En promedio, durante 2026, en el Quindío hay un asesinato cada 45 horas.
Dieciocho muertos en 34 días —del 1 de enero al 3 de febrero—. En promedio, un asesinato cada 45 horas. Las cifras dibujan panorama poco alentador para el Quindío en este inicio de 2026, pero igual de alarmante que los números resulta la frialdad con que los asumimos.
La violencia dejó de escandalizarnos. Se convirtió en ruido de fondo, en noticia que leemos entre el café y el correo electrónico, en dato estadístico que olvidamos antes del mediodía. La muerte violenta encuentra en nuestra sociedad un terreno fértil para la normalización.
Las autoridades contribuyen a este adormecimiento con sus respuestas predecibles. “Microtráfico”, “intolerancia”, repiten como mantra. Como si nombrar el fenómeno bastara para explicarlo, como si la etiqueta eximiera de la responsabilidad de actuar. Peor aún: muchas veces la respuesta institucional cae en el reduccionismo perverso de enfocarse en el pasado de la víctima. “Tenía anotaciones”, “contaba con antecedentes”, como si los errores de una persona justificaran su ejecución, como si un prontuario fuera una sentencia de muerte legítima.
Esta narrativa alimenta la indiferencia ciudadana, porque si las autoridades mismas encuentran formas veladas de culpabilizar a las víctimas, ¿por qué el ciudadano común sentiría empatía? Así, cada homicidio se disuelve en la rutina. Mientras el muerto no tenga nombre propio en nuestro círculo inmediato, mientras la sangre no manche nuestra calle, el crimen permanece lejano, abstracto, ajeno.
Los comentarios en redes sociales evidencian esta deshumanización. “Seguramente algo hizo”, escriben foristas apresurados desde la comodidad del juicio gratuito. “Caras vemos…”, sentencian quienes se erigen en jueces morales de vidas que jamás conocieron. La empatía murió antes que las víctimas.
Esta indiferencia selectiva es evidencia de una fractura social profunda. Construimos burbujas de seguridad imaginaria donde la violencia siempre ocurre “allá”, en otros barrios, a otras personas, por otras razones. Dividimos a los muertos entre merecedores y no merecedores de nuestra compasión, olvidando que cada vida arrebatada representa un proyecto truncado, una familia destrozada, una mamá herida.
El estudio más reciente de Armenia Cómo Vamos mostró que los cuyabros perciben su ciudad como insegura, especialmente el sector del centro. Sin embargo, esta percepción no se traduce en indignación activa sino en resignación. Nos acostumbramos al miedo como quien se acostumbra al ruido de los carros.
Normalizar la violencia implica renunciar a la posibilidad de transformarla. Cada vez que justificamos un asesinato, que relativizamos una muerte, que miramos hacia otro lado, reforzamos el ciclo. Las dieciocho víctimas de este año: también son hijos, padres, hermanos, seres humanos cuya ausencia debería dolernos aunque no los conociéramos.
Recuperar la capacidad de asombro ante la muerte violenta no es sensiblería: es el primer paso para exigir soluciones reales. Mientras las autoridades mantengan las explicaciones vacías y nosotros permanezcamos detrás de nuestra indiferencia selectiva, el contador seguirá avanzando; así viene pasando desde hace años.
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