionados :
